Independentismo contra catalanismo

La ruta de Artur Mas hacia la independencia –decidida cuando disuelve el parlamento catalán tras la gran manifestación del 11 de setiembre del 2012 y una

La ruta de Artur Mas hacia la independencia –decidida cuando disuelve el Parlamento catalán tras la gran manifestación del 11 de setiembre de 2012 y una reunión infructuosa con Rajoy- no se sabe cómo acabará pero está teniendo efectos inesperados. Al trasladar la protesta contra el Estado español que siguió a la sentencia del Constitucional de 2010 sobre el Estatut (que ya motivó una gran manifestación) al independentismo legitima y radicaliza ese movimiento. Y ello se ve en los resultados de ERC de 2012 que, al ser avalada su ideología por el presidente de la Generalitat, aumentó sus diputados mientras que CiU perdió 12. El independentismo crece pero a favor de ERC. El resultado de las europeas en las que ERC gana, por primera vez desde 1936, unas elecciones en Catalunya lo ha confirmado.

Pero el segundo efecto de la “conversión” de CDC –o de su núcleo dirigente- es una progresiva división no sólo de la sociedad catalana sino del catalanismo. El catalanismo salió maltrecho y decepcionado por la lectura restrictiva e inconsiderada –cuatro años después y tras un referéndum en el que Cataluña dijo que quería ser España- de la Constitución del 78. Pero una cosa es indignarse y reclamar más autogobierno o un pacto fiscal con el referente vasco (el presidente del Foment Gay de Montellá no dudó en respaldar la petición de Artur Mas) y otra pensar que la independencia es la solución. Romper un gran Estado del euro (el cuarto) en medio de la gran crisis de inicios del siglo XXI no es algo ni fácil ni inteligente.

Desde el primer momento, con susurros de intensidad creciente, el variopinto planeta del empresariado ha ido señalando que la ruptura con España no sería un buen negocio. Primero fue el presidente del Foment, Joaquim Gay de Montellá, luego su antecesor y actual presidente de la CEOE, Joan Rosell. Después los dos grandes banqueros, Isidre Fainé (la Caixa) y Josep Oliu (Banco de Sabadell) que tienen gran parte de su actividad en el resto de España. El punto culminante fue la telegráfica frase de Fainé desde Washington –en un viaje en el que acompañaba a Rajoy- al afirmar que el desencuentro tenía que acabar en “un gran pacto”. Y no es sólo la gran empresa. La misma Cámara de Comercio e Industria –que cuida las relaciones con la Generalitat- ha advertido de la posible caída del PIB catalán (y español) y los empresarios más independentistas –que también los hay- agrupados en el Cercle Catalá de Negocis, han manifestado su descontento por la reelección de Josep González, un veterano y curtido dirigente empresarial, al frente de la Pimec (Pequeña y Mediana Empresa Catalana) que se ha mostrado a favor del derecho a decidir pero no de la independencia.

Es cierto que el empresariado –columna básica de la sociedad catalana- es sólo parte (y no siempre) del catalanismo. Pero el éxito de CiU y de Jordi Pujol no se entiende sin una complicidad fuerte (que tampoco era una identificación) con el espíritu empresarial. El mismo Mas se presentó en 2010 como el candidato “business friendly”.

La ''conversión'' de CDC al independentismo ha roto ya las complicidades generadas en el catalanismo con buena parte del empresariado y los socialistas del PSC. Ahora pueden llevar a la voladura de la coalición CiU, que ha sido la fuerza dominante en Cataluña desde 1980

El segundo desenganche –políticamente más relevante porque fue básico en la política catalana y en las leyes lingüísticas- fue el del PSC. El PSC, que está a favor del derecho a decidir legal y acordado, no podía transitar por una vía en la que con la prioridad de la consulta –con amplio apoyo en la sociedad catalana- se pusiera la directa a la independencia. Así la mayoría del partido optó por pactar con Rubalcaba –un socialista nada propenso al nacionalismo pero realista- la propuesta de una reforma federal de la Constitución y, más relevante, por adoptar una estrategia propia. Como consecuencia el PSC ha sufrido una seria crisis interna porque muchos dirigentes “maragallistas” se resistían a oponerse a la ola independentista, pero la mayoría se ha impuesto. Y naturalmente –más todavía que con los empresarios- el agitprop nacionalista proclama que el PSC obedece al PSOE, ha traicionado al catalanismo y se está convirtiendo en un partido residual.

Y ahora la posible dimisión de Durán Lleida como secretario general de CiU, la coalición que ha dominado siempre la política catalana –pese al interregno del tripartito- puede ser algo así como un nuevo preaviso de la ruptura de CiU. Desde hace meses (años) Durán Lleida afirma que no cree en la independencia, que la juzga inconveniente política y económicamente y que –tras la sentencia del TC sobre el Estatut- es imprescindible acordar una tercera vía entre centralismo e independencia. Y en este camino Durán, que está solo frente a CDC y el PP, cuenta no obstante con la complicidad de buena parte de la sociedad civil catalana y del PSOE de Rubalcaba. Durán cree que Rajoy sabe que debe ofrecer alguna salida a un conflicto que puede complicar mucho el futuro catalán y español pero es consciente de que la mayoría absoluta del PP (un partido nacionalista español), la cercanía del ciclo electoral y la tendencia catalana al maximalismo complican las cosas. Por eso el acuerdo de Mas con ERC, ICV y las CUP para fijar la fecha y las preguntas del referéndum le pareció un peligroso error porque quitaba a Rajoy margen de maniobra. A no ser que fuera eso precisamente lo que se buscara.

Y desde entonces ha insistido en que está comprometido hasta el fondo con la consulta pero que debe ser legal y por tanto pactada. Y ha añadido que estaría en contra de un referéndum ilegal (algo que algún círculo cercano a Mas no excluye). Y en una entrevista a Màrius Carol, director de La Vanguardia desde hace algunos meses, dejó claro que no apoyaría una declaración unilateral de independencia y que no secundaría una lista en cuyo programa figurara la independencia.

La situación ya era pues tensa pero Durán –que conoce a través de la democracia cristiana italiana la variabilidad de la política y que tiene tendencia al optimismo- había decidido no ir más allá. Sus líneas rojas estaban marcadas y tenía una confianza muy imitada en la capacidad de Rajoy para moverse pero esperaba que al final el espíritu de partido de gobierno de CDC se impondría. Pero todo se ha complicado. Primero por la dimisión de Rubalcaba que deja al PSOE, al menos por un tiempo, al margen de cualquier negociación política seria. Segundo y principal, por la pretensión de algunos dirigentes de CDC (Oriol Pujol es uno de ellos) de votar contra la ley que permitirá a Felipe VI convertirse en Rey. Aunque al final la decisión ha sido la abstención, Durán se ha sentido muy incomodado. Cree que se rompe la tradición de CiU de estar en los grandes pactos de Estado y de ayudar a la gobernabilidad de España (el apoyo al decreto-ley de Zapatero de mayo del 2010 es un ejemplo claro) que daban a la coalición una gran credibilidad en el mundo político y económico europeo. Y que un gesto poco amistoso hacia el nuevo monarca es buscarse enemigos sin ninguna necesidad.

Pero para los dirigentes de CDC que han puesto la directa a la independencia la abdicación de Juan Carlos es –por el contrario- una gran oportunidad de demostrar que Artur Mas no es menos independentista que Oriol Jonqueras. Y que convenía cortocircuitar cualquier posibilidad de que Rajoy –amparado en el cambio de reinado- hiciera algún movimiento que pudiera evitar el choque de trenes del 9 de noviembre. La frase de Homs diciendo que el relevo en la monarquía era sólo una forma de mantener el negocio familiar –más propia de “Podemos” que de una coalición que ha gobernado Cataluña durante todos los años (menos siete) de la autonomía- y la intención de Artur Mas de no asistir al discurso inaugural de Felipe VI fueron la gota que colmó el vaso.

Por eso y aunque Mas cambió al final de parecer, Durán hizo partícipe a Enric Hernández, director de El Periódico, de su voluntad de reflexionar sobre la posibilidad de dimitir como secretario general de CiU y de abandonar la emblemática presidencia de la Comisión de Relaciones Exteriores del Congreso. Conseguía así por una parte enviar la señal de que discrepaba a fondo de la actitud de “los excitados” de CDC y volver a poner de relieve que no pueden contar con él para una hoja de ruta independentista. Y por la otra ser coherente con la abstención de la que, a su pesar, ha sido portavoz en el Congreso de los Diputados.

La decisión de CDC de ''desconectar'' de España no votando a favor de la investidura de Felipe VI ha incrementado la división dentro de CiU entre los que buscan un pacto con el Estado (Duran) y los que han puesto la directa a la independencia (Homs, Rull, Oriol Pujol). Mas apoya a los de la ''desconexión'', pero tampoco quiere romper con Duran

Así a la división que la política de Artur Mas ha provocado en la sociedad catalana –separación progresiva del empresariado y ruptura con el PSC- que por el momento sólo han favorecido electoralmente a un inteligente Oriol Jonqueras, se une ahora una nueva señal de que CiU es una coalición cada día más frágil que puede acabar saltando por los aires.

Por el momento lo más probable, no obstante, es que las hostilidades se frenen. Duran cree que puede pactar con Mas su relevo en la secretaría general de CiU (el discreto pero inteligente Espadaler, Conseller de Interior, sería el sucesor) y continuar siendo portavoz de CiU en Madrid y líder de Unió. Tomaría así distancias con la política de CDC ante la gran incógnita del 9 de noviembre. ¿Después? Todo depende. Durán no quiere desesperar de que Artur Mas recupere el espíritu pactista de Pujol y Mariano Rajoy sepa no sacarse un conejo de la chistera (es lo que aseguró en Sitges que no haría) pero sí admitir –y hacer admitir a su partido- que sería suicida que el reinado de Felipe VI empezara con un grave choque de trenes con las instituciones del autogobierno catalán.

¿Qué hará CDC? La noticia de la dimisión de Durán fue inicialmente recibida con alegría por los más excitados de la cúpula de CDC. Josep Rull, secretario de organización y que asume parte de las funciones que tenía Oriol Pujol antes de su citación judicial como imputado, se apresuró a decir que Durán también debería dejar de ser portavoz de CiU en Madrid. E Irene Rigau, consellera de Educación, le quitó importancia diciendo que CiU ya supo sobrevivir a la renuncia de Jordi Pujol. No dijo que  el expresident se fue para que CDC tuviera futuro y que la dimisión de sería la confirmación de una enfermedad grave. Pero luego alguien parece haber tocado el pito para evitar la escalada.

Así el expresident Pujol se ha apresurado a declarar que lo más conveniente es que Durán siga, el portavoz Homs ha moderado sus maneras y ha mostrado su satisfacción porque Durán Lleida haya reafirmado su compromiso con la consulta, y Josep Rull ha cerrado la boca. No obstante cuando un partido, o una coalición casi permanente, cambia de ideología (pasa del peix al cove a querer ser un nuevo Estado de Europa) y entra en una etapa de desencuentros, ambiciones, cálculos personales y resultados electorales no satisfactorios (CiU ha perdido diez puntos de cuota electoral entre el 2012 y las europeas mientras que el PSC –en crisis y calificado de partido residual- sólo ha perdido unas décimas) todo puede pasar.

Y la inquietud por la actitud de CDC ante Felipe VI no es sólo cosa de Durán. En las reuniones de la ejecutiva y de la comisión permanente (más reducida) personalidades de peso como el alcalde de Barcelona, Xavier Trias, y los consellers Santy Vila (Medio Ambiente y Obras Públicas) y Germà Gordó (Justicia) insistieron en que era absurdo no votar “el texto” de la ley que facilita la llegada de Felipe VI (sólo sería votar por la permanencia de Juan Carlos) aunque sí admitieron que “el contexto” (la negativa de Madrid a la consulta) podía inclinar a la abstención pero nunca al voto negativo.

La conclusión es que la CDC de Artur Mas da vitaminas al independentismo que hace estrella ascendente a Oriol Jonqueras pero que agrieta el catalanismo y las complicidades generadas durante muchos años en la sociedad catalana. ¿Es un buen negocio para un partido que ganó sus primeras elecciones (las de 1980) con el lema de Ara convé votar Jordi Pujol (ahora conviene votar Jordi Pujol) y el apoyo de Alfredo Molinas, el entonces president del Foment?

Confidencias Catalanas

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