Estamos de nuevo en campaña electoral

Tras el portazo de Pablo Iglesias del viernes, las nuevas elecciones son -salvo milagro- inevitables

Foto: Combo de los carteles electorales de Mariano Rajoy, Pedro Sánchez, Albert Rivera y Pablo Iglesias. (Reuters)
Combo de los carteles electorales de Mariano Rajoy, Pedro Sánchez, Albert Rivera y Pablo Iglesias. (Reuters)

Pablo Iglesias ha decidido abortar la legislatura que podía abrir la puerta a un Gobierno del cambio. Pedro Sánchez dijo desde el primer día que era difícil, pero que se debía intentar y podía salir. La democracia es alternancia y el Gobierno del PP, que aprobó en economía, suspendió con nota en política porque, parapetado en su mayoría absoluta, agudizó todos los conflictos. Y no solo en Cataluña, donde su nula iniciativa ha hecho crecer al independentismo hasta la cota -inimaginable hace pocos años- del 47,8%.

Pero lo cierto es que el proyecto de cambio no ha funcionado y hoy parece casi imposible -e incluso inconveniente- intentar reanimarlo. Pablo Iglesias ha demostrado que es un líder que sabe encarnar un malestar social cargado de razones, pero que no tiene la capacidad política de transformar la protesta en aportación sensata y limitada a un programa de gobierno pactado con otras fuerzas. Ha anatemizado esta operación, calificándola de intento de “domesticar” a Podemos.

Vale, la filosofía es libre, pero los programas de gobierno deben estar bien medidos y cuantificados, y el exceso de poesía acostumbra a acabar en desencanto. No sé dónde está el norte de Podemos, pero desde luego no es mezclarse con la realidad -tampoco fácil- de las capitales europeas. Quizás el norte más europeo que contemple sea Atenas, donde vemos que Tsipras tiene ahora que seguir negociando con el sudor de su frente los créditos europeos -y del FMI- que hizo rechazar con orgullo en el referéndum de hace poco menos de un año.

Quizás ese soberanismo griego sea un norte -lo dudo mucho- para la mayoría de los electores de Podemos, pero seguro que no lo es para el resto de los españoles que han votado a favor de formaciones conservadoras, liberales o socialistas. Que saben que Europa -todavía muy imperfecta y en difícil construcción- es nuestro único norte a la vista.

La Gran Coalición que propone Rajoy parece hoy más un hábil -y poco sectario- eslogan de campaña que una propuesta seria de gobierno a los socialistas

El proyecto de un frente amplio que fuera desde el centro hasta la izquierda contestataria no ha podido al final aterrizar en un programa mínimo, y -obligado es reconocerlo- el fracaso se debe más al maximalismo de la izquierda radical que a las cautelas de un incipiente liberalismo en busca de espacio político.

De estos más de 100 días transcurridos desde el 20-D solo quedará -si un milagro no lo impide- un meritorio acuerdo en el que dos partidos de ideologías distintas -en algunos puntos, contradictorias- han sabido pactar un programa de gobierno realista y acorde con nuestra pertenencia a Europa y nuestra soberanía limitada. Ya no tenemos la peseta sino el euro, y la globalización arrasa muchas fronteras anteriores.

Inviable la investidura del cambio, parece obligada la repetición electoral. Como escribí el pasado miércoles, es la opción menos mala que contempla Rajoy desde hace semanas. Desde que comprendió -no en los primeros días, en los que cantaba victoria- que en este Parlamento no tenía oxígeno, salvo que el PSOE se abstuviera en su investidura (y que no lo iba a hacer). Por el contrario, tras unas nuevas elecciones, si seguía siendo el primer partido en diputados y los resultados no variaban mucho, tendría como mínimo una ventaja: que políticamente sería imposible volver a repetir elecciones (constitucionalmente sí es posible) y en ese marco el primer partido tendría un plus de arrastre y legitimidad.

Esta convicción se le ha ido reafirmando a medida que las encuestas (todas, y la del Instituto DYM para El Confidencial es la última) predicen una sorprendente estabilidad electoral (del PP en primer lugar) corregida por una moderada tendencia al alza de Ciudadanos y otra a la baja de Podemos, que podría hacer más difícil todavía la alternativa de un Gobierno de izquierdas.

La solución apuntada por González de que ninguno de los grandes partidos impida la investidura del otro no parece factible cuando se ha iniciado la cuenta atrás

Ahora Rajoy esgrime -con mayor énfasis que tras el 20-D, cuando hablaba de un tripartito con Ciudadanos y el PSOE para garantizar la unidad de España- la propuesta de la Gran Coalición a la alemana entre populares y socialistas.

Creo que es mucho más campaña y 'marketing' electoral que propuesta seria. Rajoy no quiere ser el 26-J solo el candidato de la derecha y el de un partido teñido de corrupción -como el 20-D-, sino el político abierto que propone una salida pragmática, poco ideológica y de corte europeo frente a la fragmentación política.

Si buscara algún pacto serio con el PSOE, no lanzaría a sus segundos a descalificar al líder socialista (al que podría ofrecer una vicepresidencia del Gobierno, según Casimiro García Abadillo) como el Judas de la política española. Y un político rodado como Javier Arenas -que no es un vino del año a lo Andrea Levy- no exigiría a los socialistas que cambiaran de líder por incapacidad del actual. No me extiendo por innecesario sobre otros calificativos de los últimos días que indican que el PP no trata a Pedro Sánchez como un duro competidor al que intenta convertir en socio sino como a un enemigo permanente al que hay que zurrar en una campaña electoral que no se ha interrumpido ni un momento.

Por otra parte, lo cierto es que tampoco Pedro Sánchez ni ningún dirigente del PSOE actual muestran la más mínima inclinación por la Gran Coalición. Así quedó recogido en la declaración del comité federal posterior a las elecciones.

La única fórmula posible hoy para evitar las elecciones -que como señaló en El Confidencial Ignacio Varela nos daría el poco prestigiado récord de ser el primer país del mundo que las repite porque sus políticos no saben alcanzar los acuerdos y renuncios necesarios- sería la apuntada hace ya muchas semanas por Felipe González en 'El País'. Trasladada a hoy, sería que el PP no impidiera la investidura de Pedro Sánchez (o sea, que se abstuviera) porque tiene el apoyo de tres grupos parlamentarios (PSOE, C´s y Coalición Canaria) y 131 diputados. O que el PSOE no bloqueara (o sea, que se abstuviera) la investidura de Rajoy (o de otro político conservador) porque el PP es el primer grupo parlamentario con 123 escaños.

La única voz que cree que la sociedad tiene fuerza suficiente para evitar la repetición de las elecciones es la del independentista Tardà. ¿Curioso o preocupante?

Pero tampoco ninguno de estos dos escenarios parece factible. El PP arguye que no tiene por qué facilitar el acceso al poder de quien perdió las elecciones. Y el PSOE dice que ya constató el primer día que los españoles habían votado a favor del cambio y que un Gobierno del PP no tiene credibilidad para encabezar la regeneración política ni para intentar una salida dialogada al problema catalán, ya que no lo ha hecho en sus cuatro años de gobierno. Y lo cierto es que, desde su punto de vista, ambos tienen razón.

Salvo milagro, iremos pues a nuevas elecciones, lo que evidentemente no es la mejor solución. España habrá estado un año completo en tiempo electoral y sin Gobierno estable, de septiembre de 2015 a septiembre de 2016. Y ello después de unos primeros nueve meses de 2015 en los que la gobernación ya resultó muy afectada, primero por las elecciones andaluzas, luego por las municipales y autonómicas, y en septiembre por unas plebiscitarias en Cataluña que los independentistas pretendían que llevara a la ruptura del Estado en 18 meses.

No es un comportamiento inteligente cuando somos de largo el país de Europa con la tasa de paro más elevada, seguimos sometidos a un severo control europeo por el préstamo de 100.000 millones del rescate bancario y hemos tenido un déficit público insostenible de más de 50.000 millones -el 5% del PIB- en 2015, pese a que la economía ha crecido a un ritmo fuerte y nos habíamos comprometido con Bruselas a dejarlo en el 4,2% en 2015 y el 2,8% en 2016.

Así, el nuevo ajuste que Bruselas (y Fráncfort) nos exigirá -del orden de unos 10.000 millones- tendrá que ser negociado por un Gobierno en funciones. No es la mejor imagen posible, pero las cosas parece que serán así.

Eso sí, Rajoy seguirá tronando que es la garantía de la unidad de España y de la igualdad de los españoles. Pablo Iglesias insistirá en que ni el PSOE ni los que le tienen encerrado en la jaula han logrado domesticarlos. Y Pedro Sánchez y Albert Rivera podrán argumentar que ellos demostraron y lograron voluntad de pacto. Aunque después tendrán que atacarse.

Pero justo es reconocer que hay algún pronóstico menos pesimista. En Confidencias Catalanas debo dejar constancia de que el veterano diputado de ERC Joan Tardà ha asegurado que está completamente seguro de que al final se formará un nuevo Gobierno por la inquietud y presión de los 'lobbies'. Curioso que en los últimos días haya sido un independentista catalán 'enrage' quien ha mostrado más confianza en la fuerza de la sociedad civil española y en la gobernabilidad del Estado. ¿Curioso o inquietante?

Confidencias Catalanas
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