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Joan Tapia

Confidencias Catalanas

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En el ya largo contencioso entre la Generalitat y el Gobierno de España las posiciones están enrocadas. Ni Rajoy ni Mas –personas de trayectoria razonable– hacen

Foto: Rajoy y Mas, en una imagen del pasado octubre (Reuters)
Rajoy y Mas, en una imagen del pasado octubre (Reuters)

En el ya largo contencioso entre la Generalitat y el Gobierno de España, las posiciones están enrocadas. Ni Rajoy ni Mas –personas de trayectoria razonable– hacen nada irreparable, pero las cosas no se mueven y evolucionan a peor. Podemos pues acabar en el tan temido choque de trenes que –de producirse– dañaría a los dos convoyes, aunque normalmente el de mayor volumen sale malparado en grado menor.

¿Es este el trato que el electorado catalán y español, que desde el 77 han dado siempre muestras de moderación y responsabilidad, se merecen de parte de dos partidos que han ganado sus respectivas últimas elecciones, que comparten una cierta ideología de centro-derecha y que en el pasado han colaborado con mayor o menor intensidad frente al contrincante común de la socialdemocracia felipista o catalanista? Evidentemente que no, y lo primero que viene a la memoria es la frase del Pasqual Maragall de los buenos momentos cuando dijo, en la segunda legislatura de Aznar, que las cosas no podían ir bien en España con un partido nacionalista catalán mandando en Cataluña y otro también nacionalista pero español en el poder de Madrid.

Maragall intuía que el choque de los dos nacionalismos era más relevante que la afinidad ideológica, algo que pese a todas las diferencias y tensiones nunca ha pasado entre el PSC y el PSOE. La reunión de Barcelona entre Navarro y Rubalcaba y las direcciones de los dos partidos (diferentes y que deciden además crear un comité de enlace) lo demuestra. Pero la propuesta socialista de reforma constitucional tiene hoy poca viabilidad porque Navarro no tiene mayoría –ni las alianzas precisas– para hacerla prevalecer en Cataluña, y Rubalcaba se enfrenta a la mayoría absoluta del PP.

Las cosas están tan enrocadas como hace un año pero peor, porque el alargamiento del conflicto pudre relaciones y afectos. Es significativo que en la conferencia del pasado miércoles de García-Margallo en Barcelona, en el foro de La Vanguardia, no hubiera ninguna presencia –salvo la de Jordi Vilajoana, eterno relaciones públicas que ahora huye de los comentaristas ‘desafectos’– de altos cargos de la Generalitat. Y que ni Xavier Trias, un alcalde dialogante y que cuida la proyección internacional de Barcelona, se dignara a acercarse al Hotel Palace a saludar al ministro de Asuntos Exteriores.

En el inicio del 2014 seguimos asistiendo a un diálogo de sordos. Mas dice que se puede hablar de todo pero que la consulta es intocable, y Rajoy dice que está abierto al diálogo sobre cualquier cuestión excepto dicha consulta

Hace un año, Artur Mas decía que quería negociar con Rajoy la celebración de una consulta en la que los catalanes pudieran decidir su relación con España, y Mariano Rajoy aseguraba que estaba dispuesto a hablar de todo excepto de una consulta tras la que ve el ejercicio del derecho de autodeterminación que no ampara ni la Constitución española ni ninguna otra de un país civilizado. Y así seguimos.

En su mensaje de fin de año, Artur Mas dijo que Cataluña quería ser aliada de España, pero a cambio de la consulta. Poco después –y amparado por el pacto con otros partidos soberanistas que no tienen la necesaria mayoría de dos tercios en el parlamento catalán– anunció que había enviado cartas en inglés a todos los dirigentes europeos para que hicieran presión sobre su futuro aliado –el Gobierno de España– y exigieran que los catalanes pudieran votar en una consulta (lo hemos hecho diez veces en elecciones autonómicas desde el 77 y nunca ha ganado un partido que llevara la independencia en su programa). Suena descabellado: querer separarse amistosamente, y quedar como aliados, y luego presionar al futuro aliado a través de las cancillerías europeas.

Desde luego no contribuirá a la buena imagen de España –que los empresarios catalanes saben que es imprescindible para moverse por el mundo– tener créditos internacionales y exportar. Y, si no, que se lo pregunten a José Luis Bonet, que compagina la presidencia de Freixenet, una empresa familiar catalana que vende la mayor parte de su producción en el mercado mundial, la Fira de Barcelona y el Foro de Marcas Renombradas Españolas. Lo más curioso es que, el pasado martes, Mas insistió en que estaba dispuesto a negociar y hablar de todo, pero había un asunto innegociable: la celebración de la consulta, que para el president parece haberse convertido en un mandato popular con una vis atractiva similar a la que tuvo el dogma de la Inmaculada Concepción para los católicos del siglo XIX y buena parte del XX.

Pero Artur Mas no es el único enrocado. Mariano Rajoy argumenta que la consulta sería inconstitucional y que no puede negociarla. No tiene toda la razón. Hay destacados juristas españoles –y españolistas– que han dicho públicamente que se pueden encontrar fórmulas (ciertamente complejas). Además, todas las encuestas (son muy recientes las de El Periódico y La Vanguardia, los dos grandes diarios de Barcelona) dicen que más del 70% de los catalanes quieren la consulta, dato que debiera merecer alguna consideración a cualquier jefe de Gobierno español.

Además, Cameron y Salmond han pactado la celebración de un referéndum similar en septiembre de 2014, aunque es cierto que Escocia y Cataluña no son lo mismo, que Gran Bretaña no tiene Constitución escrita y que en Edimburgo ganó las elecciones por mayoría absoluta un partido que llevaba explícitamente en su programa la independencia. Aquí, CiU está lejos de la mayoría absoluta y además Unió no es independentista. Por último, Rajoy debe ser consciente de que el independentismo ha subido en Cataluña como la espuma tras la campaña del PP por tierra, mar y aire contra el Estatut y tras la polémica sentencia de un superprorrogado y desacreditado Tribunal Constitucional.

Mas envía cartas a las cancillerías europeas pidiendo ayuda frente a España. Quizás esté haciendo el ridículo, pero a España tampoco le beneficia

Motivo extra para que Rajoy no deba permanecer inerte, a la espera de que a Artur Mas le coja antes el ‘ataque de vértigo’. Su obligación es buscar alguna vía de salida a una grave crisis que ha alimentado y, como mínimo, trabajar una cierta discreta entente –no vociferante– con los otros partidos españoles (el PSOE e IU que votaron la Constitución, en primer lugar) y tender la mano al catalanismo no independentista de Duran i Lleida, el PSC e ICV.

Y el inmovilismo del PP puede ir a más. La líder del PPC, Alicia Sánchez-Camacho, fiel aliada de Mas contra los socialistas del 2010 al 2012, actúa ahora como una amante despechada y proclama que los ayuntamientos del PP (no muchos, pese a la Badalona de García Albiol) le negarán a la Generalitat el padrón municipal para la consulta. Es una estulticia por parte de la dirigente de un partido cuyo líder máximo tiene poderes para evitar dicha consulta y ya ha dicho que lo hará.

Es buscar el pim-pam-pum: españolismo contra independentismo que favorece a Mas y en el que el PPC no puede ganar nada salvo –y quizás eso es lo que pretende– sacar más pecho que Ciutadans, que tiene un líder inteligente y no contaminado por los recortes. Y en la reunión de la dirección del PP del jueves –entre la economía cara a Rajoy y el lío del aborto que enfrenta a Gallardón con los barones territoriales y otros– Sánchez-Camacho consiguió que Rajoy prometiera que si veía a Artur Mas lo haría con luz y taquígrafos.

¡Qué disparate! Cuando todo el establishment catalán presiona para que se abra alguna vía de diálogo entre Rajoy y Mas (muchos empresarios catalanes han votado alguna vez a uno de los dos o a sus antecesores), ahora resulta que la dirigente del PP catalán exige que el diálogo sea público, la mejor forma de lograr que no haya diálogo o que no sirva para nada. Ya sé que, a la hora de la verdad, la propuesta de Sánchez-Camacho tendrá la misma vida que su plan de financiación para Cataluña, que presentó ufana en la SER a las nueve de la mañana y retiró, tras un bronco choque en la Ejecutiva del partido, por la tarde del mismo día. Vale. Pero poner obstáculos al diálogo y subir tontamente el nivel de crispación no ayuda a nada.

Y me temo que Mariano Rajoy –experto electoral a base de perder algunas– crea que, para las europeas del 2014 y las autonómicas del 2015, una actitud dialogante con Cataluña le aporte poco. Quizás tenga razón a corto, como cuando instaló mesas en la vía pública exigiendo la celebración de un referéndum en España sobre el Estatut, pero ya se ha visto que las consecuencias a medio y largo plazo son mucho más graves que los pequeños dividendos electorales que se reciben a corto.

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