Rajoy, Rivera y el caso Rato

Hace un mes –el 11 de marzo– me preguntaba en Confidencias Catalanas si había un milagro Rivera.

Foto: El presidente del Gobierno, Mariano Rajoy. (Reuters)
El presidente del Gobierno, Mariano Rajoy. (Reuters)

Hace un mes –el 11 de marzo– me preguntaba en Confidencias Catalanas si había un milagro Rivera. Por dos razones. Una, que la encuesta del domingo anterior de El País daba un práctico empate a cuatro (Podemos, PSOE, PP y Ciudadanos) para las elecciones generales. Y lo sorprendente no era que el PP tendía a la baja y el PSOE al alza (ligeramente), sino que Podemos había caído cinco puntos en un mes (del 27,7% al 22,5%) mientras que Ciudadanos había saltado del 8,1% en enero al 12,2% en febrero y al 19,4% en marzo.

La segunda era que una encuesta sobre Cataluña de El Periódico daba a CiU como ganadora con un 30% de los votos (diez puntos menos que en las elecciones del 2012) pero –contra todo pronóstico– situaba en segunda posición al partido de Rivera con un 17,8% (diez puntos más que en el 2012). Le seguía en tercer lugar con un 17,3% (aunque con cuatro diputados más) ERC.

Parecía entonces que el fenómeno Podemos había tocado techo, que el PSOE remontaba pero poco, y que Ciudadanos de Rivera con su pragmatismo y barniz liberal (por el fichaje de Luis Garicano) se estaba colando en la primera división. En Cataluña, porque era una reacción menos agresiva que la del PP (y menos conciliadora que la del PSC) a la deriva independentista de Artur Mas, que fue elegido en el 2010 como garantía de orden frente al tripartito. En España, porque la protesta radical y antisistema de Podemos lo tenía más difícil en un contexto de retorno al crecimiento y de creación de empleo (aunque con salarios inferiores), porque al PSOE le costaba sacudirse el estigma de la segunda legislatura Zapatero, y porque las políticas cerradas del PP –ausencia total de diálogo con Cataluña, con el PSOE y con cualquier plataforma disconforme– estaban provocando cansancio en una parte significativa del electorado de centro.

La subida de Ciudadanos en Andalucía y en las encuestas se debe más a las carencias del PP que a los méritos propios

La salida de la crisis parecía exigir un esfuerzo de diálogo y consenso, y el PP –con el desprestigio del caso Bárcenas y de las tarjetas de Caja Madrid a cuestas– contestaba con una política de cerrazón, propia de aquel famoso “al enemigo ni agua”. Sin considerar que el enemigo de hoy fue el aliado de ayer (CiU) y puede ser el socio conveniente de mañana (Ciudadanos).

Ya se palpaba que la subida de Rivera no era sólo por méritos propios o un fenómeno fortuito, sino que se fundamentaba en las carencias de la política de Rajoy (y en las de Artur Mas en Cataluña), que no contentaban a mucha gente de inclinación centrista (la muerte de Adolfo Suárez en marzo del 2014 ya desveló una nostalgia de la UCD). Y desde entonces las elecciones andaluzas del pasado 22 de marzo –el PP perdió las elecciones y 17 diputados, de los que 9 fueron a Ciudadanos– han confirmado este desapego de una parte del electorado respecto a la política de Rajoy. Y la encuesta de El Periódico del pasado domingo lo confirma: el PP mantiene la primera posición pero con una caída estrepitosa (del 44% al 23,5%), Podemos se desinfla, el PSOE se mantiene y Ciudadanos sube espectacularmente desde el 3,8% de diciembre al 17,7% ahora.

Y los errores del Gobierno del PP no son sólo de talante, sino casos concretos con nombres y apellidos. Ayer José Antonio Zarzalejos explicaba muy bien el auto sacramental contra Rodrigo Rato. Una cosa es que Rato deba responder de posibles delitos y otra que se monte desde el Ejecutivo una espectacular operación de detención y registros a cargo de la policía de aduanas cuando no hay riesgo de fuga (está “protegido” por la policía nacional) y parece remota la posibilidad efectiva de destrucción de pruebas. Y todavía es más inexplicable que tras esta caza, propia de un delincuente cogido con las manos en la masa, quede después en libertad sin comparecer ante el juez. ¿Qué se ha hecho del Estado de derecho?

La espectacular detención de Rodrigo Rato puede obedecer más a la impericia política de un Gobierno nervioso que a cualquier otra cosa

Quizá no se trate tanto de una operación montada contra el vicepresidente y el autor del milagro económico de Aznar como de que estemos ante una descomunal impericia. Tras la filtración (de extraño origen) de que Rato se acogió a la amnistía de Montoro y de sospechosos datos fiscales y patrimoniales, un ministro de Hacienda abrumado por la impopularidad de la amnistía fiscal, otro de Economía que piensa en Bruselas (los dos antiguos subordinados del sospechoso al que la policía le mete la cabeza en el coche), y un presidente de Gobierno preocupado por las municipales y los desplantes de Esperanza Aguirre no aciertan, víctimas del nerviosismo, a administrar de forma correcta –enviando el asunto a la Fiscalía Anticorrupción, donde Rato ya está siendo investigado–, sino que acaban intentando un ejercicio de inapelable “justicialismo”. Que quede bien claro y en televisión que esta vez no hay ni privilegios ni “mensajitos” de móvil a un amigo del PP. Que conste que a Rodrigo no se le trata como a Luis. Y, claro, a los cuerpos subalternos se les va la mano e incluso preparan un calabozo.

Pero Rato es el último caso –que hará mucho daño al PP– de una serie de errores que demuestran tanto incapacidad política como una extraña aversión al diálogo y al consenso. Ahí van cuatro ejemplos.

Primero, aborto. Con el programa electoral que llevaba, Rajoy tenía que hacer algo con rapidez (para satisfacer a sus electores) pero con el menor escándalo posible. Lo más fácil era derogar la ley Aído (tan encarnizadamente criticada) y volver a la de los tres supuestos de Felipe González. Los más antiabortistas no podían criticar mucho porque Aznar no tocó nunca esa ley pese a que en la segunda legislatura tuvo mayoría absoluta. Tampoco la izquierda podía escandalizarse. Se abolía una ley socialista para volver a otra ley socialista anterior.

Pero se ha hecho todo lo contrario. Gallardón redacta una nueva ley maximalista (para congraciarse con la derecha del PP) que Rajoy paraliza por temor a que le haga perder las elecciones europeas. Luego la retira porque Arriola y los barones le dicen que les hará perder votos en las autonómicas y municipales. La consecuencia es que irrita a todo el mundo (a los antiabortistas, a los de la ley de plazos y a los que quieren una solución con poco ruido). Y mientras se lleva por delante a Ruiz-Gallardón que, al principio de la legislatura, era uno de los ministros más valorados.

Segundo, Justicia. La dimisión del ministro de Justicia llega tras una serie de bandazos que indican desorientación en el Gobierno y en el ministerio. El primero es la elaboración de una ley de tasas judiciales que crea gran alarma e insatisfacción tanto en la sociedad como en el mundo jurídico y judicial que tiende a estar próximo a las opciones conservadoras. Tras el desbarajuste creado, el sucesor de Gallardón, Rafael Catalá, tiene que rectificar. El segundo bandazo es el nombramiento como fiscal general de Eduardo Torres Dulce -un fiscal conservador pero independiente y con inquietudes culturales - que rápidamente topa con el Gobierno y al que éste –tras el sonoro choque en el 9-N catalán- acaba pidiendo la dimisión.

Tercero, la tarjeta sanitaria. La ministra Ana Mato –muy discutida por su gestión y por el ébola- se ve finalmente obligada a dimitir porque el juez Ruz la juzga beneficiaria de la trama Gürtel. Y una de las primeras medidas del nuevo ministro de Sanidad, Alfonso Alonso, es la de cambiar una de las medidas más polémicas y discutidas de la anterior ministra: la  retirada de la tarjeta sanitaria a los inmigrantes sin papeles. Todo el episodio indica que no hay una política mínimamente coherente respecto a la sanidad y la inmigración.

Cuarto, los portavoces políticos. La portavocía del partido del Gobierno en el Congreso de los Diputados –que recaía en Alfonso Alonso, un político serio que fue alcalde de Vitoria- es una plataforma clave para explicar y defender una política. Pero cuando se inicia un año electoral decisivo se hace a Alfonso Alonso ministro de Sanidad –un cargo con menor proyección dado que las competencias de Sanidad residen en las CC.AA- y se nombra portavoz a Rafael Hernando, parlamentario del ala más “derechona” y poco respetuosa del partido, especialista en broncas parlamentarias y que ya se ha hecho notar con varias “perlas”.

Es difícil que sólo la buena coyuntura genere seguridad económica en un Gobierno que no ha sabido dialogar y que ha cometido torpezas

La economía se está recuperando, el PIB crecerá cerca del 3% y se está creando empleo, aunque temporal y de salarios recortados. Pero el elector no premia la mejora coyuntural de un momento sino la seguridad económica a medio plazo. Y un Gobierno que muestra poco talante negociador y que comete muchas torpezas es difícil que, en solo un año y tras una larga crisis, genere seguridad.    

En la política española no hay tanto un “milagro Rivera” –que también en parte– sino una extraña “carencia Rajoy” al abordar los conflictos políticos. Un conocido empresario dictaminaba hace poco: “En economía lo ha hecho de cine pero no ha sabido ni dialogar con el país ni, por otra parte, satisfacer y mantener vivo al partido”.

Quedan todavía meses para las elecciones. Los datos económicos serán buenos y Rajoy podría saber inflexionar (tarde y a destiempo ha hecho gestos respecto a Artur Mas), pero para ello tendría que vencer aquella ley política que dice que cuando, por cualquier causa, a un partido se le empiezan a poner mal las cartas, lo más seguro es que los intentos valerosos pero improvisados de enderezar la mala racha sólo logren empeorarlo todo.

¿Es lo que le ha pasado a Mariano Rajoy con –pongámoslo como ejemplo– el expediente fiscal de Rodrigo Rato?

Confidencias Catalanas
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