Artur Mas confiesa su impotencia

El president de la Generalitat admite ahora que si celebrar las elecciones en septiembre puede ser un problema, el no hacerlo sería peor. Pese a la pérdida de votos, CiU sigue siendo la primera fuerza

Foto: El presidente de la Generalitat, Artur Mas. (EFE)
El presidente de la Generalitat, Artur Mas. (EFE)

“Mantener las elecciones el 27-S, tal como prometí, puede ser un problema, pero no hacerlas sería un problema todavía más grave”. Así se expresó Artur Mas el lunes ante el máximo órgano directivo de la federación CiU. Y los que han hablado con él después del domingo aseguran que el president sigue decidido a celebrarlas. Parece creer que mantener su palabra puede ser un plus ante el 27-S. O al menos ante Dios y ante la historia.

Decir que cumplir la palabra y hacer elecciones es un problema pero que no cumplirla y agotar la legislatura sería otro mayor no es otra cosa que una confesión de impotencia, pero tiene su razón. A estas alturas de la película, la no convocatoria implicaría quedarse sin el apoyo parlamentario de ERC y totalmente a la intemperie, porque ningún otro grupo político se prestaría a ayudarle. Además, su imagen ante los ‘creyentes’, a los que se les ha predicado la fe en las elecciones plebiscitarias del 27-F, sería la de un renegado. Y al ciudadano normal tampoco le gusta que se juegue con las fechas electorales en función de los intereses cambiantes de los políticos.

Pero –al contrario de lo que cree (o dice) el president– convocarlas puede ser todavía peor. Para CiU, para CDC e incluso para el independentismo. Es cierto que sumando CiU, ERC y las CUP (macedonia ideológica y políticamente poco viable) llegaron el domingo al 45%, que no es ni mayoría ni mayoría aplastante pero sí un porcentaje muy respetable. Es más que en las municipales del 2011 –antes del gran despertar de la manifestación independentista del 11 de setiembre del 2012–, pero menos que en las elecciones europeas del 2014. Además, el incremento se produce gracias a ERC (siete puntos más, hasta el 16% del electorado) y las “asamblearias” CUP (cinco puntos más, hasta el 7,1%). Pero estos doce puntos al alza se ven recortados por el descenso de seis de CiU, que con una pérdida de 112.000 votos retrocede al 21,5%.

El 'president' admite ante CiU que el 27-S es un problema pero que la alternativa es peor

Un proceso tan extraordinario y poco habitual como romper un Estado de la UE en pleno siglo XXI parece todavía más difícil sin un partido dominante (como el SNP escocés, que no lo ha logrado) y sin un liderazgo  indiscutible. Y Artur Mas no lo ha conseguido al no poder imponer –tras su momento de gloria del 9-N– la lista única con la ERC de Junqueras, que planteó casi como un decreto de unificación en una conferencia pública.

Liderar la independencia con sólo algo más de la mitad de los votos independentistas, con unas relaciones personales muy deterioradas con el líder de ERC (el segundo partido) y con unas posiciones políticas radicalmente enfrentadas al tercero (la CUP) es quizás una tarea más propia de héroes de la Grecia clásica que de políticos mediterráneos actuales.

Además, los resultados de CiU son correctos porque sigue siendo la primera fuerza (en la realidad y no en encuestas, como ayer Mas insistió en Catalunya Ràdio) pero nada triunfales. CiU ha sacado ahora 666.000 votos, cuando había logrado superar el millón. Y no sólo no ha podido conservar Barcelona –una derrota simbólica importante–, que ha perdido por la mínima frente a la plataforma de Podemos-ICV y diversos indignados, sino que sus resultados en el territorio no son buenos. Girona aparte, las ciudades más importantes en las que ha ganado son Reus y Sant Cugat del Vallés, mientras que en las otras dos capitales el PSC –pese a que baja– conserva la primera posición. Y en Tarragona Ciudadanos le arrebata el estatus de segunda fuerza.

Pero donde se produce algo parecido a una hecatombe es en el área metropolitana de Barcelona. Ahí CiU ha quedado completamente marginalizada. Es la séptima fuerza en L´Hospitalet, la segunda ciudad catalana, donde saca un concejal frente a los 11 de la alcaldesa socialista Núria Marín y donde Ciutadans se convierte en la segunda formación por número de votos. Es la quinta fuerza en Badalona (la tercera ciudad catalana), donde tiene dos concejales y donde el alcalde será el popular García Albiol (diez ediles sobre 27) salvo que el PSC (4 concejales) apoye a Dolors Sabater, la primera de una lista (5 ediles) de una plataforma apoyada por la CUP. Y se queda sin ningún concejal en ciudades tan emblemáticas del cinturón barcelonés como Cornellà o Santa Coloma de Gramanet.

El análisis de los resultados confirma que CiU ha quedado muy marginada en las ciudades del área metropolitana de Barcelona 

Por otra parte, que Ciutadans, que hasta ahora apenas tenía presencia municipal, haya sacado de la noche a la mañana 230.000 votos, la tercera parte que CiU y casi la mitad que ERC o el PSC representa la eclosión pública de un sentimiento –hasta ahora bastante silencioso y algo subterráneo– de fuerte reticencia e incluso oposición al independentismo.

Con un partido que tras la confesión de Jordi Pujol no vive su mejor momento, que acaba de perder 100.000 votos y la ciudad de Barcelona, que ha quedado marginalizado en el área metropolitana y que se enfrenta al mismo tiempo a un ascenso fuerte y repentino de Ciutadans, embarcarse en unas elecciones plebiscitarias para la  independencia el próximo setiembre… no es exactamente lo que haría un político normal.

Un conocido empresario vasco me dice que Artur Mas sufre el síndrome Ibarretxe, que se empeñó en alterar unilateralmente –sin negociarlo en Madrid– un paso largo de Euskadi hacia la independencia. Recuerda que Ibarretxe había resistido bien el ataque de Mayor Oreja con Aznar (y Nicolás Redondo Terreros apoyando detrás desde el PSE) pero que luego –cuando se le subió el éxito a la cabeza– acabó perdiendo la lendakaritza ante Patxi López.

Euskadi no es Cataluña, pero la línea moderada de Urukullu está siendo electoralmente más rentable que el independentismo catalán

En cambio, Iñigo Urkullu, más humilde que Ibarretxe y con menos peso y fuerza parlamentaria que Mas, ha sabido jugar bien el actual estatus vasco, ha aplicado una política sensata basada en no fantasear y en que dos y dos son cuatro y nunca cinco, y ha sido el único partido tradicional que ha subido votos en estas elecciones. Ha ganado bien en Bilbao –pese al fallecimiento del mítico alcalde Iñaki Azcuna–, ha reconquistado veinte años después la alcaldía de San Sebastián e incluso parece que desplazará al PSOE de su plaza fuerte de Barakaldo.  

Mi interlocutor añade que además –salvo en lo de los presos– no ha tenido demasiados problemas con Rajoy. Concluye que la línea Urkullu es más rentable que la de Mas. Claro que –reconoce– la autonomía vasca, en especial en el campo financiero, tenía mucho más margen de maniobra que la catalana, y que la situación de las finanzas públicas condiciona mucho.

¿Qué habría pasado pues si Rajoy (y Montoro) hubieran tenido una actitud menos cerrada –no digo de asentimiento, sino más flexible– ante las demandas catalanas? No es una pregunta sólo de pasado, porque el 45% del domingo es mucho 45% y porque –lo ha dicho Jorge Fernández Díaz, ministro del Interior– la victoria de Ada Colau en Barcelona es otro foco de inestabilidad. ¿Le interesan al gobierno del PP dos focos de inestabilidad en Cataluña?  

Confidencias Catalanas
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