Cómo leer los resultados del domingo

El sábado de la próxima semana Rajoy se dirigirá al público del Cercle d´Economia en las jornadas anuales de Sitges para explicar sus planes. Un día

El sábado de la próxima semana Rajoy se dirigirá al público del Cercle d´Economia en las jornadas anuales de Sitges para explicar sus planes. Un día antes lo habrán hecho Pérez Rubalcaba y Duran i Lleida. ¿Cuánto cambiarán estos discursos –y el de Artur Mas, que inaugurará las jornadas el jueves 29– los resultados del domingo? No demasiado porque veo difícil que provoquen una alteración sustantiva de los parámetros políticos de Europa, España y Cataluña. Pero sí pueden calentar o enfriar aspiraciones (y las subsecuentes correcciones de tiro), y en política –como en economía– las expectativas son un factor fundamental. Analicemos pues lo que está en juego en estos tres tableros interconectados.

1) BRUSELAS. Lo que se decide es si la primera fuerza es la derecha con el candidato luxemburgués Jean-Claude Juncker, que ha sido nominado por Merkel pese a haber mostrado independencia como presidente del Ecofin –defendió los eurobonos en un célebre artículo– pero que tiene en su pasivo la peculiaridad fiscal de Luxemburgo; o si la izquierda socialdemócrata, encabezada por el alemán Martin Schulz, se alza con la victoria. Las encuestas predicen un estrechamiento de los resultados respecto al 2009, pero que los conservadores mantienen una ligera ventaja. Un triunfo conservador u otro socialdemócrata no alterarían los fundamentos, pero sería relevante. Aquí, Rajoy sacaría más pecho, o el PSOE levantaría más alta la bandera europea.

Pero también habrá que analizar el porcentaje europeo y nacional de los grupos de la derecha euroescéptica. Los sondeos dan ganadora en Francia a Marine Le Pen y en Gran Bretaña al UKIP, que defiende la salida de la UE. Las últimas encuestas les dan a cada uno de estos dos partidos 24 y 27 diputados respectivamente. Como los sondeos tampoco les van mal en Holanda (pueden ser la segunda fuerza) ni en Finlandia ni en algunos países del Este, la presencia de un centenar de diputados antieuropeos parece segura. Y Merkel verá como Alternativa por Alemania (más moderada pero no menos euroescéptica) saca unos seis eurodiputados.

Está por ver si luego los euroescépticos podrán formar grupo propio (el británico Farage acusa a Marine Le Pen de antisemita), pero un avance significativo de los antieuropeos (formen o no grupo) tendría consecuencias. Heert Wilders, el líder holandés de la derecha euroescéptica y antiinmigración, afirma que su partido ha perdido poder (apoyaba al anterior Gobierno pero no al actual liberal-socialista), aunque no ha tenido nunca tanta influencia.

Y el Financial Times asegura que la subida de los euroescépticos está ya inflexionando –hacia mayores reticencias a Bruselas y más controles a la inmigración y a la circulación de las personas– a Gobiernos europeos de centro-derecha o de centro-izquierda. El ascenso de Manuel Valls a primer ministro también es un intento de Hollande de frenar la popularidad creciente de las tesis de Marine Le Pen.

Para seguir dirigiendo la política catalana y hacerse fuerte ante Madrid, Artur Mas necesita dos cosas: evitar el ‘sorpasso’ de ERC y una participación electoral más alta en CataluñaPor otra parte, las grandes decisiones europeas las toman veintiocho Gobiernos diferentes que deben pactar todo en el Consejo Europeo. Y las posiciones de los dos grandes, Alemania y Francia (menos) tienen mucho peso. Por eso la colaboración de las dos primeras fuerzas (populares y socialistas) es casi obligada. De hecho, la presidencia del Parlamento Europeo la han compartido siempre (mitad y mitad de legislatura) estos grupos. Así alcanzaron la presidencia de la Eurocámara los socialistas Enrique Barón y Josep Borrell y el popular José María Gil Robles. Pero esta colaboración –que ahora facilitará la gran coalición en Alemania– se puede intensificar si los euroescépticos ganan protagonismo.

Incluso se ha hablado de que Jean-Claude Juncker podría presidir el Consejo Europeo (el órgano que representa a los Estados y que tiene más poder) y Martín Schulz podría encabezar la Comisión, un órgano ejecutivo supeditado pero de gran influencia y que encarna la esperanza de un Gobierno supranacional. Pero esto se decidirá más tarde cuando se reúna el nuevo parlamento.

En España, la colaboración en Europa de populares y socialistas no tiene por qué llevar a la gran coalición (ese es otro asunto al que no creo que se llegue si la aritmética parlamentaria no lo fuerza en el 2015), pero sería positivo que condujera a una relación más sensata (menos celtibérica) Gobierno-oposición. En Francia –nada de gran coalición– el primer colaborador de Hollande en el Elíseo es un socialista que fue ministro junior para Europa con Sarkozy.

2) ESPAÑA. Si el PP gana, aunque sea por poco, será un aval a la política de Rajoy. Su autoridad en el país y en el partido saldrá reforzada y podrá enfocar desde una posición favorable la gestión de las elecciones autonómicas y municipales de la primavera del 2015, que se le presenta muy complicada en Madrid (comunidad y ayuntamiento) y en Valencia (comunidad). También saldrá fortalecido frente a Artur Mas y la derecha de su partido. Quizás el diálogo con Cataluña pudiera avanzar algo.

A este plus de autoridad contribuiría que la derrota socialista, más si fuera de cierta entidad, debilitaría la dirección del PSOE, y las primarias se podrían convertir en una batalla campal de resultado impredecible.
Por el contrario, un triunfo socialista –aunque fuera por la mínima y por Cañete– haría que el PSOE recuperara moral y Rubalcaba fuerza, y que las primarias fueran más ordenadas. Pensando menos en las peleas intestinas que en el mejor candidato (o el mejor pacto) para conquistar Madrid y Valencia y ganar las generales. Además, la presión para que Rajoy moviera ficha respecto a Cataluña aumentaría, aunque los resultados podrían ser nulos porque el presidente perdería libertad frente a todo lo que se puede sintetizar como ‘aznarismo’.

3) CATALUÑA. Para que el proceso puesto en marcha por Artur Mas con el apoyo de ERC salga reforzado, se precisan varias condiciones. La primera es que la participación electoral sea bastante superior a la española. Se leería como una movilización a favor de la consulta. La segunda, que la suma de los partidos independentistas (CiU y ERC) superara cómodamente a los partidarios de no tocar la Constitución (PP y Ciutadans) más los federalistas del PSC. Los votos de ICV-EUA son difíciles de contabilizar aquí porque aunque la coalición está muy comprometida con la consulta del 9 de noviembre, también está bastante partida entre independentistas y federalistas.

El avance significativo de los partidos euroescépticos que predicen las encuestas en Francia, Gran Bretaña y Holanda reforzaría la inevitable colaboración a nivel europeo –España es otra cosa– de los dos primeros grupos políticos: el popular y el socialistaPero tanto o más importante que lo anterior es la dirección de la política catalana en esta fase de la ‘transición nacional’ (demanda de independencia). Si CiU gana, la autoridad interna de Artur Mas (sobre CDC y sobre la coalición) se consolidará y seguirá dirigiendo el ‘proceso’, cosa por otra parte nada fácil. Lo más probable es que intente celebrar la consulta –que firme la convocatoria– pero que esta no se lleve a cabo si interviene el Tribunal Constitucional.

En todo caso, y pese a las enormes dificultades que generaría el subidón de la protesta tras la prohibición de la consulta, Mas intentaría no hacer las plebiscitarias hasta después de las españolas. Lógicamente preferiría encontrar luego en Madrid –si las ganara– un gobierno sin mayoría absoluta. Entonces podría forcejear en otro marco. Y esta voluntad de evitar el adelanto electoral se reforzaría cuanto más incierto fuera el resultado de las elecciones españolas.

Este esquema sólo se podría alterar si la victoria de CiU (frente a ERC) fuera muy clara, algo que las encuestas ven poco probable. Y más todavía si el triunfo independentista (el total de CiU y ERC) ante la suma de todos los no independentistas fuera rotundo.

Pero la dirección del llamado ‘proceso’ se complica mucho si ERC es el domingo –por primera vez desde 1936– el primer partido catalán. Entonces Mas, que ya perdió mucha autoridad tras el retroceso electoral del 2012, se toparía con toneladas de problemas suplementarios. Primero, en la coalición con Duran i Lleida. Segundo, en la propia CDC, donde hay dirigentes preocupados –aunque silenciosos hasta ahora– por el rumbo de los acontecimientos.

Tercero, en la relación con ERC y en la dirección del ‘proceso’. Mas y Junqueras podrían pactar canalizar hacia las municipales la voluntad independentista (intentarlas convertirlas en un referéndum aunque con el pasivo de no poder pactar candidaturas conjuntas) pero las tensiones internas en la coalición y en la relación con ERC y la Asamblea Nacional Catalana (la ANC) podrían hacer descarrilar el proceso.

La hipótesis de una negociación razonable en el último momento perdería fuerza e iríamos hacia un escenario de ‘todo o nada’, algo que preocuparía todavía más seriamente a la mayoría del empresariado (y a la banca) que suspira por un arreglo.

Que voten bien el domingo.
Confidencias Catalanas
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