El deshielo de Pedro Sánchez

El líder socialista es el presidente preferido por el 27% de los catalanes, delante del 24% de Iglesias, el 11% de Rivera y el 5% de Rajoy

Foto:  El presidente de la Generalitat, Carles Puigdemont (d), y el secretario general del PSOE, Pedro Sánchez. (EFE)
El presidente de la Generalitat, Carles Puigdemont (d), y el secretario general del PSOE, Pedro Sánchez. (EFE)

El líder del PSOE estuvo ayer unas horas en Barcelona para entrevistarse con el 'president' Puigdemont. Pretendía -y proclamó- el inicio de una etapa de deshielo con la Generalitat. Sánchez insistió en que el PSOE es contrario no solo a la independencia sino también al llamado derecho a decidir, pero que tampoco valora positivamente los puentes rotos de la legislatura pasada.

Pedro Sánchez -en cuya posición sobre Cataluña influyen el primer secretario del PSC, Miquel Iceta, y Meritxell Batet, la diputada catalana, segunda de la lista por Madrid, que votó a Eduardo Madina en las primarias socialistas- sabe que la etapa del deshielo será un proceso lento que exigirá un previo cambio de actitud y la apertura de un diálogo que no pretenda pactar una solución con mayúscula sino acordar algunas soluciones con minúscula a conflictos concretos. Por eso su oferta de negociar las 23 reivindicaciones que Artur Mas planteó a Mariano Rajoy a mediados de 2014 y que luego ambos presidentes (uno con su marcha al referéndum del 9 de noviembre de aquel año, el otro con el silencio prolongado y luego los recursos al Constitucional) enterraron bajo siete llaves. Como Joaquín Costa proponía hacer con el sepulcro del Cid.

Sánchez quiere reabrir el sepulcro del Cid para que los 23 puntos abran una vía negociadora que suavice las posiciones de fondo, hoy totalmente enfrentadas, entre la mayoría parlamentaria de Cataluña, formada por Junts pel Sí y la CUP, y la mayoría parlamentaria española, que en este caso va –sin uniformidad, como se vio ayer- desde el PP hasta el PSOE pasando por Ciudadanos.

Pero este esquema exige en primer lugar que Sánchez esté en La Moncloa o que Rajoy -o su sucesor en el PP- experimente una caída del caballo similar a la que convirtió a Paulo de Tarso en San Pablo. Luego, que el independentismo catalán -aunque no renuncie en un primer momento a su objetivo- modifique su hoja de ruta. Como ha escrito el director adjunto de 'El País', Lluís Bassets, el transatlántico independentista no puede virar bruscamente, debe hacerlo con suavidad para no irritar a sus pasajeros y perder su voto. Y parece que ahora lo está intentando tras haber emprendido en 2013-2014 una ruta equivocada: convertir el programa máximo a largo plazo de la independencia, que podía ser un referente difuso -como para el socialismo democrático fue mucho tiempo aquello de la propiedad pública de los medios de producción- en un programa mínimo a llevar a cabo por las bravas y en 18 meses.

El independentismo inicia una lenta rectificación. Mas y Mas-Colell coinciden en que el plazo de 18 meses para la independencia es un factor distorsionador

Parece que el independentismo ha iniciado con lentitud y casi clandestinidad ese cambio de rumbo. Es algo que un españolismo responsable -que no crea que su programa mínimo es el no sistemático amparado en la Constitución, y el máximo el retorno a la situación previa a la cesión de Adolfo Suárez a Tarradellas tras las elecciones de 1977- no debe ignorar.

¿Por qué se está empezando a mover el independentismo? Básicamente por la fuerza de las matemáticas. El 47,8% en las elecciones autonómicas-plebiscitarias del 27-S no solo no fue una victoria, como todos los analistas con sentido común -la prensa europea en primer lugar- señalaron, sino que además es falso. Nada une -ni el sueño del país imaginado- a un partido de centro y centro-derecha como CDC con la expresión de una protesta de extrema izquierda radical y asamblearia como la CUP. Y Artur Mas lo experimentó en carne propia cuando tuvo que dar un paso atrás (él dijo al lado) ante la oposición frontal a investirle del sector Endevant (Adelante) de la CUP que lidera Anna Gabriel. El 47,8% no suma y además es falso. Ahora la posibilidad cada día más clara de que la CUP no vote los presupuestos de la Generalitat agrava la situación.

Y el instinto básico de Artur Mas puede que no sea tanto el de ser el presidente de la independencia sino el de una Cataluña orgullosa y con instrumentos de Estado. Aznar ya cedió la Policía. Y recuperar la presidencia de la que ha sido desposeído, no por el Estado español ni por la derecha castellana ni por el PSOE sino por 'la quinta columna' de la CUP, exige ganar las próximas elecciones catalanas con una lista propia. Algo que parece tan complicado como aquella parábola bíblica que decía que era más fácil que entrara un camello por el ojo de una aguja que un rico en el Reino de los Cielos.

Además en las legislativas del 20-D, el independentismo, que fue en listas separadas, de CDC y ERC, no sumó el 47,8% sino el 31%. Con tres añadidos preocupantes para Artur Mas. Uno, ERC sacó 35.000 votos y un diputado más que CDC. Dos, CDC quedó en cuarto lugar con 15.000 votos menos que el denostado PSC de Miquel Iceta. Por último, la conjunción de Podemos, ICV y Ada Colau, que defendía el derecho a decidir frente a la independencia, ganó las elecciones en Cataluña con tres diputados más que ERC y cuatro más que el PSC y CDC.

El independentismo está digiriendo que el 47,8% no solo no fue una victoria sino que era falso porque sumaba a la CUP, que tiene un proyecto diferente

La digestión es lenta pero se está haciendo. Ahora, CDC va diluyendo el programa de Junts pel Sí y va anteponiendo el derecho a decidir a la independencia. Y Germà Gordó, el dirigente más próximo a la CDC de siempre y al propio Artur Mas, va diciendo que la nueva CDC a refundar debe ser un partido capaz de aglutinar a independentistas y soberanistas. Artur Mas ha venido a decir que crea frustración prometer algo que no se puede cumplir y que Cataluña no será independiente en 18 meses. Y Andreu Mas-Colell, un economista competente que fue conseller de Economía durante toda la etapa Mas pero que se distanció de la alianza con ERC y del programa maximalista de Junts pel Sí, dijo ayer en Catalunya Ràdio sin ningún complejo que el plazo de 18 meses era un “factor distorsionador” que creaba “tensiones innecesarias”.

En esta línea, un dirigente independentista asegura que el mensaje para contentar a las bases más independentistas, como la ANC, que experimenta un cierto desfondamiento, no es ya el de la independencia sino el de: “Nosotros hicimos todo lo posible…”.

Además, hay algunos indicios de que los puentes entre la ciudadanía española y la catalana no están tan rotos como entre las cúpulas políticas. La semana pasada hemos visto dos ejemplos. Por una parte, la UGT, sindicato siempre cercano a las tesis socialistas -se decía que Cándido Méndez era una especie de vicepresidente oculto de Zapatero-, no ha tenido empacho en elegir a José María Álvarez, el líder de la UGT catalana, como su nuevo secretario general. Y ello pese a que Álvarez tuvo campaña en contra por haberse manifestado no solo partidario de la reforma federal de la Constitución sino también del derecho a decidir. Cierto que solo obtuvo el 51% de los votos, pero Cándido Méndez fue elegido para ese cargo hace 22 años con el 53%. Para la UGT, el asturiano-catalán Álvarez no solo no es un maldito sino que es el encargado de regenerar el sindicato.

Muchos dirigentes de CDC dicen que el partido que quieren refundar debe aglutinar a independentistas y a los soberanistas partidarios del derecho a decidir

El otro dato lo pone de relieve la encuesta de 'El Periódico de Cataluña' del pasado viernes. Tras los dos debates de investidura, Pedro Sánchez es ya -ajustadamente- el presidente preferido por el 22,6% de los españoles (por delante del 20,5% de Rajoy), y el 27,5% de los catalanes (frente al 24,2% de Iglesias, el 11,1% de Rivera y el 5,2% de Rajoy). Son datos -los de Cataluña- que llaman la atención en un líder del PSOE, partido permanentemente atacado desde la sentencia del Constitucional de 2010 por el 'agit-prop' independentista que proclama que los dos partidos representan el mismo unitarismo español.

La realidad es que en España un 43,1% cree que Sánchez sería un buen presidente pero un porcentaje algo superior, el 48,6%, cree lo contrario, mientras que en Catalunya los datos son más favorables al líder socialista: un 50,3% opina que sería un buen presidente contra un 42,5%, casi ocho puntos menos, que juzga lo contrario.

Seguramente estos datos están contribuyendo a que el 'president' Puigdemont esté interesado en recibir a Pedro Sánchez y en -sin abjurar de su hoja de ruta oficial- mostrar su satisfacción por la disposición al diálogo del líder socialista. Cataluña puede estar excitada desde la sentencia del Constitucional, pero el fondo sigue siendo pactista y moderado.

Y las cosas están cambiando. Quizá tenga razón Lluís Bassets, que el pasado lunes escribía en la edición catalana de 'El País': “La rectificación (del independentismo) está en marcha. La mano (Artur Mas) mueve el timón y el barco vira con parsimonia, tan lento que los pasajeros apenas lo perciben. Llegará un momento en que se darán cuenta de pronto que la costa que estaba a la derecha ahora está a la izquierda. Pero hay que virar lentamente, no fuera caso que el pasaje se maree y luego quiera bajarse del barco”. 

Confidencias Catalanas
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