Muchos huevos rotos, ninguna tortilla

Puigdemont intentó un triple salto mortal: justificar y declarar la independencia y, al mismo tiempo, aplazarla

Foto: El presidente de la Generalitat de Cataluña, Carles Puigdemont, y la presidenta del Parlament, Carme Forcadell, tras la firma del documento sobre la independencia. (EFE)
El presidente de la Generalitat de Cataluña, Carles Puigdemont, y la presidenta del Parlament, Carme Forcadell, tras la firma del documento sobre la independencia. (EFE)

Es imposible esconder un fuerte desasosiego tras el discurso ayer de Puigdemont en el Parlamento de Cataluña. No es momento de ahondar en la larga historia de un desencuentro que está poniendo en crisis las instituciones democráticas españolas y el autogobierno de Cataluña. Vayamos al momento actual.

Tras la grave inquietud social que produjo la actuación policial el 1 de octubre, al intentar evitar un referéndum que se celebró con el aplauso de mucha gente pero al margen de la legalidad y sin garantías, y el siguiente 'paro de país' (huelga general a la carta) del martes siguiente, han tenido lugar cosas muy preocupantes. Cataluña está —más que nunca— en la primera plana de los diarios del mundo, pero la imagen de un país en paz y en el que da gusto vivir se ha visto algo enturbiada por la de otro que vive un grave conflicto interno y en el que su Gobierno afronta un peligroso choque de trenes con el de España. No es la imagen ideal y los hoteleros se alarman porque notan ya un descenso de las reservas para los próximos meses.

El traslado de la sedes del Sabadell, CaixaBank, Planeta, Gas Natural y otras grandes empresas es un serio revés para el futuro de Cataluña


Además, se ha pasado en pocos días de un clima de indignación y agitación nacionalista a otro, sin abandonar del todo el anterior, de susto súbito y miedo al futuro. Muchos depositantes han acudido a las oficinas bancarias inquietos por el futuro de sus ahorros y Banco Sabadell y CaixaBank (ambos entre los cinco primeros españoles), para asegurar su prestigio, estabilidad y la confianza de los clientes y accionistas, han tenido que trasladar sus sedes sociales a Alicante y Valencia. No podían arriesgarse a que los mercados pensaran que podían quedarse —aunque fuera por breves días— sin el paraguas del Banco Central Europeo.

Y el miedo al desconcierto de los mercados y de los agentes económicos internacionales, así como el temor a la inseguridad jurídica —a ninguna empresa le conviene estar en un país en el que se enfrentan dos legalidades distintas—, ha hecho que muchas empresas relevantes, como Gas Natural, Abertis, Catalana Occidente y Agbar, hayan seguido sus pasos. Ayer, tras el discurso de Puigdemont, lo hizo Planeta, el primer grupo editorial en lengua castellana.

Por otra parte, la gran manifestación del domingo confirmó que en Cataluña hay ciudadanos con identidades diferentes. El repetido grito “¡luego diréis que somos cinco o seis!” indica que viven muchos ciudadanos que se sienten tan catalanes como españoles y que se han creído marginados. Y el “Puigdemont a prisión” indica que, bastante primitivamente, algunos manifestantes le señalan como el culpable de su situación. Cataluña vive una creciente inquietud política, económica y social que exigía una actitud menos partidista. Seguramente reconocer que hoy no es conveniente —y puede ser negativo— gobernar solo con el apoyo de los nacionalistas (divididos) que obtuvieron el 47,8% de los votos. Cataluña necesita un consenso más inclusivo, cuya primera ocupación sea frenar el desplome de confianza de los agentes económicos que puede tener consecuencias muy negativas.

Un referéndum con una participación del 43%, y sin interventores, no es un mandato democrático para la independencia

La intervención de Puigdemont no aclaró nada. La línea esencial de su discurso fue que en el referéndum del domingo 1 de octubre, en el que votó mucha gente con ilusión pero sin ninguna garantía, los votantes, con una participación de solo el 43%, se habían expresado muy mayoritariamente a favor de la independencia y que ello era un mandato democrático al que no se podía traicionar. Con una participación del 43% no puede haber mandato democrático para nada trascendental. ¿Cómo se puede tener tanta miopía? Ninguna sindicatura electoral, ninguna organización independiente ha avalado estos resultados. ¿Alguien se fiaría de unas elecciones en las que no hubiera ni garantías de neutralidad ni interventores de los que discrepan del Gobierno?

Los votantes del 1-O merecen mucho respeto y los excesos de la reacción policial son condenables (de acuerdo), pero en base a unos resultados que nos tenemos que creer por acto de fe no se está legitimado para una decisión tan relevante como la ruptura con España y la independencia de Cataluña. Y máxime en unos momentos económicos y sociales como los de la última semana.

Puigdemont intentó ayer a la vez contentar a los independentistas, no enervar a amplios sectores de Cataluña (incluyendo 'consellers' de su Gobierno) que le pedían prudencia y, al mismo tiempo, evitar —o aminorar— cualquier intervención del Estado y no aparecer ante Europa como un intransigente.

Puigdemont intentó satisfacer al independentismo, quedar bien con la Cataluña del 'seny' y con Europa, y frenar a Rajoy. No lo logró

Pero no se puede proclamar el mandato democrático para la independencia del referéndum del 1 de octubre y, al mismo tiempo, suspender la declaración de independencia para buscar una mediación internacional que no se concreta. Y todo mientras las empresas que trasladan sus sedes y los ciudadanos que se inquietan por sus ahorros están cada día más alarmados.

Miquel Iceta, en una prudente y medida respuesta, se lo dejó bien claro al afirmar que no se podía asumir un mandato democrático a favor de la independencia y luego suspender o aplazar una declaración de independencia que no se había formulado. El Gobierno Puigdemont puede creer que este “sí, pero no”, o “sí con orgullo, pero sin explicitación, y aún no, porque no puedo”, es una habilidad que le servirá, al menos, para ganar tiempo.

Muchos huevos rotos, ninguna tortilla

Me temo que no. Y menos cuando tras la sesión los diputados de Junts pel Sí y los de la CUP firmaron una declaración de independencia que, más tarde, la CUP desautorizó. La sociedad catalana no quedó ayer por la noche tranquilizada y con un horizonte menos incierto. Los independentistas intransigentes y los de la CUP (sin los que no hay mayoría desde las elecciones de septiembre de 2015) no tardaron ni un minuto en explicitar su decepción. Veremos hasta dónde llega el rechazo. Y el Gobierno del Estado es difícil que vea en el mensaje la 'desescalada' que Puigdemont anunció al principio de su discurso. Lo más que se puede aspirar es a que no se precipite, y reaccione con prudencia y proporcionalidad buscando el consenso con el PSOE y otras fuerzas políticas. Pero en el seno del PP (Aznar), e incluso más extrañamente en Ciudadanos, hay fuertes críticas a Rajoy por no haber mostrado más contundencia. Olvidan que decretar la excepcionalidad puede ser fácil, pero que gestionarla y salir de ella puede ser muy complicado.

Por su parte, Europa pedirá diálogo —Donald Tusk lo hizo ayer—, pero no se va a inmiscuir en los asuntos internos de un Estado miembro que es una democracia (aunque Puigdemont la cuestione en Harvard), y que además es la cuarta economía del euro. Mientras Puigdemont hablaba, Jean-Claude Juncker dijo en Twitter que no es la hora de la subdivisión de las “categorías nacionales”.

Puigdemont volvió ayer a no estar a la altura exigible a un 'president' de la Generalitat en un momento decisivo. Al contrario, prosiguió por la senda del 6 y 7 de septiembre cuando hizo aprobar las leyes de ruptura con la Constitución (que los catalanes votamos en mayor proporción que el resto de los españoles) y el propio Estatut de Cataluña. Queriendo salir del embrollo (heredado de Artur Mas) en el que se metió en 2015, se ha liado todavía más. No quiere dialogar con los grupos parlamentarios que no le obedecen (salvo la CUP, que ayer quedó decepcionada), no sabe instrumentar una pausa, y pisa el acelerador y el freno al mismo tiempo. La única solución que le queda —como pidieron ayer Inés Arrimadas y Miquel Iceta— es convocar elecciones.

La semana pasada aludía a un reputado independentista que, contestando a las críticas sobre la forma de aprobar las leyes de ruptura, me dijo: no se pueden hacer tortillas sin romper huevos. La independencia exige forzar cosas. Y hace poco, Puigdemont le vino a contestar algo similar a Jordi Évole: era la única forma de hacerlo.

Tienen razón. Para hacer tortillas, hay que romper huevos. El problema del independentismo (y el de los gobiernos españoles, que en los últimos años se han equivocado mucho) es que llevamos ya tirada una gran fortuna rompiendo huevos, pero que en el horizonte todavía no aparece nada que se parezca a una tortilla comestible.

Confidencias Catalanas

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