¿Camina Artur Mas hacia su Waterloo?

Tras el 9-N, el ‘president’ parece no acertar en sus iniciativas

Foto: El presidente de la Generalitat, Artur Mas. (EFE)
El presidente de la Generalitat, Artur Mas. (EFE)

Tras el 9 de noviembre, escribí que Artur Mas había ganado una batalla. Había logrado llevar a cabo, gracias al concurso de 40.000 voluntarios, con orden ejemplar y 2,3 millones de votantes, algo similar a una consulta. Y el Gobierno español había quedado en ridículo. Hasta tal punto que no se le ocurrió otra cosa que presionar a la fiscalía para que presentara una querella contra Artur Mas, la vicepresidenta Joana Ortega y la consellera Irene Rigau –jurídicamente posible, pero políticamente estúpida– que tras ser admitida duerme el sueño de los justos –para el bien de todos– en alguna dependencia del Palacio de Justicia de Barcelona.

No es que las cosas hayan cambiado mucho, porque el Gobierno Rajoy sigue sin hacer ningún gesto –salvo la paralización fáctica de la querella y el viaje conjunto de los dos presidentes tras la catástrofe de Germanwings– que dé alguna pista seria de que desea recomponer la situación. Pero sí han cambiado dos cosas. La primera es que el suflé independentista ha bajado, como demuestra que en la última encuesta del CEO de la Generalitat (13 de marzo) los agnósticos al independentismo van doce puntos por delante de los “creyentes” (54,4% contra 42,4%), cuando en la encuesta anterior de octubre del 2014 (justo antes del 9-N) ganaban los independentistas por 49,1% a 48,5%.

El segundo cambio es la aparente pérdida de pericia política de Artur Mas. Hasta ahora Mas, sin duda el político catalán con más empuje de los últimos años, había conseguido superar con voluntad, esfuerzo y capacidad de comunicación, contratiempos muy fuertes –fruto de su apuesta por la ruptura constitucional– como el retroceso electoral tras las elecciones anticipadas del 2012 y el empecinamiento en la convocatoria de una consulta legal sobre la independencia el 9-N, que tenía que saber que era imposible.  

La novedad es que tras su ‘triunfo’ del 9-N (logró una notable performance, obligó al resto del independentismo a seguirle y humilló a Rajoy) no da pie con bola. ¿Se ha iniciado al fin la decadencia que sus enemigos han proclamado inminente –sin éxito– en tantas ocasiones? Quizás sí.

Querer imponer al astuto Oriol Junqueras la lista única sin previo pacto fue un error descomunal

El primer error fue la magna conferencia, con gran pompa y ceremonia (casi como si fuera el discurso de la Unión de un presidente americano) del 25 de noviembre. Allí propuso una hoja de ruta basada en una lista única independentista, liderada por él (aunque coquetamente dijo que podía ser el primero o el último) y que implicaba la suspensión parcial de la soberanía de los partidos firmantes durante dos años, hasta alcanzar la independencia.

Era una hoja de ruta rupturista y por lo tanto muy arriesgada, pero lo totalmente absurdo fue hacer pública la propuesta sin el visto bueno del líder de ERC. La lista conjunta exigía la negociación y el acuerdo previo con Junqueras porque ERC es otro partido, con una orientación política distinta y sin los pecados ‘pujolistas’ de CDC. Querer dar a Junqueras la orden de unidad y disciplina en público fue una gran temeridad porque el líder de ERC –que viste como un ‘mossen’ progresista y excursionista– es un político astuto y ambicioso. Y creer que la presión de la presidente de la ANC, Carme Forcadell, y de la de Òmnium, Muriel Casals, forzarían la mano de Junqueras fue caer en algo similar a lo que Lenin calificó como “enfermedad infantil del comunismo”. Un error monumental.

Entonces, al no aprovechar el 9-N –el momento de máxima exaltación soberanista–, Mas cometió una doble equivocación. La primera, querer forzar a Junqueras. La segunda, no atreverse a llevar esa apuesta hasta las últimas consecuencias y no convocar elecciones –con la rapidez del rayo– cuando todavía aparecía como triunfador. Claro que esta falta de atrevimiento se entiende por el sopapo del 2012, cuando anticipó elecciones para tener mayoría absoluta y perdió 12 diputados.

El segundo error de Mas fue la posterior falta de iniciativa, la incapacidad de mover el timón. Y de la parálisis sólo salió cuando la encuesta del CEO del 13 de marzo constató que CiU podía bajar de 50 a 32 diputados y que CiU y ERC juntas no alcanzarían los 68 diputados que forman la mayoría absoluta (ahora tienen 71). Entonces escuchó a los ‘creyentes’ que le advertían que el independentismo se estaba viniendo abajo por el pecado de la desunión y que había que rehacer la Santa Unidad con un gran acto litúrgico. De ahí vino la foto del Palau de la Generalitat –algo movida– con Artur Mas y Oriol Junqueras en primer plano, flanqueados de Carme Forcadell y Muriel Casals, que actuaban como testigos del matrimonio reconstituido.

Al renunciar a su capacidad de agotar la legislatura, Mas ha quedado prisionero de ERC, la ANC y Òmnium y ha perdido autoridad

Se recuperó algo la liturgia unitaria, pero Mas pagó con dos cesiones. La primera, acabar con la exigencia de la lista conjunta. Inevitable y que puede ser un gran mito, ya que algunas encuestas indican que una lista CiU-ERC tendría peor resultado que ambas por separado. Segunda, y mucho más relevante, la renuncia del president a convocar las elecciones cuando crea conveniente y el compromiso de realizarlas el 27 de septiembre. Mas abdicaba así de uno de los poderes que conservaba. La falta de reflejos se hizo patente y fotografiada.

Y la recuperación de la fachada de unidad a cambio de que el president quedara prisionero de una fecha electoral sólo consiguió debilitar más su autoridad moral para dirigir ‘el procés’ y no ha dado ningún dividendo. El suflé sigue como estaba.  

Y ahora Artur Mas está cometiendo su tercer error: la duda y el empantanamiento. Duda de que el 27-S con una hoja de ruta independentista fuerte le interese. Sin lista única, ERC siempre gritará más mientras disfruta de la solvencia que le brinda un pacto con el partido que gobierna. Constata que las encuestas no mejoran para CiU, que sigue con poco más de 30 diputados mientras suben Albert Rivera y el Podemos de Pablo Iglesias.

En su entorno hay discusiones para decidir cuál de los dos es el nuevo Alejandro Lerroux. Teme que esa hoja de ruta conlleve el divorcio con Unió, o como mínimo con Durán i Lleida y los suyos, que pueden querer erigirse en la CiU de siempre, la pragmática del ara convé (ahora conviene). No es el mejor momento para el catalanismo pragmático, pero todo lo que resta, resta. Finalmente sabe que si aguanta hasta después de las elecciones españolas se encontrará con un marco político español menos cerrado. Quizás no mejor dispuesto, pero sí más débil. Un Rajoy sin mayoría absoluta, otro líder del PP, un Pedro Sánchez con pactos difíciles…o un gobierno ‘de izquierdas’ (con Podemos dentro o fuera) totalmente inestable. Y a río revuelto…

Algunos dirigentes de CDC le dicen que en el 2016 encontrará un Gobierno de España más débil y ahora duda del 27-S

Por todo ello Mas duda de que las elecciones del 27-S sean la buena opción. Pero se siente atrapado, y agosto –cuando tendría que convocar– está a la vuelta de la esquina. Sólo puede inflexionar –y no le sería fácil– poco después de las municipales, en junio. Por eso, por si las moscas, está sembrando algunas dudas. Quiere abrir un quicio de la ventana.  

Un día (el viernes 17) dice en la televisión de Girona de El Punt que para que se vote el 27-S ERC debe ser consecuente en el Parlament. Al parecer estaba rebotado por un voto de los republicanos sobre la tasa turística y por la oposición al consorcio hospitalario de Lleida. Es difícil ver la relación entre el voto de ERC sobre la tasa turística o la gestión de los hospitales del conseller Boi Ruiz y la marcha hacia la independencia, máxime cuando Junqueras argumenta que se ha ofrecido para entrar en el Govern y que Mas no lo ha querido.

Al día siguiente –tras la mala recepción de algunos comentaristas soberanistas– asegura para bajar la tensión que se le ha malinterpretado. Pero anteayer, el lunes 27, volvió a juguetear con la fecha y le dijo a Josep Cuní en TV8 (un programa influyente de la televisión de La Vanguardia) que las elecciones del 27-S se deberían reconsiderar si Rajoy (hipótesis poco probable) convocara también para ese día las españolas.

La independencia de Cataluña es un programa maximalista, demasiado ambicioso o simplemente quimérico (a gusto del lector) y Artur Mas –pese a su stajanovismo– está atrapado y ha quemado en el empeño más de la mitad de sus naves.  

Querer que Cataluña sea el vigesimonoveno Estado de la UE seguramente es picar demasiado alto y además Artur Mas se lo ha fijado creyendo –como Felipe II– que tenía una armada, si no invencible, sí superior a la real. Cuando exige a Rajoy un referéndum como el británico, equipara a CiU con el Scottish National Party. Las fantasías son libres, pero olvida que el SNP ganó unas elecciones con mayoría absoluta y con un programa en el que llevaba tanto la independencia como la celebración de un referéndum. La CiU de Mas nunca ha tenido mayoría absoluta y nunca se ha presentado a elecciones como independentista. Sin olvidar que no ha logrado convencer de las bondades de la ruptura con España ni a Duran i Lleida, su socio de toda la vida.

Y claro, Rajoy no lo mira igual que Cameron a Alex Salmond. Lo que no quiere decir que Rajoy sepa observar el maremoto confuso que agita a Cataluña.

Confidencias Catalanas
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