Pedro Sánchez y el truco del giro Frankenstein

Debe ser el primer presidente que tiene a más de medio Congreso dándose codazos por aprobarle los Presupuestos, pero todavía sigue con las cuentas del Gobierno anterior

Foto: El presidente del Gobierno, Pedro Sánchez. (EFE)
El presidente del Gobierno, Pedro Sánchez. (EFE)
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Pedro Sánchez debe ser el primer presidente de Gobierno que tiene a más de medio Congreso dándose codazos por aprobarle los presupuestos, pero todavía sigue con las cuentas del Gobierno anterior. Aunque quizás esa paradoja de la abundancia 'pactista' responda a un cálculo estratégico. Es la idea de que Sánchez solo podrá minimizar el coste político de la brutal crisis económica si logra mantener la estabilidad de la legislatura desde el centro, sin comprometerse demasiado con ninguno de sus rivales. Es decir, si consigue sacar adelante los presupuestos sin hacer ninguna cesión de profunda sustancia al independentismo, más allá de los gestos, y sacudiendo a Ciudadanos.

Eso es así porque parecería ahora que Moncloa apuesta por la 'vía Frankenstein' de nuevo: pactar con ERC y acercarse a Bildu. La sentencia de la inhabilitación de Quim Torra podría salir esta semana y agitar las aguas en Cataluña. Pese a ello, Torra no tiene previsto convocar elecciones y eso daría una cierta estabilidad a ERC para acercarse al Gobierno, al menos, hasta febrero. Sin embargo, los republicanos tampoco se llevarían más que gestos de Sánchez como contrapartida, si atendemos a la letra pequeña de los hechos.

En primer lugar, porque la tramitación de los indultos no es ningún favor —real— al independentismo. Ponerlos en marcha es un proceso más que responde a lo fijado en la ley. El Gobierno no se puede negar a ello y, además, el trámite podría alargarse durante meses. El anuncio puede darle publicidad a Oriol Junqueras, pero en todo caso sería un señuelo que podría caer en saco roto si los indultos resultan finalmente rechazados. Es más, los independentistas no quieren ser indultados. Los republicanos abogan por una Ley de Amnistía que una mayoría de jueces considera hoy en día inconstitucional.

En segundo lugar, la reforma del delito de sedición para rebajar sus penas ni siquiera dejaría libres a los 'exconsellers' de inmediato, ni en el caso de aplicarse la retroactividad del Derecho Penal. Eso es así porque cinco de ellos también están condenados por un delito de malversación. De esa condena no quedarían en absoluto liberados. Es más, la decisión de aprobar el tercer grado sigue dependiendo de un pronunciamiento del Tribunal Supremo, con mediación de la Fiscalía, y no del libre albedrío o la decisión del Govern.

Tercero, el independentismo es antimonárquico y así lo muestran en sus frecuentes desdenes al Rey en los últimos años: reprobaciones, descuelgue de retratos, pitadas... Ahora bien, resulta llamativo que ningún partido independentista haya salido a colgarse esa supuesta medalla de la ausencia de Felipe VI a la entrega de despachos de los jueces, tan dado como es el 'procés' a la propaganda. Sería dudoso que después de años exigiendo mesas de diálogo y referéndums, ahora "hacer un feo al Rey" fuera una moneda de cambio, lo que nunca había pasado.

Por último, Sánchez debería saber que acercarse a Bildu es un obús para el PNV. En esencia, porque los peneuvistas gozan del privilegio electoral de ser el socio preferente de los sucesivos gobiernos. De retirarse esa condición, es probable que pusieran el grito en el cielo. Asimismo, PNV y socialistas vascos serán socios de la coalición en Euskadi, por lo que desgastar esa relación engrasada no parece lo más conveniente a lado y lado.

La situación económica hacía pensar que Inés Arrimadas era la mejor opción para la estabilidad y la moderación. Sin embargo, como expliqué la semana anterior, Arrimadas no está dispuesta al intercambio de cromos de destronar a Isabel Díaz Ayuso en la Comunidad de Madrid. En Moncloa, incluso, creen que su estrategia sobre arrinconar al Partido Popular ya está dando frutos, empujándolos todo el tiempo del lado de Vox.

Así las cosas, todo esto supone partir de la suposición de que Moncloa tiene voluntad real de pactar los presupuestos. De un lado, el Gobierno podría prorrogar los de Cristóbal Montoro otra vez, como es ya probable que se haga hasta febrero, y ello le permitiría seguir sin elegir socios.

Del otro lado, cuanto más juegue a marear a sus socios (ERC, Cs…) más probable que los presupuestos le salgan a Sánchez a coste cero. Es decir, sin necesidad de hacer ninguna cesión real a Junqueras o a Arrimadas, como escribí hace unas semanas en mi columna sobre la 'teoría de las coaliciones mínimas por exceso'. A fin de cuentas, jugar con todos los grupos al mismo tiempo rebaja expectativas y todos se venden muy baratos, deseando que el Gobierno les dé visibilidad.

De hecho, es llamativo que hasta ahora se esté hablando más de socios que de políticas. En parte, porque existe un riesgo en la elección de las alianzas. Recordaba una anécdota antes de las elecciones del 10-N de 2019, el ya entonces director del CIS, Félix Tezanos, acudió a una entrevista al programa 'Al Rojo Vivo'. Le pregunté a Tezanos qué se acercaba más al caladero natural de votos del PSOE: la "estrategia plurinacional" del diálogo en Cataluña o la "estrategia patriótica" de la cera. Me vino decir que el director del CIS no podría pronunciarse sobre el tema.

Al final, la estrategia patriótica pinchó porque Sánchez no recogió los votos esperados de Ciudadanos. Se infirió que a la izquierda le desgastaba el giro de mano dura con el nacionalismo, y que Sánchez se había equivocado con su apuesta. Hasta entonces, el líder socialista tenía voluntad de calmar el conflicto en Cataluña, vía un nuevo acuerdo político, como deslizó en varios corrillos con los periodistas nada más llegar a Moncloa.

En consecuencia, a diferencia del 10-N, Sánchez ahora ha decidido gesticular distinto. En vez de la estrategia patriótica, el truco es el giro Frankenstein. Carantoñas al independentismo que impidan las fugas por el flanco izquierdista, pero herir igualmente a un Ciudadanos que no se levanta de la mesa y aún mantiene un millón de votos en la abstención a repartir. Aunque quien se acabe imponiendo sea el mismo Sánchez Pérez-Castejón.

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