Felipe VI, Cataluña y la reunión de Sitges

La abdicación de Juan Carlos está haciendo concebir esperanzas de que el todavía príncipe Felipe pueda imprimir un nuevo sello a su reinado que ayude a

La abdicación de Juan Carlos está haciendo concebir esperanzas de que el todavía príncipe Felipe pueda imprimir un nuevo sello a su reinado que ayude a solucionar algunos de los vicios y problemas que el sistema político ha ido acumulando. Es positivo que Felipe VI despierte esperanzas pero no se debe olvidar que España es una monarquía constitucional en la que el Rey reina pero no gobierna, que su papel institucional es relevante (y le da un apreciable margen de actuación) pero que su poder político es limitado.

Juan Carlos pasará con mayúsculas a la historia precisamente porque no era un Rey constitucional y su gran mérito fue la transición –ordenada y sin traumas– de la dictadura a la democracia y el establecimiento de una monarquía constitucional. La primera consecuencia fue la renuncia y desposesión de los muy amplios poderes políticos que heredó del general Franco.

El reinado de Felipe VI deberá ser el de un diligente Rey constitucional y sus aportaciones necesitarán siempre el respaldo de las mayorías parlamentarias requeridas por la Constitución. Quizás no sea como en Gran Bretaña donde nadie espera de la Reina, aparte de su función institucional, otro rol político que leer con aplicación el discurso del Trono, que escribe el primer ministro conservador o laborista que ha ganado las últimas elecciones pero... Felipe VI podrá y deberá ayudar pero la regeneración de la democracia española, o la superación del actual bloqueo político entre Madrid y el gobierno de Cataluña, es y será responsabilidad última de las fuerzas políticas.  

En las jornadas del Cercle d´Economia de Sitges se vio que entre los discursos de Artur Mas y Mariano Rajoy hay un foso casi infranquable. Más grave que el desencuentro político, es el choque de legitimidadesEl empresariado catalán desearía que la llegada del nuevo Rey pudiera desbloquear el conflicto y así lo expresó ayer por la noche a título personal Enrique Lacalle, presidente del Salón del Automóvil y uno de los principales impulsores del influyente fórum Puente Aéreo, en un debate de TVE en Catalunya. Y el catedrático de Derecho Constitucional, Xavier Arbos, puso de relieve que ese ansía de desbloqueo está muy viva y que Felipe VI tendrá en el inicio de su mandato autoridad moral para intentar encauzar la solución de los más relevantes contenciosos actuales. Y es cierto que Felipe VI –que conoce bien Catalunya a través de la Fundació Princep de Girona- haría un gran servicio si facilitara un pacto de Estado que desbloqueara el conflicto “sin vencedores ni vencidos” como aconseja Miguel Herrero, el padre de la Constitución que fue también un político relevante de la UCD y luego de AP. Pero en último término todo dependerá del PP –que tiene la mayoría absoluta en Madrid– y de lo que decida Artur Mas y sus aliados.

Y por desgracia lo sucedido en los últimos días no inclina al optimismo porque se ha visualizado –quizás más que nunca- que tras el desacuerdo político que puede llevar a lo que se ha definido como un choque de trenes hay un espinoso choque de legitimidades. Nada más acabar el lunes la intervención televisada del Rey Juan Carlos, el presidente de la Generalitat salió a hacer lo que calificó de declaración institucional. Pero no fue eso. Tras afirmar que Cataluña apostó lealmente por la Constitución de 1978, dijo que el pacto constitucional era cosa del pasado y que ahora para Cataluña lo importante era el próximo referéndum del 9 de noviembre. Don Juan Carlos quizás había tenido méritos y en España habría un nuevo Rey pero la hoja de ruta al referéndum –en el que apoya el sí a que Cataluña sea un Estado y a que ese Estado sea independiente– no tiene marcha atrás.

Es legítimo que Artur Mas no altere su hoja de ruta por la abdicación de don Juan Carlos y que haga propaganda de la consulta, lo que es totalmente inadecuado es que aproveche para eso la declaración institucional del presidente de Cataluña sobre la abdicación de Juan Carlos I. Aparte de que muchos catalanes se debieron sentir vergüenza por la despedida a quien la angustiosa noche del 23-F llamó a Jordi Pujol para decirle “tranquilo Jordi, tranquilo”, lo que pone de relieve  es el deseo de quemar las naves –como Hernán Cortés– ante cualquier planteamiento que pudiera tener alguna posibilidad –por remota que sea– de alterar la ruta marcada por su pacto con ERC.

La reaccion de Artur Mas tras la abdicacion de don Juan Carlos hace pensar que esta dispuesto a “quemar las naves” para evitar cualquier posibilidad alternativa a la ruta hacia la consulta del 9 de noviembreY esa actitud ya había quedado diáfanamente clara el jueves pasado en su intervención ante las jornadas de Sitges del Cercle d´Economía cuando puso al estado alemán de Bade Wutemberg como un modelo económico para Cataluña pero rechazó con rapidez la posibilidad de que el sistema federal alemán tuviera algún interés político para Cataluña. Además subrayó que su objetivo era que Cataluña pudiera votar las alternativas propuestas por el parlamento catalán (sin la mayoría de dos tercios que se requiere para una simple reforma del Estatut) y luego si hay una oferta de Estado seria (no sirve solo la del partido de gobierno porque entonces el de la oposición no la respetará cuando llegue al poder) se podría incorporar a ese referéndum como una tercera opción. En este proceso al Estado español sólo se le pide que no tenga un comportamiento agresivo impidiendo la consulta de acuerdo con la legalidad catalana. La conclusión es que Artur Mas ha puesto rumbo a la independencia y que la cree posible a corto plazo y beneficiosa,  o bien; el independentismo catalán cree que tiene la legitimidad porque ha habido dos grandes manifestaciones, tiene una mayoría parlamentaria precaria (sin Unió que no es independentista la mayoría se tambalea), el Tribunal Constitucional rechazó el Estatut que el pueblo catalán ya había votado, el sistema de financiación perjudica económicamente a Cataluña desde hace años y muchos dirigentes del PP (y del PSOE) han manifestado muy poca sensibilidad hacia las demandas de Cataluña. Aunque es innegable que parte de estas creencias son ciertas, la realidad es que los partidos independentistas han tenido un 45% en las últimas elecciones (las europeas) y los que defienden la consulta un 55%.

No es una mayoría aplastante cuando ha habido una gran abstención y más todavía si tenemos en cuenta que la fracción más numerosa de catalanes (38-40%), en la que en todas las encuestas se define como “tan catalán como español”. Pero en este momento en que el voto de protesta tiene viento a favor en muchos países (la desconfianza en Europa ha llegado en primera posición en Inglaterra y Francia), creen que el rechazo a España podría ganar un referéndum. Es una legitimidad algo simplista y discutible pero es la que los independentistas tienen en la cabeza.

El empresariado catalán quiere confiar en que el nuevo Rey pueda desbloquear el conflicto, pero Felipe VI será un monarca constitucional con poder político limitado, y la última palabra la tienen las fuerzas hoy enfrentadas.Pero escuchando a Mariano Rajoy en el mismo Cercle el sábado (dos días después) se vio que el acercamiento entre ambos exigiría algo muy parecido a lo que conocemos como milagro. Rajoy puso por delante la legitimidad moral de la totalidad del pueblo español (contrariamente a lo que piensa la mayoría insuficiente del Parlament que niega la soberanía catalana), cree que la Constitución y el orden europeo impiden la independencia y no muestra ningún signo de contrición por la sentencia del Estatut, de la que el PP es el primer responsable y que ha envenenado hasta el infinito un problema histórico que había que abordar con algodones. El presidente del Gobierno parece tener la razón jurídica e incluso puede tener la moral (esa es siempre subjetiva). El problema es que cuando dice con la boca pequeña –lo repitió en las jornadas de The Economist- que está abierto a una reforma de la Constitución siempre que haya un consenso previo que vaya más allá del PP y del PSOE (o sea, en el que participe CiU) sabe que esa es precisamente la fórmula que ahora Mas no quiere. O que cree imposible que puede dar una respuesta satisfactoria a las expectativas que ha generado.

Uno de los objetivos de las jornadas de debate del Cercle –las más abiertas e interesantes de España que se celebran en Sitges cada año– era contribuir a rebajar la tensión entre Cataluña y Madrid. Esa es una aspiración no sólo del Cercle, sino general de muchísimas entidades empresariales y sociales catalanas y que Enrique Lacalle también expresó con claridad ayer noche. La gran ilusión es desatascar el bloqueo y poder trabajar con un horizonte despejado. Pero la dimisión de Rubalcaba, el gran defensor junto a Durán Lleida de la tercera vía, el contenido casi irreconciliable (o sin casi) de los discursos de Mas y Rajoy, la ausencia total de representantes de la Generalitat en el discurso final del presidente del Gobierno el sábado, y la precipitada reacción de Mas – ¡que no me toquen la consulta!- tras la abdicación de Juan Carlos indica que el objetivo es tan loable como difícil.

El tren de Artur Mas ha cogido una vía conflictiva y Mariano Rajoy no lo ha sabido impedir. Decir que cuando se produce un choque de trenes es que uno de ellos circula por vía equivocada es una obviedad. Y el tren equivocado puede ser ahora el de Artur Mas como antes fue el de Rajoy, cuando hizo demagogia anticatalana a cuenta del Estatut. Pero para quien tiene la responsabilidad del sistema ferroviario, la prioridad no debería ser tocar el pito al maquinista confundido, sino evitar el choque. Y ello implica no sólo tener la razón jurídica sino saber maniobrar. Y poder convencer a los maquinistas y pasajeros (mejor a los dos) del convoy equivocado.

Admito que preferiría haber interpretado mal las señales y estar circulando por la vía equivocada al escribir pero…

Confidencias Catalanas

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