Galicia pide un teléfono rojo

Rajoy cree que la gran asignatura de esta legislatura es Cataluña, mientras Puigdemont presenta unos Presupuestos con una partida para el referéndum

Foto: El presidente de la Xunta de Galicia, Alberto Núñez Feijóo (i), y el presidente del Círculo de Economía, Antón Costas. (EFE)
El presidente de la Xunta de Galicia, Alberto Núñez Feijóo (i), y el presidente del Círculo de Economía, Antón Costas. (EFE)

Antón Costas, en su último acto como presidente del catalán Circulo de Economía —por estatutos, el cargo se renueva cada tres años—, presentando el lunes en Barcelona al reelegido presidente de Galicia, Alberto Núñez Feijóo, dejó caer su intuición de que la legislatura actual será la del posibilismo político. Y Costas —nacido en Vigo— vino a decir que el presidente gallego —que habló sobre estabilidad y sostenibilidad en un Estado descentralizado— era un destacado ejemplar de ese posibilismo.

Y en su conferencia, en la que estuvo muy presente la difícil relación de la mayoría parlamentaria catalana con el Gobierno del Estado, Núñez Feijóo dijo cosas poco habituales en los dirigentes del PP. Por ejemplo, que el imperio de la ley no debía ser un obstáculo a la empatía política, y que convenía más utilizar los teléfonos rojos que agitar el concepto de líneas rojas.

Feijóo dice que lo importante no es que ganen unos u otros sino que los moderados de ambas partes no queden rehenes de los que desean atizar el conflicto

También afirmó que la política era compleja y no debía ser abordada en términos futbolísticos, porque “aquí no hay Messis ni Ronaldos” y no se trata tanto de que ganen unos u otros sino de que los moderados de cada uno de los bandos no sean rehenes de los que quieren atizar el conflicto. Y alabó la conducta de los políticos catalanes, “hasta el Estatut”, y al catalanismo, al que comparó con el regionalismo galleguista de Alfredo Brañas. Galleguismo y catalanismo tienen en común la exigencia de reconocer el hecho diferencial y el anhelo de autogobierno, porque —recogió una canción de Raimon— “quien pierde los orígenes pierde su identidad”. En esta línea, afirmó que las autonomías no son ya periféricas al Estado autonómico porque son las que prestan a los ciudadanos los servicios públicos fundamentales, y deben pasar a ser elementos nucleares de la España de las autonomías.

Y aunque Núñez Feijóo puntualizó —en respuesta a algunos intervinientes críticos que indicaron que el PP carecía de credibilidad para ese discurso— que hablaba como presidente de Galicia y que su discurso —“solo faltaría”— no había sido sugerido por nadie ni sometido a la consideración de nadie, lo cierto es que coincide en el tiempo y el espacio con el mensaje de deseo de diálogo con Cataluña del nuevo equipo Rajoy y con el nombramiento del conciliador Enric Millo como delegado del Gobierno en Cataluña, que ya comenté el pasado miércoles. Incluso concuerda en poner la negociación de un nuevo sistema de financiación autonómica como el punto de partida del deshielo.

Naturalmente, la nueva actitud del Gobierno —en el caso de que exista— así como el discurso de Núñez Feijóo generan cierto escepticismo en Cataluña. El Gobierno de la Generalitat subraya que no es coherente con “la persecución judicial” a cargos electos independentistas como Francesc Homs, la presidenta del Parlament, Carme Forcadell, o el propio Artur Mas. Y aunque el ministro de Justicia ya ha respondido diciendo “vamos a tener la mayor flexibilidad para buscar soluciones políticas a las reivindicaciones de la sociedad catalana [noten que ya no hay descalificación o ataque], quien incumpla las leyes se encontrará con la acción de la Justicia”, lo cierto es que los procesos judiciales en marcha están ahí y no propician la temperatura de deshielo.

Pero en muchos sectores de la sociedad catalana se desea tanto un diálogo y una negociación que se ha abierto una rendija de esperanza. ¿Y si los moderados de una parte y los de la otra saben imponerse a los que quieren el conflicto, como pidió Núñez Feijóo?

Todo dependerá de la actitud de los líderes de ambas partes. Por parte española, de Rajoy. Parece que el presidente piensa que la legislatura será difícil, pero soportable. Que como no tiene mayoría, tendrá que pactar e incluso ceder en muchas cosas en las que es posible la cesión, como la práctica anulación de la ley Wert o cambios relevantes en la llamada ley mordaza. Sobre la política económica, piensa que el margen es estrecho, pero que si la economía sigue creciendo, podrá respirar. Hay pocas diferencias de fondo entre Guindos y Garicano, y Ciudadanos colaborará, mientras que con el PSOE, aunque costará más, tampoco puede irse a las barricadas porque necesita aprobar el techo de gasto al gobernar en muchas comunidades autónomas y al no poder hacer una enmienda a la totalidad a la política europea. ¿Presupuestos? Más difícil, pero queda el recurso del PNV, al que le es más fácil no presentar enmienda a la totalidad a cambio de algo que abstenerse en la investidura. ¿Reforma laboral? No dará marcha atrás, pero tendrá que negociar y llegar a acuerdos con los sindicatos.

El presidente piensa que su gran asignatura de esta legislatura es Cataluña, y prefiere negociar “cosas razonables” a adoptar medidas traumáticas.

El aviso de Urkullu de que el modelo CUP no es bueno porque es inestabilidad y tensión permanente se cumple al pie de la letra en el día a día de Cataluña

Claro que no solo para Rajoy, sino también para la gran mayoría del arco parlamentario, la independencia no es razonable. Ni tampoco un referéndum de autodeterminación. ¿Puede haber un acuerdo entonces con un Gobierno catalán que acaba de presentar unos Presupuestos en los que hay una partida para dicho referéndum?

No es nada fácil, pero un pragmático dirigente catalán no es del todo pesimista. Por una parte —dice—, Soraya es una opositora con reflejos de opositora para la que lo importante es pasar el examen. Rajoy le ha puesto un nuevo tema de oposiciones y no puede fracasar. Hará codos.

Oriol Junqueras muestra la tableta con el Proyecto de Ley de Presupuestos de la Generalitat para 2017. (EFE)
Oriol Junqueras muestra la tableta con el Proyecto de Ley de Presupuestos de la Generalitat para 2017. (EFE)

¿Y la parte catalana? Bueno, no hay un jefe único, pero las encuestas apuntan a que Oriol Junqueras sería el líder del partido más votado. Iñigo Urkullu y Andoni Ortuzar ya han levantado acta de que el modelo CUP, convertir a dicho grupo en la bisagra parlamentaria, no es bueno porque genera inestabilidad y tensión permanente, y la realidad es que Cataluña está paralizada desde hace un año porque con la CUP se corta la cabeza de Mas y se hacen declaraciones subidas de tono pero no se gobierna. El referéndum es muy poco probable que, pese a la dotación en los Presupuestos, se pueda celebrar, al menos a corto plazo. Ayer, el Govern presentó los Presupuestos de 2017, pero no es seguro que se aprueben. No se sabrá hasta febrero y todo dependerá de la CUP, pero no del grupo parlamentario sino de la asamblea de los anticapitalistas. ¿Se puede gobernar así por mucho tiempo?

Antes o después habrá nuevas elecciones. Y es probable que ERC sea el primer grupo parlamentario, pero que no haya mayoría independentista. ¿Qué pasará entonces? ¿Qué hará Junqueras?

¿Puede funcionar el teléfono rojo que pide Núñez Feijóo entre ERC y el PP? ¿O puede haber algún principio de acuerdo con Puigdemont antes del intento fallido de referéndum y de las próximas elecciones catalanas? Rajoy quiere un acuerdo cediendo poco pero evitando un ruidoso choque de trenes. Y los independentistas lo quieren todo pero están cansados de la dependencia de la CUP, y saben además que con el 47,8%, o algo menos, o incluso algo más, es casi imposible crear un nuevo Estado sin traumas y dentro de la Unión Europea. La fuerza de la gravedad puede ser más efectiva que el convencimiento para una solución tipo tercera vía.

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