Cataluña pendiente de las elecciones españolas

Según todas las encuestas el independentismo, que se presenta dividido, perderá en Cataluña las elecciones generales del próximo 20 de diciembre

Foto: El líder de Podemos, Pablo Iglesias, sentado en el hemiciclo del Congreso de los Diputados. (EFE)
El líder de Podemos, Pablo Iglesias, sentado en el hemiciclo del Congreso de los Diputados. (EFE)

Las negociaciones entre JpS y la CUP para permitir la investidura de Artur Mas prosiguen con su confusión habitual. La última propuesta –admitida por ambas partes como positiva- es la del exdiputado de las CUP, David Fernández, que aboga por un pacto de ambos grupos parlamentarios para un plan de choque social (que no se sabe cómo se financiaría) y que, como contrapartida, la formación anticapitalista preste dos votos a Artur Mas para la muy espinosa investidura. Pero ya de entrada ha habido un serio obstáculo, pues un diputado de la CUP ha dado por hecho que las negociaciones para ese plan de choque se grabarían y serían custodiadas por la presidenta del Parlament, Carme Forcadell –cada vez mas desdibujada en su papel- mientras que JpS habla solo de levantar acta de las negociaciones.

No se sabe lo que va a pasar los próximos días, excepto que ni Artur Mas ni la CUP tienen ningún interés en romper las extrañas y rocambolescas negociaciones, pero el escepticismo es total sobre la posibilidad de un acuerdo antes de las legislativas del próximo 20 de diciembre. La CUP –que gracias a la negociación está adquiriendo gran protagonismo en los medios de comunicación- no tienen ninguna urgencia por llegar a un acuerdo anterior a la fecha límite del 9 de enero, día en el que el Parlamento catalán quedaría disuelto automáticamente y se abriría el proceso a unas nuevas elecciones en marzo. Y Artur Mas parece resignado a aguantar hasta el final. No hace caso de los políticos convergentes y exconvergentes –Miquel Roca fue ayer el último en su artículo semanal en 'La Vanguardia'- que le aconsejan cortar la negociación con la CUP e ir directamente a nuevas elecciones, o iniciar una difícil rectificación política. Pero lo cierto es que cualquiera de estas dos vías es muy complicada. 

Unas nuevas elecciones en marzo son una gran incógnita, y una rectificación política que implicara una suavización del programa independentista para buscar nuevos aliados comportaría la ruptura automática de JpS. Mas se quedaría con los 30 diputados convergentes, ERC con sus 21 y los otros 11 independientes se repartirían entre los dos. Con 30 diputados, o en el mejor de los casos 37, Mas tampoco encontraría aliados para ser investido. En lo que sus amigos describen como la gran desgracia de la diabólica aritmética parlamentaria surgida del 27-S, mejor seguir negociando (o mareando la perdiz) con las CUP y esperar a ver lo que pasa tras el 20-D. Cada día parece más claro que las elecciones anticipadas por segunda vez y el 27-S no han sido ninguna victoria de Mas, sino su condena a quedar prisionero tanto de las CUP como de su intransigencia.

Hay todavía muchos indecisos, pero hasta un 45% declara su voluntad de votar a fuerzas que no llevan la independencia en su programa

Y lo que suceda tras el 20-D va a depender mucho del resultado electoral tanto en España como en Catalunya. No sería lo mismo una victoria en España de Pedro Sánchez, que reanimaría las expectativas (quizás incluso dentro de CDC) de una tercera vía, que la del PP, que seguramente conllevaría una fijación todavía mayor del bloque independentista en su dogmatismo del 'tot o res' (todo o nada). O sea, que solo se puede negociar la independencia porque el no de España a un mayor autogobierno catalán (la lectura que muchos catalanes hacen de la sentencia del Constitucional) es permanente e inalterable.

Pero quizás más relevante que los resultados españoles sean los catalanes. Una victoria independentista el 20-D daría nuevos bríos a Artur Mas y conllevaría una gran presión sobre las CUP para investirle. Pero también la derrota del independentismo podría inclinar a la CUP a la investidura para salvar los muebles, ya que una nueva convocatoria electoral se presentaría entonces bajo muy malos augurios.

Pero lo que parece evidente es que –si la victoria del PP o incluso de una alianza PP-Ciudadanos en España no le da más tarde nueva vida repitiendo la incomprensión de la pasada legislatura- el independentismo va a tener una severa derrota en Cataluña el próximo 20-D. Según la encuesta de 'El Periódico' (en las del CIS, el CEO de la Generalitat y 'La Vanguardia' las diferencias no son sustanciales) CDC, que se presenta como Democracia i Llibertat, más ERC, que concurren con listas separadas, tienen una estimación de voto del 21% (13,5% para ERC y 8,4% para CDC) mientras que las fuerzas no independentistas (desde el PP hasta En Comú Podem, que apoya Ada Colau, pasando por Ciudadanos y el PSC) les más que doblarían con un 45%.

No es posible sacar hoy conclusiones cerradas porque hay todavía un 21% de indecisos y varias fuerzas podrían ocupar la primera posición (prácticamente todas salvo el PP que queda muy rezagado), pero lo que sí parece claro es que el independentismo ha ido dividido y que, pese a que ERC puede recoger voto de la CUP, que no concurren, el resultado material y moral no va a ser bueno para el independentismo.

Tras unos resultados similares a los descritos, la relevancia de Artur Mas –haya o no investidura- quedaría todavía más disminuida y el camino del president se haría cada día más angosto. Tanto si tuviera que ir a nuevas elecciones con una mala posición de partida, como si gobernara gracias al apoyo de la CUP, lo que le llevaría casi con total seguridad a una catastrófica confrontación con el Estado.

Si el PP gana en España y Ciudadanos tiene un buen resultado en Cataluña, sería un error pensar que el problema ha desaparecido

Pero ¡cuidado!, el independentismo solo quedará superado a medio plazo (el largo es imposible de predecir) si mucha o bastante gente de la que votó JpS el pasado 27 de setiembre (el 40% de los catalanes) se convence de que Catalunya puede tener más autogobierno dentro de España. Es lo que propone desde el socialismo catalán Miquel Iceta y desde el centro-derecha Duran i Lleida, que según las encuestas no saldría elegido (mala noticia).

En caso contrario –si no es posible negociar un mayor autogobierno- el independentismo puede retroceder ahora por los grandes errores políticos de Artur Mas –por ejemplo mientras implora el apoyo de las CUP su candidato a Madrid, Francesc Homs, tiene que proclamar para conservar a sus electores moderados que en una Catalunya gobernada por los anticapitalistas imperaría la miseria- quizás retroceda puntualmente pero volverá a resurgir.

Y en este sentido la forma en la que en el debate de Atresmedia tanto Soraya Sáenz de Santamaría como Albert Rivera se refirieron a Artur Mas, presentándolo como un apestado y el culpable de todos los males, no presagia nada bueno. No tanto por Artur Mas sino porque el independentismo tuvo el 47,8% de los votos el pasado 27-S y porque la lista de JpS logró el 40%. Es algo que una victoria del PP en España, o un buen resultado de Ciudadanos en Cataluña el próximo 20-D, no eliminaría por arte de magia ni borraría del mapa. Quizás no está de más recordar que la fuerza que ganará en Cataluña el próximo 20-D –tanto según la encuesta de El Periódico como la del CIS- es En Comú Podem,que cree que los catalanes deben poder votar en un referéndum en el que se plantee la alternativa independentista.

Claro, el camino para solucionar el problema no pasa ni por un referéndum de autodeterminación -que la ONU solo admite para las colonias, ahí tiene razón Rivera- ni en negociar la independencia, pero tampoco puede consistir únicamente en errar todas las puertas al 47,8% de catalanes que sueña con la independencia, o al más del 66% que desean más autogobierno. El ganador del 20-D no debería olvidarlo. Un 47,8% es una derrota pero un 47,8% es mucho y no desaparece por la simple voluntad del otro 52,2%, y menos por la del gobierno de Madrid.

Si el independentismo pierde las elecciones del 20-D en Cataluña, que parece lo más probable, la solución del contencioso puede ser menos complicada. Pero lo seguro es que el conflicto –quizás menos alarmante a corto- no puede ignorarse, ni menos darse por enterrado.

 

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