2015 y la batalla de Barcelona
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Joan Tapia

Confidencias Catalanas

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2015 y la batalla de Barcelona

La encuesta del CEO, el oficial Centre d´Estudis d´Opinió de la Generalitat, del viernes pasado fue una ducha de agua fría para el independentismo. Todavía más

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El alcalde de Barcelona, Xavier Trias. (EFE)

La encuesta del CEO, el oficial Centre d´Estudis d´Opinió de la Generalitat, del viernes pasado fue una ducha de agua fría para el independentismo. Todavía más para Artur Mas. El sondeo, que algunos politólogos próximos al independentismo como Jordi Muñoz admiten que es más fiable que otros anteriores del mismo CEO, indica que la población catalana está partida, que los no independentistas suman más, que el apoyo al Estado independiente no llega al 40% mientras aumentan los federalistas… y además que CiU se quedaría con un máximo de 36 diputados (actualmente tiene 50) frente a 34 o 35 de ERC. Y que entre los dos tendrían una mayoría absoluta muy raspada. Es una victoria pírrica para Artur Mas, ya que el CEO coincide con la encuesta de El Periódico de hace un mes y es menos alentadora que la de La Vanguardia que le daba hasta 40 diputados.

Sea como fuere, es difícil que alguien convoque elecciones para perder 10 o 16 diputados. La lista conjunta con ERC parece cada día más difícil porque la relación entre CiU y ERC evoluciona hacia la hostilidad. CDC ha intentado que la ANC avale sus tesis sobre la lista única en unas elecciones plebiscitarias pero sólo ha logrado incrementar las susceptibilidades en la organización transversal del independentismo que Carme Forcadell –aunque se inclina hacia CDC– debe mantener unida.

Lo que está claro es que ERC no quiere diluirse en una lista ‘masista’ por encima de los partidos (los republicanos tienen el viento a favor mientras que CDC paga el escándalo Pujol). Y el pasado viernes –tras la encuesta del CEO y una nueva reunión fallida Mas-Junqueras– gentes del círculo íntimo del líder de ERC no ocultaban cierta irritación con Artur Mas y CDC por lo que juzgaban como intentos de “satelización”.

El mitin de Pablo Iglesias el domingo y las encuestas que aúpan a Podemos tampoco van a ayudar a que Artur Mas convoque elecciones, aunque analistas serios del PSC –críticos con Mas– me aseguraban ayer que el president está condenado a convocar elecciones si quiere mantener vivo el proceso independentista, y que la admisión de la querella de la fiscalía general le daba nuevo oxígeno. Y ayer había colas ante el TSJC para autoinculparse por el 9-N.

Pese a todo creo que sólo un aventurero o alguien con exceso de fe en sus propias capacidades (esto último no lo descarto) puede convocar elecciones anticipadas cuando las encuestas dicen que perderá entre 10 y 16 diputados (de 50) y alejarse todavía más de la mayoría absoluta. Por mucho que pueda rentabilizar las meteduras de pata del Gobierno central, que sólo piensa en sus votos en el resto de España y que se conforma con la magra cosecha que recauda en Cataluña un PP catalán sin imaginación y que cede terreno a Albert Rivera pero que, eso sí, es obediente y disciplinado. Y si no hay elecciones anticipadas, la próxima cita electoral catalana serán las municipales de mayo. Y la batalla de Barcelona será fundamental.

¿Qué va a pasar en las municipales de Barcelona? Una reciente encuesta del Institut de Ciències Polítiques –tan interesante como poco publicitada– dice que el tradicional bipartidismo catalán entre CiU (vencedora en las autonómicas) y PSC (tradicional favorito en las municipales) ha entrado en crisis y se desplaza al eje ERC-Podemos. ERC tiende a ser la primera fuerza en las elecciones catalanas y Podemos puede relevar al PSC en las legislativas y municipales.

Quizás ese sea el vector de futuro, pero CiU es hoy todavía mucha CiU y tiene la alcaldía de Barcelona con un candidato –Xavier Trias– que no es un premio Nobel pero que tiene las ventajas de ser alcalde, de tener seny y de no generar sentimientos de rechazo, que ha sabido cuidar a su clientela tradicional de la clase media (obras en Balmes, la Diagonal, el Paseo de Gracia, el Paseo San Juan), que es un independentista prudente y un autonomista reprimido (según convenga) y cuyo conservadurismo está teñido de buenas intenciones democristianas (él dice socialdemócratas).

Y el PSC, que quedó en muy mala posición tras la derrota de Jordi Hereu y la posterior división entre ortodoxos y pragmáticos en la federación de Barcelona, parece revivir de la mano de Jaume Collboni, un pragmático que ha dominado al aparato, ha recuperado protagonismo pactando algunas medidas sociales con Trias (la rebaja de la tarjeta del metro y guarderías) y que está decidido a plantar cara a CiU, a ERC y a la marca de protesta social.

La batalla de Barcelona se plantea así como una lucha a cuatro. Mejor dicho, a cinco, porque hay que incluir al candidato del PPC, el experimentado Alberto Fernández Díaz, hermano del ministro del Interior y cuyo gran conocimiento del ayuntamiento (es el concejal más veterano) se ve hoy lastrado por la mala imagen del Gobierno del PP. Y el desenlace final de esta batalla es una gran incógnita y puede depender más de los pactos postelectorales que de los resultados de cada formación, que podrían acabar siendo equilibrados.

CiU va a la baja, pero Xavier Trias no es mal candidato porque puede conservar el electorado tradicional moderado de CiU sin alinearse a los conversos al independentismo. Será un candidato de seny y aspira a continuar siendo la lista más votada. Y podría pactar (si suman) con ERC para un ayuntamiento independentista o con el PSC para una coalición más pragmática.

Pero Trias tiene serios competidores. El primero es la lista de protesta social que encabezará Ada Colau, popular por la lucha contra los desahucios y en cuya candidatura Guanyem (Ganemos), si las cosas no se tuercen, estará ICV –que quiere frotarse con la izquierda alternativa– y Podemos, deseoso de entrar en Barcelona no con paracaidistas (elegidos por Madrid) sin con arraigo en la ciudad. Pablo Iglesias no quiere que le comparen con Alejandro Lerroux, que se erigía en el tribuno de los proletarios contra la gran burguesía y era el azote del catalanismo. ¿Puede ganar Guanyem? Tiene simpatías y prejuicio favorable en muchos medios, pero Barcelona es hoy una gran capital que debe competir con Madrid y otras ciudades europeas para consolidarse como centro turístico para atraer inversiones y eventos internacionales como el Mobile World Congress, y mucha gente –no sólo conservadora– teme que el verbalismo ‘anticapitalista’ genere serias contraindicaciones.

En todo caso, parece casi imposible que Guanyem puede acercarse a la mayoría absoluta y sus posibilidades de acceder al gobierno municipal (es la idea de ICV) estarían en función de un pacto con ERC o con el PSC. ERC tiene viento a favor porque el independentismo republicano –legitimado por la conversión de Artur Mas– no está nada contaminado por el escándalo del pujolismo ni por la gestión socialista, aunque formó parte de todos los gobiernos municipales de Pasqual Maragall y de Joan Clos (no del último de Jordi Hereu). Y su candidato Alfred Bosch es un hombre hábil –consiguió que el presidente de las Cortes y Rosa Díez le presentaran en Madrid un libro de defensa del independentismo– pero con poco conocimiento de los asuntos municipales. Y en el ayuntamiento de Barcelona los paracaidistas (Miquel Roca lo padeció) no suelen tener suerte por mucha imagen que tengan.

Y queda Jaume Collboni. Mucha gente sabe que el PSC fue fundamental –con Narcís Serra, Pasqual Maragall y Joan Clos– en la eclosión de Barcelona como capital europea y mediterránea y como contrapeso al exclusivismo nacionalista. En algún momento Maragall consiguió el milagro de ser el preferido de los votos de la clase trabajadora y tener un muy buen resultado en los barrios de clase media. El segundo mandato de Hereu –sin mayoría y con errores de bulto–, el mal final del tripartito y el peor todavía de Zapatero han sumido al PSC en una trágica situación, pero Iceta y Collboni intentan reanimarlo.

Y Collboni, aparte de insistir en programas socialdemócratas frente a la crisis social, en la necesidad de inversiones públicas para dinamizar (Barcelona, al contrario que la Generalitat y que Madrid, tiene una hacienda municipal saneada) y en la no supeditación de la ciudad a la Generalitat (acusa de ello a Trias) ha lanzado la idea de que en una España plurinacional, Barcelona debe ser co-capital, junto a Madrid.

Es una vieja idea maragalliana que al nacionalismo (y al centralismo) no gusta nada, pero que prefieren ningunear que combatir. Pero ahora puede seducir a muchos barceloneses algo saturados del irredentismo independentista, pero más cansados todavía de la supeditación al centralismo. Para Iceta y Collboni no se trata sólo de aumentar el autogobierno catalán dentro de España, sino de que Barcelona sea capital del Estado en algunos aspectos. El primer gobierno de Zapatero trasladó a Barcelona la Comisión Nacional de Telecomunicaciones, que rápidamente el gobierno de Rajoy (unificación de comisiones nacionales mediante por el imperativo de la austeridad) hizo regresar a Madrid.

¿Qué mejor manera de defender los intereses de Cataluña y de sellar la unión de España y Cataluña que algunas dosis de co-capitalidad? Maragall habló de instalar el Senado en Barcelona (un senado que fuera cámara territorial) y Collboni, atrevido, ha dicho en voz baja (y sin especificar) que ya tiene dos localizaciones posibles.

Al contrario que Trias, la posibilidad de que Collboni logre ser la primera lista es difícil, pero tiene cintura, ha logrado hacerse un hueco, y en un escenario en el que la unidad sagrada nacionalista está cada día más cuestionada, tiene capacidad de pacto con Trias e incluso con ERC. Y en caso contrario, con Guanyem (la colaboración con ICV ha sido tradicional en el ayuntamiento). Su inclinación iría al pacto a la izquierda pero su realismo le haría suscribir cualquier acuerdo que pudiera ser aprobado por las bases socialistas. Collboni tiene además la ventaja de que es el único candidato elegido en primarias abiertas.

La gran duda es si él (e Iceta) tendrán los arrestos suficientes para defender con fuerza el proyecto de bicapitalidad frente al fuego cruzado del independentismo (le acusarán de lacayo del españolismo) y del madrileñismo del PP. Y los temores de Tomas Gómez y otros barones del PSOE. Pero Iceta y Collboni saben que sus rentas de situación son ya muy escasas. Zapatero, Maragall, Montilla y el estúpido referéndum de Hereu sobre la Diagonal las han consumido y Ada Colau y Pablo Iglesias tienen más ‘glamour’. Para respirar necesitan arriesgar y plantar cara.

Si Trias no aguanta y Collboni no resucita, el futuro de Barcelona como gran capital puede verse comprometido por experimentos más peligrosos que sugestivos y bienintencionados. Aunque si aguantan, la alianza entre los dos no es forzosamente la mejor solución. El salto al vacío sería una Barcelona dependiente de Guanyem o del independentismo radical. Barcelona es la capital de Cataluña pero para prosperar necesita ser también ser una capital española, europea, mediterránea e iberoamericana (es el principal centro de la industria editorial en lengua española). Y esto exige una mente no constreñida por los prejuicios (aunque sean disfrazados de ideología). Pasqual Maragall lo supo hacer lanzando el proyecto de los JJOO del 92 pactando con Juan Antonio Samaranch y la burguesía barcelonesa (Carlos Ferrer y Leopoldo Rodés), orillando los recelos de Jordi Pujol y arrastrando al Estado de Felipe González y Alfonso Guerra. Y la Barcelona de hoy vive en gran parte de la marca mundial conseguida con aquellos Juegos Olímpicos.

Las elecciones de mayo –haya o no antes comicios autonómicos– serán decisivas para el futuro de Barcelona. El convergente Trias ha cerrado el ciclo socialdemócrata del PSC y ahora todo está abierto.

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