Pablo Casado, Vox y las ventajas del fratricidio político

Parecía como si el líder popular hubiese ignorado hasta esta semana que alguna diferencia debía haber entre Vox y su formación para que fuesen dos partidos distintos

Foto: El líder de Vox, Santiago Abascal, se dirige a Pablo Casado desde la tribuna del Congreso. (EFE)
El líder de Vox, Santiago Abascal, se dirige a Pablo Casado desde la tribuna del Congreso. (EFE)
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Parecía como si Pablo Casado hubiese ignorado hasta esta semana que alguna diferencia debía haber entre Vox y el Partido Popular para que fuesen dos partidos distintos, tal que propinar un baño dialéctico a Santiago Abascal desde la tribuna del Congreso se antojaba hasta el jueves una suerte de utopía política. Sin embargo, Casado demostró que lo único que puede convertir al PP en una alternativa a la coalición de PSOE y Unidas Podemos es abrazar ya sin fisuras la bandera del pluralismo político. Es decir, aunque eso suponga cortar el cordón fraterno con ese "Santi" a quien los populares consideraban hasta hace poco una oveja descarriada de las filas Génova 13, e iniciar un proceso de autoenmienda del liderazgo del PP.

Tanto es así, que el primer aliado del PP en la moción de esta semana debe entenderse que fue la propia izquierda con el marco mental que impuso a lo largo de todo el debate. Si se lee entre líneas, lo que PSOE y Unidas Podemos vinieron a decir es que una cosa es ser de derechas, y la otra, es la connivencia con Vox. Una cosa es ser el PP y otra, abrazar dejes populistas. De ese modo, Pedro Sánchez y Pablo Iglesias pusieron la pista de aterrizaje a Casado, quizás sin saber que este acabaría usándola en su contra para legitimarse y salir por una vez del bloque de la crispación. "Nosotros defendemos una España unida y diversa. Hay uno de ustedes que no la quiere unida, el otro no la quiere diversa", deslizó el líder del PP, y su voto en contra de la moción hizo el resto.

Así las cosas, acaso creía Casado desde que se alzó con la victoria de las primarias que el PP y Vox eran lo mismo en materia territorial, con un Abascal proponiendo suprimir las comunidades autónomas por considerar que fragmentan a la nación. Acaso pensaba el PP que la solución para el conflicto en Cataluña sería ilegalizar partidos como Junts per Catalunya o Esquerra Republicana —casi la mitad de votos emitidos—. Quizás en Génova 13 no sentían pudor por haber incluido el término "violencia intrafamiliar" en los presupuestos autonómicos de Andalucía. Acaso creía Casado que Vox y el PP eran la misma cosa a tiempo distinto, mientras Abascal recitaba a Soros —desconocido para un porcentaje de españoles— y el líder popular señalaba el 47% de paro juvenil. Acaso el PP no sabía hasta la moción de censura qué es el pluralismo político.

Precisamente, el giro centralista de PP, Ciudadanos y Vox en los últimos tiempos —Ciudadanos con la coletilla del "chantaje de los nacionalismos" sobre los pactos de PP y PSOE con PNV o Convergencia, cuando no existía otra alternativa; o Vox tildando a Alberto Núñez Feijóo de "nacionalista"— alertaba del riesgo de una reducción del pluralismo político que se venía colando por las rendijas de la derecha, a lomos de la cuestión territorial —como expliqué aquí. El apelativo de español se había vuelto un constructo cada vez más pequeño, fruto del proceso revisionista que se abrió con la gestión del gobierno Rajoy tras el estallido del proceso independentista catalán.

De ese modo, la idea de la "España diversa" deslizada por Casado aparece como una primera enmienda, que se podría hacer extensible a otros ámbitos de la política —pese a que sobre el papel siga siendo un constructo vacío—. Si bien, en tiempos de convulsión, agitación y polarización, la conservación de lo que existe parece ser lo más revolucionario que ofrecer a los ciudadanos desde el centroderecha que quiere ser alternativa: Constitución, comunidades autónomas, orden establecido, economía, cumplimiento de la ley, aceptación de los otros actores en el juego político, etc.

El PP ha encontrado así un nuevo papel en la política española como dique de contención de los errores del Gobierno, los dejes populistas de Vox, o las pulsiones iliberales. Lo ensayó Casado poniendo el grito en el cielo con la reforma del Consejo General del Poder Judicial en los altares de la Unión Europea, y lo redobló este jueves al enfrentarse a Abascal en la tribuna. Tanto es así, que esa alternativa "regeneradora" y "no frentista" que ahora vende el PP se asimila mucho a la estrategia de José María Aznar antes de la legislatura de 1996, cuando consideró que su única forma de desbancar a Felipe González era convertirse en el antagonista de todo aquello que desgastaba al Ejecutivo de turno (escándalos como el GAL, Filesa…).

Pero para llegar a eso, Casado se ha tenido que liberar también del pánico que le impidió al PP hace dos años plantarse frente a Vox durante la negociación del primer gobierno andaluz de PP y Ciudadanos. Los voxitas olieron entonces el pavor del joven popular que quería como fuera colgarse la medalla de haber destronado al socialismo en Andalucía tras casi 40 años. Tanto es así, que aquellas negociaciones pusieron al PP frente al espejo de sus líneas rojas, cuando Vox se opuso a las leyes de violencia de género y Génova 13 titubeó ante el envite.

Aunque la política también es el momento, y en esta ocasión Vox no puede emprender ninguna suerte de venganza contra el PP, a riesgo de caer en el autoperjuicio. Abascal descartó que fueran a dejar caer a sus gobiernos pero, de hecho, la única alternativa posible sería que gobernara la izquierda y eso no es conveniente para los intereses de Vox. Ahora bien, que Casado haya delimitado espacios políticos abre la puerta a una hipótesis que no es del todo perjudicial para la repartición del tablero entre ambos partidos. Vox podría erigirse como el partido protesta, el partido del malestar social, mientras que el PP se merienda a Ciudadanos y se consolida en el centroderecha —como expliqué hace unos meses en esta columna—.

En consecuencia, sin tutelas, ni tutías, el líder del PP ha roto en pocas semanas con Aznar (destronando a Cayetana Álvarez de Toledo de la portavocía); con el período de gobierno de Mariano Rajoy (desvinculándose del caso Kitchen); con Esperanza Aguirre (madre política de Casado y Abascal, que pedía apoyar la moción y cuya heredera es Isabel Díaz Ayuso); y con Abascal, su presunto hermano político porque a la familia nadie la elige pero uno sí puede tomar las riendas de su vida política.

Si bien, el riesgo que entraña tanto para Sánchez como para Casado ese nuevo discurso que exalta a la "derecha canovista" —en palabras de Iglesias—, o la derecha de Angela Merkel y la CDU, no se queda solo en el cordón sanitario escenificado en el parlamento frente a Vox este jueves. Pedirle al PP que emule a la derecha europea también implicaría pedirles a los socialistas la contrapartida de la gran coalición PP-PSOE, como forma de frenar a los de Abascal. Eso es algo que Podemos probablemente no esté dispuesto a aceptar de los socialistas, ni Sánchez a ofrecer allí donde gobierna el PP con apoyo externo de Vox. Aunque quién sabe qué podría pasar en un futuro no muy lejano si el Tribunal Supremo llegara a aceptar la petición de imputación del vicepresidente Pablo Iglesias por el caso Dina Bousselham.

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