¿Es España la empresa que nos une a todos?

Rajoy y Mas no han estado a la altura y hoy es posible un brutal choque de trenes

Foto: El presidente de la Generalitat, Artur Mas y el presidente del Gobierno, Mariano Rajoy. (EFE)
El presidente de la Generalitat, Artur Mas y el presidente del Gobierno, Mariano Rajoy. (EFE)

El lunes en Bilbao lucía el sol y el clima era suave. En el magnífico edificio de la Universidad de Deusto, junto a la ría, el rey Felipe VI entregaba el segundo premio “Reino de España”, instituido por el Círculo de Empresarios de Madrid, el de Economía de Barcelona y el de Empresarios Vascos. La entrega del primer premio fue uno de los últimos actos que presidió el rey Juan Carlos. Y en el año transcurrido la institución se ha fortalecido.

Me explica Petra Mateos, que fue directora del gabinete de Miguel Boyer y es directiva del Círculo de Empresarios, que el ambiente del acto estaba en correspondencia con el clima exterior. El Rey entregaba en Euskadi el premio dado por los empresarios de las tres capitales económicas españolas a Josep Ferrer Sala, presidente honorífico de Freixenet, y el empresario que, junto a su sobrino y actual presidente de la firma, Josep Lluís Bonet, lanzó a la entonces mediana empresa vinícola del Penedès a la conquista de Europa y del mundo. A la exportación de un producto –el cava– que en España ya ganaba en consumo al champagne. La “laudatio” de Marcelino Oreja fue excelente, el Rey resaltó su satisfacción por entregar el premio a Josep Ferrer (ya estuvo en los actos del centenario de Freixenet hace unos meses en San Sadurní D´Anoia) y pronunció la frase que han recogido los diarios: “España es la gran empresa que a todos nos une”. Y para remachar la armonía, el presidente Urkullu afirmó: “Un Estado también debe ser una empresa común que reconozca su diversidad como una riqueza y establezca un sistema de relaciones desde el reconocimiento y el respeto mutuo”. Y siguió (¿quién se acuerda de Arzalluz?): “Nadie tiene la verdad absoluta y la clave es compartir la decisión de negociar, la voluntad de pactar y la garantía de cumplir”.

No llovía en Bilbao, ETA ha desaparecido, España vuelve a crecer por encima del 3%, ha habido una exitosa sucesión en la Corona y el lendakari Urkullu predica “negociar, pactar y cumplir”. ¿Se podía pedir más? Algún asistente pensó que la España optimista, plural, amiga del diálogo e impulsora de sus empresas exportadoras había renacido junto a la ría de Bilbao, una ría que el Guggenheim ha convertido en símbolo de una Euskadi próspera.

Urkullu dijo ante el Rey que la clave es saber que nadie tiene la verdad absoluta ¡Curioso que pueda dar lecciones al PP y a CDC que tanto pactaron!

Pero el Deusto del lunes no es la realidad española. Mejor dicho, no refleja todo lo que pasa. La pasada semana un serio y circunspecto Felipe VI había recibido al president Mas, que le debió explicar que Cataluña iba hacia unas elecciones plebiscitarias para conseguir la independencia. No había otra solución porque –como me dice el conseller Mas-Collell en una entrevista a la revista Consejeros– “la derecha ha roto el pacto de la transición”. Euskadi, con su marco diferencial, está satisfecho y quiere “negociar, pactar y cumplir” pero las fuerzas dominantes en el parlamento catalán –con mayoría absoluta– están planteando la desconexión con España como el único horizonte ilusionante. Mientras Mas le debió hablar al Rey de que Cataluña quería ser libre y plena “sin acritud”, los independentistas ven en el próximo 27-S una fecha similar a aquella en la que en 1947 la ONU votó a favor de la partición de Palestina y nació el estado de Israel.

¿Qué ha pasado? ¿Qué hemos hecho para merecer esto? "¿Cuándo se jodió lo nuestro?”, como se pregunta en un reciente libro el periodista catalán –nada nacionalista– Arturo San Agustín.

Una historia reciente

Cinco instantáneas lo resumen:

Primera, 2003. El tripartito con Pasqual Maragall, el alcalde olímpico al frente, gana las elecciones y forma gobierno con la promesa de reformar el Estatut. Gran ilusión en el mundo de la izquierda catalana que quiere dejar claro que socialistas (PSC), republicanos (ERC) y ecosocialistas (ICV) exigen más autogobierno que Jordi Pujol, que había mandado sólo durante 23 años erigiéndose en algo así como el general De Gaulle de Cataluña. Entonces CiU, dirigida ya por Artur Mas, que aspiraba a recuperar la Generalitat, apoya la reforma del Estatut. Pero quiere romper el tripartito (separar a ERC del PSC) y exige más. Mucho más. Sale un Estatut de máximos y Zapatero (asustado) y Mas (calculador) pactan un recorte. En este proceso las fuerzas catalanas negocian competitivamente –para apuntarse cada una el tanto– el nuevo Estatut. Y el pacto final Zapatero-Mas deja fuera a ERC. Intencionadamente.

Segunda instantánea, 2005-2010. El PP ve en el Estatut el primer motivo serio para atacar a Zapatero, que, contra pronóstico, les ha ganado las elecciones del 2004 (con la inestimable ayuda de Aznar, que creyó que ocultando la autoría del atentado del 11-M se garantizaba la victoria). Rajoy, que no puede volver a perder, se lanza a fondo –con un equipo jurídico capitaneado por Federico Trillo– contra el Estatut y logra –nada menos que cuatro años después de que Cataluña lo haya aprobado en referéndum– una sentencia de un Tribunal Constitucional desacreditado (por la lucha interna y porque muchos magistrados han sobrepasado los años de mandato por el desacuerdo PP-PSOE) que le da sólo una parte de razón. Pero –ni Zapatero ni Carme Chacón lo supieron oler– en aquella Cataluña sacudida por la crisis y por la cruzada de Mas contra el tripartito la sentencia se vivió como un insulto. Tuvo lugar la primera gran manifestación masiva (llevamos cuatro) con el lema “Nosaltres decidim” (Nosotros decidimos). Un grupo de manifestantes increpa al president Montilla, que participa en la protesta y Artur Mas proclama que la vía estatutaria está muerta.

El gran desencuentro viene del 2011, cuando Mas, que necesita al PP porque no tiene mayoría, pide “demasiado“ y Rajoy dice que no a todo

Tercera instantánea, 2010-2012. Cuando Rajoy gana en el 2011, Artur Mas, president desde finales del 2010, espera entenderse con el PP. De hecho el entonces presidente business friendly elimina el impuesto de sucesiones y gobierna todo el 2011 y parte del 2012 gracias a los votos de Alicia Sánchez-Camacho. Pero Mas no tiene mayoría absoluta (necesita al PP), quiere “demasiado” (algo similar y a plazos al pacto fiscal de los vascos) y Rajoy no precisa de CiU (al revés que Aznar en el 96) porque tiene esa mayoría y no quiere ceder nada. No necesita un Majestic-2 (el nombre del hotel en el que se negoció el pacto con Pujol que brindó la mayoría de Aznar en su primera legislatura).

Mas convoca elecciones –con medio uniforme independentista (el derecho a decidir)– y pierde 12 diputados que van a ERC, la gran capitalizadora entonces de “la desconexión moral con España” de parte de Cataluña, que se pone de relieve en la gran manifestación del 11-S del 2012. Mas incrementa su apuesta independentista, entierra el pacto con el PPC, desprecia al PSC (no son gente de fiar porque con Maragall le arrebataron la Generalitat en el 2003 y tuvo que aguantar, hasta el 2010, siete años a la intemperie) y pacta con ERC una consulta-referéndum en el 2014 que no sabe (o no quiere saber) que, al menos con Rajoy en la Moncloa, es imposible.

Cuarta instantánea, 2014. Las relaciones entre los dos gobiernos –con Montoro y la crisis fiscal de Cataluña por en medio– se degradan a una velocidad inimaginable. Mas convoca la consulta, el Tribunal Constitucional la suspende, Mas realiza –burlando al gobierno de Madrid que la prohíbe pero la tolera– una pseudoconsulta que se desarrolla de forma ejemplar y en la que 1,8 millones de catalanes –el 36% aproximadamente de los que tienen derecho a voto– se expresa a favor de la independencia.

Quinta instantánea, 2015. El independentismo se pelea desde noviembre hasta junio por la rivalidad Mas-Jonqueras. El apoyo social permanece alto pero disminuye. De repente, Mas –que sabe manejar la ANC y Òmnium, dos movimientos de clases medias– logra rehacer la unidad del independentismo y convoca elecciones plebiscitarias el 27-S con una lista unitaria (en la que él va de cuarto, la encabeza un exdiputado europeo de ICV, y la cierra el ídolo barcelonista Pep Guardiola). De repente, un Madrid que daba a Mas por amortizado se pone a temblar y vuelve a esgrimir como argumento único el imperio de la ley y el Estado de derecho. Bueno, el ministro del Interior añade algo sobre los motivos “crematísticos” de Guardiola.

Dos hombres que no han estado a la altura

En el actual conflicto –que no nace ahora pues ya Ortega y Gasset decía en 1932 que la única solución era la “conllevancia”– ha habido dos políticos –Mas y Rajoy– de apariencia moderada y algo tecnocrática –a primera vista menos visionarios que Pujol y Aznar– que no han estado a la altura requerida. Han pecado de irresponsables porque han tenido escasa o nula voluntad de pacto.

Artur Mas porque ir hacia la independencia es –suponiendo que triunfe, que es mucho suponer– desencadenar una grave crisis entre España y Cataluña de graves consecuencias políticas y económicas. Algo que la Unión Europea –que suficientes problemas tiene con Grecia, Ucrania, los refugiados y el terrorismo islámico– no puede ver con buenos ojos. Desestabilizar España, la cuarta economía del euro, no es un juego banal. Hasta cierto momento –que puede tardar y comportar mucho sufrimiento– el instinto lógico de los Estados es protegerse mutuamente. Francia es un país centralista que aún vigila Perpignan. Italia convive con una Padania rica que ya se proclamó independiente hace años (sin ninguna consecuencia por ahora). A Alemania le preocupa la Europa del sur y lo último que quiere es que la economía española (tan perjudicada ante los mercados sin Cataluña como la catalana sin España) origine un nuevo problema del euro.

Aznar, con sus tics autoritarios, mostró más decisión que Rajoy a la hora de levantar complicidades en la sociedad civil catalana

Rajoy no ha negociado el referéndum ni nada, pero las mayorías absolutas también ocurren en las democracias. No acostumbran a durar más de una legislatura y hasta hace poco CDC decía que tan legítimo era pactar con el PP como con el PSOE. Ahora dicen que no se puede pactar con ninguno de los dos. No, la CiU que por responsabilidad y patriotismo económico votó si a las medidas de ajuste de Zapatero en el 2010 que evitaron el rescate -contra el criterio de Montoro al que, según testimonio de una diputada canaria, no preocupaba que España se hundiera porque ya llegarían ellos y lo arreglarían- se parece muy poco a la lista unitaria independentista que Mas promueve ahora. ¿Ha cambiado Cataluña tanto como Artur Mas, que de candidato contra el tripartito de la derecha (catalana y española) ha pasado a ser el arquitecto parcial de una lista independentista encabezada por un eurodiputado de ICV? No me lo acabo de creer pero es posible. ¿Probable?

Aznar buscó más complicidades

Pero la frivolidad de Mas –la falta de sentido de Estado que si tuvo CiU tantas veces, la última en el 2010 para salvar a España del rescate– no es mayor que la de Rajoy. Es muy posible que ningún jefe de gobierno de España pueda permitir un referéndum de autodeterminación en Cataluña. Cameron es británico, no español, y sólo lo toleró cuando el SNP tuvo mayoría absoluta con un programa independentista en el que exigía un referéndum, cosa que en Cataluña todavía no ha sucedido nunca. Todavía.

Pero no ceder a Mas en el referéndum no impedía acordar cosas. Al contrario –para no perder imagen ante los catalanes– debía intentar llegar a algún acuerdo. Y en cuatro años podía haber alcanzado o peleado por alguno. La sociedad civil –no la ANC y Òmnium pero sí Foment, el Círculo de Economía, Pimec, la UGT, Comisiones Obreras, el Círculo Ecuestre, los empresarios del Liceu y el Palau (los que no están acusados como Millet de complicidad en la financiación de CiU), toda estaba deseosa de apoyar cualquier gesto de distensión. Porque mayoritariamente no son independentistas. En el Barça, el club de largo más numeroso, la candidatura radical de Laporta (apoyada por la ANC) perdió el domingo por goleada ante el tradicional “seny” catalán –ni antiindependentista ni españolista- de Bartomeu. Y también por interés. Nadie razonable quiere un conflicto que no se sabe cómo puede acabar y que divide a las familias y a la sociedad. Pero Rajoy no ha dado ningún paso para pactar con Mas. Peor todavía, no ha hecho nada para aparecer ante Cataluña como el gobernante de Madrid que quería pactar y no ha podido hacerlo porque Mas ponía la condición previa del referéndum. ¿Es lógico que cuando Cataluña es el 18% del PIB español y el Estatut establecía –constitucional o inconstitucionalmente es otra cuestión– que durante cinco años la inversión del Estado central debía representar un porcentaje similar, la del 2014 y 2015 –dos años turbulentos haya sido sólo del 9%? Desde luego no indica voluntad de negociar. ¿Es voluntad de irritar o es estulticia pura y dura?

Aznar no era catalanista y tenía “tics” autoritarios (doy fe) pero cuando ganó sin mayoría absoluta en el 96 hizo dos cosas razonables. La primera pactar con Pujol en el Majestic y ceder varias competencias, entre ellas la policía autonómica. Amor con amor se paga. Pero hecho este pacto, que le garantizaba la estabilidad parlamentaria, hizo otros gestos para establecer directamente –ni a través de Pujol ni del PPC- alguna complicidad con la sociedad civil catalana. Uno, no muy relevante, fue hacer, aprovechando visitas a Barcelona, alguna cena de intelectuales que le montaba el arquitecto Oscar Tusquets, quintaesencia de la “gauche caviar” catalana. Más importante fue hacer ministros a Josep Piqué y Ana Birules, que no eran del PP sino jóvenes y ambiciosas promesas de la sociedad civil que habían formado parte –como independientes- del equipo de Macià Alavedra en la Generalitat. Incluso hizo que Josep Piqué –y algunos de los empresarios a los que gusta la cercanía del poder- creyeran que podía ser el sucesor.

Por el contrario es triste constatar que Rajoy –un hombre mas relajado y dialogante- cuando pisa Barcelona (poco porque es territorio comanche) se refugia en la sede del PP en la calle Urgell (o en restaurantes próximos) y que no ha creído conveniente contar con algún ministro que encarne el mundo económico catalán. Incluso Franco inventó aquello de “ministro sin cartera” para Pedro Gual Villalbi. Sí, Jorge Fernández es un ministro catalán pero por ser del partido y próximo a Rajoy.

Rajoy y Mas han conducido al nacionalismo español y al nacionalismo catalán a un escenario de riesgo en el que el choque frontal de trenes no es ya algo indeseable que eventualmente se puede producir (como en el otoño del 2014) sino una posibilidad a la que nos podemos ver abocadas por la fuerza de la gravedad de las políticas del “tot o res”, del todo o nada. Como advertía Urkullu ante el Rey, de creer que se tiene toda la razón.

La “lista unitaria” va a tener mucho “glamour” pero no es lo que los catalanes quieren. En la última encuesta de La Vanguardia (el domingo 12) un 38% de los encuestados decía que la única solución al conflicto era la independencia pero otro 38% (con algún decimal mas) creía que la mejor salida era una reforma de la Constitución. Exactamente lo mismo que dicen Miquel Iceta y Pedro Sánchez, que ayer lo repitió en Barcelona. Y todavía había otro 18% que afirmaba que todo se podría arreglar con una interpretación más flexible de la Constitución.

Artur Mas ha ido demasiado lejos y Rajoy no sólo ha pecado de inmovilismo sino que no ha trabajado Cataluña, que es algo más complejo de lo que deben pensar Jorge Fernández, Jorge Moragas, Alicia Sánchez Camacho y el invento-revelación de Andrea Levy.

Ahora el brutal choque de trenes (del que puede salir la gloria pero también la desgracia) sólo puede ser evitado si el 27-S las listas de Miquel Iceta (PSC), Ramón Espadaler (Unio), Herrera-Camats (o quien Podemos quiera poner) e Inés Arrimadas (Ciutadans) demuestran que Cataluña es una sociedad plural y diversa. Aunque Artur Mas les defina a todos como “cómplices objetivos de Rajoy”.

Pido disculpas por la extensión de este artículo. No volverá a pasar. 

Confidencias Catalanas
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