Pedro Sánchez, frente a la política 'paranoid'

La forma paranoide de hacer política se caracteriza por su aire "sobreexcitado, receloso en exceso, exageradamente agresivo, grandilocuente y apocalíptico"

Foto: El vicepresidente segundo y ministro de Derechos Sociales y Agenda 2030, Pablo Iglesias. (EFE)
El vicepresidente segundo y ministro de Derechos Sociales y Agenda 2030, Pablo Iglesias. (EFE)

Pedro Sánchez maniobra por recuperar el control la situación política, en medio de un clima de polarización en el Congreso y frente a los polémicos ceses en la Guardia Civil, que amagan con debilitar la imagen de su Gobierno. La astucia fue bautizada por la portavoz de Moncloa, María Jesús Montero, al tildar de "política paranoide que pretende hacer ruido", las preguntas relativas a la gestión de Marlaska en Interior. Eso rinde cuenta de un relato del Ejecutivo por asociar las críticas con una suerte de "paranoia" de la oposición.

Según el célebre ensayo de Richard Hofstadter (1964): 'El estilo paranoide de la política estadounidense', la forma paranoide de hacer política se caracteriza por su aire "sobreexcitado, receloso en exceso, exageradamente agresivo, grandilocuente y apocalíptico". Para el autor, es más probable en contextos donde los ciudadanos ven amenazada su situación social, su identidad, y la sensación de pertenencia al grupo. Es decir, ante la vulnerabilidad que supone la "búsqueda de estatus" en un contexto de excepcionalidad, como podría ser la actual crisis.

Al margen de sus implicaciones en EEUU, asociado a la pulsión de extrema derecha, en España son los partidos Podemos y Vox los que nadan hoy en ese clima de acusaciones guerracivilistas, buscando capturar el votante perjudicado por el malestar económico y la pandemia.

En ese sentido, el objetivo del presidente es acusar a la oposición de hacer 'política paranoide' para deslegitimar sus críticas. Precisamente, la estrategia desplegada por Sánchez esta semana buscó exhibir ante el Congreso una huida al griterío —desde el plano formal— como arma contra sus adversarios.

El 94% de ciudadanos considera inadmisible el clima de discusión y expresiones despectivas en el Congreso

El presidente logró enredar a Pablo Casado, cuando este rechazó su mano tendida, que no era más que una mano de doble filo. El líder del PP esperaba ver en el Gobierno la tónica de los días anteriores, el estilo combativo de Adriana Lastra. Pero no fue así, y al no salirse ni una coma del papel discursivo prefabricado con que subió a la tribuna, Casado cayó del lado de la agitación, justo donde Sánchez le quería. La pena de titular castigó al tándem PP-Vox.

Ese intento del presidente por culpar a la derecha de la polarización puede tener que ver con la encuesta de Metroscopia que se hizo pública esta semana. El 94% de ciudadanos considera inadmisible el clima de discusión y expresiones despectivas en el Congreso. Un 85% de encuestados, incluso ve más peligrosa la crispación que la pandemia y sus consecuencias económicas.

Existen incluso trabajos académicos que demuestran una polarización creciente en nuestro país, entre diciembre de 2018 y principios de 2019, cuando irrumpió el partido de Santiago Abascal. Aunque también, son los meses de las 'alertas antifascistas' de Pablo Iglesias, una retroalimentación mutua que se ha mantenido hasta ahora y que al Gobierno le iba bien para que ERC cerrara filas.

La consecuencia de que la tensión se llegue a percibir solo de parte —de la parte de la oposición— entraña un riesgo para PP y Vox. Facilita al Gobierno la tarea de desacreditar sus argumentos, como si de "políticos paranoicos" se tratara, frente a la opinión pública. Eso incluso asimilaría la creencia de una "policía patriótica" del PP —según Sánchez—, en un contexto donde se presenta una derecha 'golpista', junto a una policía y judicatura que supuestamente maniobra contra el Ejecutivo —según la órbita de Podemos—.

Sin embargo, el Gobierno asume una arriesgada apuesta al atarse sin fisuras al ministro Marlaska, ante el horizonte judicial que se prevé por delante —Podemos no se separa del PSOE en esto, pese a la voz discordante de Margarita Robles—. Pérez de los Cobos pretende recurrir su cese, la jueza Rodríguez-Medel podría abrir diligencias contra la cúpula de Interior tras la nota publicada por El Confidencial, Vox insiste en seguir escalando sus querellas con la nueva información, pese a que fuera archivada la primera esta semana.

El Gobierno asume una arriesgada apuesta al atarse sin fisuras al ministro Marlaska ante el horizonte judicial que se prevé por delante

Prueba de los riesgos es que el propio Marlaska sugirió en el Senado que él no había cesado a De los Cobos, lo que equivale a ir preparando un cortafuegos que podría suponer la salvación de su puesto, al colocar el foco de la sospecha sobre el secretario de Estado del Interior, Rafael Pérez, o la Directora General de la Guardia Civil, María Gámez. Y todo ello está al margen de que los informes de la Guardia Civil puedan ser cuestionados legítimamente por algunas imprecisiones que se han conocido en las últimas semanas.

Precisamente, el Gobierno no piensa ceder ni un milímetro en su defensa cerrada del 8-M. Sánchez vitoreó el Día de la Mujer trabajadora el miércoles, abriendo el choque con Abascal, que habló de "muerte" para referirse a la jornada. La polarización entorno a ese día es inevitable, porque para la oposición es su principal baza contra la gestión de la pandemia y para Moncloa sería reconocer cualquier error. Aun si ello implica comprar las tesis de la otra Montero, Irene, sobre la persecución del feminismo; o tener a la derecha cargando sobre un tema de escaso recorrido judicial, porque el Ejecutivo puede defenderse con los informes de los expertos que motivaron sus decisiones en cada momento.

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