Pedro Sánchez acorrala a Pablo Iglesias

El pulso de las elecciones vascas y gallegas del pasado domingo ha rendido cuenta de la alarmante situación del partido morado: Podemos ya no tiene su escudo territorial

Foto:  El vicepresidente segundo del Gobierno, Pablo Iglesias, pasa ante el presidente, Pedro Sánchez, en el Congreso. (EFE)
El vicepresidente segundo del Gobierno, Pablo Iglesias, pasa ante el presidente, Pedro Sánchez, en el Congreso. (EFE)
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Pedro Sánchez es conocido por una lucida habilidad para ir laminando lentamente a sus rivales políticos. Primero fueron primarias del PSOE; luego, la moción de censura contra Mariano Rajoy, y por último, el desplome de Albert Rivera. Sin embargo, quién habría dicho a Sánchez que acabaría acorralando también a Pablo Iglesias, extrañamente, a las puertas de un escenario económico peliagudo para España como es la crisis poscovid-19. Es decir, al estandarte del 15-M, al principal rival del PSOE a la izquierda que es Podemos.

En primer lugar, porque el principal baluarte que le queda a políticamente hoy a Unidas Podemos es su permanencia en el Gobierno. Eso hace que Pablo Iglesias haya atado su suerte a la de Sánchez, aun si la negociación por los fondos europeos no resulta favorable para los intereses de nuestro país. En esencia, porque el vicepresidente no podría tener éxito hoy si quisiera saltar del Ejecutivo. La estrategia podría haber funcionado, quizá, si la crisis económica arreciaba e Iglesias se ponía al frente del malestar ciudadano para capitalizar la erosión del PSOE.

Sin embargo, la formación morada ha ido dinamitando su relato de la 'gente' como una gota mala desde la polémica del chalé de Galapagar, la salida de los críticos, o la 'cesarización' del líder. El desgaste es elevado ante la opinión pública; tanto, que al partido morado no le queda margen de maniobra y cualquier gesto sería interpretado en clave oportunista desde la izquierda.

Por otra parte, Podemos ha tocado techo electoral desde su conversión en la nueva Izquierda Unida. Lo certificó el paso de 71 escaños a 35 en las elecciones del 28 de abril de 2019 y lo certificó su otro padre fundador, Íñigo Errejón, la noche electoral del 12-J, mediante un tuit: "Eso [Podemos] ya no existe. Existe una cosa que se llama UP y que tiene los resultados de siempre de IU".

Así las cosas, el pulso de las elecciones vascas y gallegas del pasado domingo ha rendido cuenta de la alarmante situación del partido morado, debido a las profundas implicaciones de esos comicios. La primera, que Podemos no tiene ya escudo territorial, un elemento clave para la supervivencia de cualquier formación política —que se lo digan a Ciudadanos—. La segunda, que la cuestión 'plurinacional', que diferenciaba a Podemos de IU y articulaba su sistema de confluencias —En Comú, En Marea…—, ha dejado de ser un atractivo como reclamo del voto en los territorios 'históricos'.

Sucede que muchos votantes soberanistas de Cataluña, Galicia, Euskadi… vieron en 2015 y 2016 una utilidad en apoyar a un partido estatal como Podemos para lograr sus pretensiones territoriales. Entre ellas, el referéndum. Podemos era parapeto y aplauso a la vez de esas pulsiones rupturistas que con anterioridad ya existían.

Sin embargo, el descrédito 'plurinacional' del partido en estos años ha contribuido a que este haya sufrido un trasvase hacia los partidos netamente independentistas-nacionalistas. El BNG se ha merendado al Podemos gallego. EH Bildu, al Podemos vasco. Con probabilidad, el votante de los Comunes en Cataluña se acabará yendo a ERC, y en menor medida, al PSC.

La líder andaluza, Teresa Rodríguez, de Adelante Andalucía, debió intuir la situación cuando decidió partir peras con Podemos hace unos meses para hacer una formación más cercana a los intereses de su comunidad. Fuera del Congreso, los morados empiezan a ser vistos como un partido con una visión muy 'madridcéntrica' del territorio.

El secretario general de Podemos, Pablo Iglesias, interviene en un acto de campaña. (EFE)
El secretario general de Podemos, Pablo Iglesias, interviene en un acto de campaña. (EFE)

Así pues, Iglesias y sus ministros son ya la única baza política de un partido, cuyo ideario ha sido absorbido en parte por el PSOE, desde la forja de la coalición. No todos muestran el perfil gestor de Yolanda Díaz, pero ni siquiera la ministra de Trabajo ha logrado salvar los muebles en las elecciones de Galicia, aunque era principal valedora de la campaña.

En consecuencia, lo más probable es que Iglesias se aferre a Moncloa, en ausencia del escudo territorial y los síntomas por ahora de no poder levantar cabeza en unos comicios. Es esperable, además, que el ala morada busque en adelante sobresalir más en el Gobierno, o endurecer sus exigencias al PSOE para recuperar credibilidad política. La lealtad a la coalición está saliendo cara a un partido que nació para la protesta. Ahora bien, resultaría estéril tratar de revolverse. El cetro de mando siquiera estará en Moncloa los meses que vienen. Estará en los países frugales y Bruselas, en las condiciones para las ayudas, en el control del déficit, o en las subidas de impuestos para sostener el gasto social.

Segundo, Iglesias le debe una a Sánchez ya ante el lío de la tarjeta SIM. El PSOE ha impedido una comparecencia del vicepresidente pedida por la oposición por el caso Dina, alegando que el asunto no tiene que ver con las tareas del cargo actual. La mesura en ese tema es hábil por parte del presidente. Poner a Iglesias a los pies de los caballos sería tirar piedras en el propio tejado del Ejecutivo y enemistarse con el votante de izquierdas. A la postre, al líder del PSOE no le conviene fustigar a Podemos en público. Más incómoda sería la situación, si el líder morado resultara imputado eventualmente.

Así pues, Iglesias ha atado su destino al de Sánchez, aunque los dos compartan el mismo: el horizonte de reconstrucción de los meses venideros. La principal diferencia es que el presidente puede convocar elecciones a la mínima que haya un repunte económico, que el PSOE tendrá base social y estructura para sobrevivir a una eventual pérdida del Gobierno —aunque eso sigue siendo difícil, por la fragmentación triple a la derecha—. Para la formación morada, en cambio, el daño estará hecho y tiene que ver tanto con errores propios, como con factores sobrevenidos del contexto. Sánchez ha acabado acorralando así a Iglesias, como al resto de sus rivales políticos, pero igual sin saberlo.

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