Miquel Iceta saca pecho

“¿Cuál es la diferencia política entre Pere Navarro y Miquel Iceta?”, me preguntan algo alarmados algunos amigos madrileños. Y en la pregunta detecto una cierta alarma

Foto: El diputado socialista Miquel Iceta, en la sede del PSC (EFE)
El diputado socialista Miquel Iceta, en la sede del PSC (EFE)

“¿Cuál es la diferencia política entre Pere Navarro y Miquel Iceta?” me pregunta un amigo madrileño. Y en la pregunta capto una cierta alarma. ¿Puede Iceta ser más ‘componedor’ con el independentismo?. La respuesta es que no hay diferencia política de fondo –ambos provienen del sector mayoritario tradicional del PSC e Iceta ha sido el primer colaborador de Navarro en la negociación con Rubalcaba sobre la reforma federal de la Constitución– pero que sí son distintos.

Navarro tiene una cultura de alcalde responsable, habituado a lidiar con los problemas concretos y diarios de una ciudad importante pero no gran capital (Terrassa) y poco aficionado a la polémica; e Iceta es, por el contrario, un político puro, un parlamentario acostumbrado a dialogar, pactar, que se siente bien polemizando e incluso, si conviene, montando fuegos artificiales. Y ducho en negociar con el nacionalismo y con “los compañeros” del PSOE sabiendo que a los nacionalistas no les gusta el PSC (cuanto más débil mejor) y al PSOE tampoco demasiado.

Pero el PSC y el PSOE son socios más por interés que por amor y por tanto son un matrimonio difícilmente destructible. El PSOE no gana en España si al PSC no le va bien (Cataluña fue tras Andalucía el gran granero de votos de Felipe González y Zapatero), y el PSC necesita un PSOE sólido para tener fuerza en Cataluña.

Un ejemplo de otro partido permite visualizar bien lo que pasa.  Cuando en 1986 Miguel Roca lanzó (con Antonio Garrigues) el Partido Reformista, no logró ningún diputado, pero en Cataluña CiU sacó los mejores resultados de su historia. Roca fue visto en Cataluña entonces no sólo como un catalanista inteligente sino como alguien que podía mandar en España. Al PSC le pasó algo así –corregido y aumentado– cuando Narcís Serra y Pasqual Maragall –dos políticos ‘con gancho’– se ‘colgaron’ de Felipe González. E incluso cuando el Zapatero del 2003 apareció como el anti-Aznar de la guerra de Irak y dijo –con cierta imprudencia como luego se vio– que apoyaría el Estatut que saliera del parlamento catalán.

Y la personalidad desacomplejada de Iceta ya empieza a visualizarse. Hace unos días publicó un artículo en La Vanguardia afirmando que la doble pregunta de la consulta salida del parlamento catalán era un “nyap” (una gran chapuza) y que la consulta no podría celebrarse. Porque no se había pactado con Madrid, porque preguntar sobre la independencia es inconstitucional y porque la ley de consultas no referendarias –que el Parlament aprobará en septiembre, a la que Mas piensa acogerse y que tanto Navarro como Iceta ya han dicho que el PSC podría votar– no puede legitimar preguntas tipo de un referéndum de independencia.

El nuevo líder del PSC dice que la consulta es obligada pero que debe ser “legal y pactada” y propone la siguiente pregunta: “¿Quiere que el Govern negocie con las instituciones del Estado un acuerdo que garantice el carácter nacional de Cataluña, un pacto fiscal solidario y el blindaje de las competencias en lengua y cultura?”

Anteayer lunes en una conferencia de Nueva Economía Forum fue más lejos. Insistió en que era partidario de una reforma federal de la Constitución y que esa reforma debería someterse a referéndum en toda España y también en Cataluña, por lo que quedaría patente la opinión de la ciudadanía catalana. Luego, dirigiéndose a Enric Millo, portavoz del PP en el parlamento catalán –presente en la sala junto a los portavoces de CiU, Jordi Turull y de ICV, Dolors Camats– dijo que entendía y respetaba que el PP no fuera partidario de reformar la Constitución pero que en este momento –y teniendo en cuenta que había creado el problema al recurrir el Estatut– lo que el PP no podía hacer es negar el conflicto y obstaculizar su solución.

Para Iceta “no habrá solución estable al problema de encaje entre Cataluña y España sin que los catalanes se puedan pronunciar sobre su futuro”.  E insistió en que era la única forma de corregir “la alteración” de la voluntad catalana que representó la sentencia del Constitucional del 2010 contra un Estatut que, cuatro años antes habían votado un 74% de los catalanes (contra el criterio del PP y de ERC) con una participación del 49%. En aquel referéndum –vino a decir Iceta– los catalanes dijeron que querían seguir en España pero con su Estatut, y como después esa voluntad ha sido ninguneada, ahora es preciso volver a consultar.

Pero Iceta sabe y proclama que la consulta tiene que respetar la Constitución y por lo tanto debe ser “legal y pactada”. Y para ello propone un enunciado que podría satisfacer las aspiraciones de una mayoría de catalanes y que el Gobierno del PP podría  aceptar. La pregunta que planteó es: “¿Quiere que el Govern (de Cataluña) negocie con las instituciones del Estado un acuerdo que garantice el carácter nacional de Cataluña, un pacto fiscal solidario y el blindaje de las competencias de lengua y cultura?”. Y añade que tras la negociación debería haber una segunda consulta para aprobar (o rechazar) el pacto alcanzado.

Al plantear esta consulta, Iceta ha plantado cara a los independentistas que acusan al PSC de no querer permitir que los catalanes se expresen. Y al mismo tiempo proclama en voz alta algo que los mismos independentistas ya admiten en voz baja: que la consulta propuesta por el parlamento catalán es inviable y que el 9 noviembre no se celebrará.

El independentismo ha respondido a Iceta diciendo que su pregunta huele a “pacto de despachos” (como si las del parlamento emanaran del Espíritu Santo) y que los catalanes tienen derecho a decir si quieren ser independientes. Pero Iceta también marca una línea propia al exigir una consulta (como Duran i Lleida) y separarse por tanto del frente continuista del PP y Ciutadans.

A media que pasan los días va surgiendo un difuso “partido de la distensión” formado por políticos como Iceta y Duran i Lleida y por portavoces del mundo económico y de la banca catalana que cada día están más preocupados por el posible choque de trenes entre los dos gobiernos el próximo 9 de noviembre. Y el ministro Guindos ha mostrado sensibilidad ante esta preocupación

 Lo que pasa es que no está claro que el PSOE apoye esta consulta (sólo Pérez-Tapias, el candidato de Izquierda Socialista, acepta planteamientos similares) y todavía es más complicado que lo acabe aceptando el Gobierno del PP. Pero Iceta insistirá. Sabe que el conflicto es serio (por la sentencia del Constitucional y por la deriva independentista de CDC) y que Cataluña y España no pueden vivir en desencuentro permanente.

Algo habrá que hacer. Quizás Mas prefiera esperar un milagro o darse con sus narices contra la puerta el 9 de noviembre, quizás Rajoy apueste por ganar primero las elecciones españolas del 2015, pero el problema habrá que abordarlo algún día y mientras tanto sería conveniente –para la estabilidad política y económica– evitar el choque de trenes del 9-N.

Por otra parte, la propuesta Iceta no es nada vaporosa sino muy concreta y coincide en buena parte con las premisas que Joaquim Gay de Montellà, el presidente del Foment, la patronal catalana cada día más alarmada por el posible choque de trenes, ha hecho llegar a Mariano Rajoy como imprescindibles para solucionar el conflicto. Por cierto que Gay de Montellà estaba –junta a los portavoces parlamentarios, el expresidente Montilla y Pere Navarro– en la mesa presidencial de la conferencia de Nueva Economía Forum.

Por otra parte, tampoco es exacto que el Gobierno de Madrid esté en el más completo inmovilismo. Hace quince días ya me hice eco de que el ministro Guindos había comunicado a un influyente financiero catalán (nada que ver con la Caixa o el Banco de Sabadell) que Rajoy podría permitir una consulta acogida a la nueva ley catalana siempre que esa ley y la pregunta no se salieran del marco constitucional.

Y un asunto que fue presentado por algunos dirigentes de la Generalitat como un ataque frontal a la viabilidad económica de Cataluña –la contribución del puerto de Barcelona a financiar los accesos a otros puertos españoles con resultados negativos– ha sido solucionado en un ‘plis-plas’ por la ministra Ana Pastor, quizás el miembro del Ejecutivo más próximo a Mariano Rajoy, y por el conseller Santi Vila, uno de los políticos catalanes que –junto a Germà Gordó, conseller de Justicia y del círculo íntimo de Mas– más apuesta por no incrementar la tensión innecesariamente.

Así, frente al ‘partido del conflicto’ (las cúpulas de PP, CDC y ERC que apostaron por azuzar las discrepancias) va emergiendo en el día a día un difuso (¿y confuso?) ‘partido de la distensión’, que aboga por una especie de tercera vía y que fue lanzado por Rubalcaba, Pere Navarro y Duran i Lleida y al que se van apuntando de alguna forma Miquel Iceta y Gay de Montellà, Fainé y Oliu que dicen que la única solución es “un gran pacto” y al parecer el propio Guindos.

Por cierto que Iceta fue presentado por el secretario de la UGT catalana, Pepe Álvarez, un veterano y hábil sindicalista que sabe pactar con Mas sin alterar su buena relación con Cándido Mendez y la UGT española. 

Confidencias Catalanas
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