Empantanados

El independentismo se encierra en la protesta y el Gobierno del PP en la impotencia

Foto: El número dos de la lista, Jordi Sànchez, interviene en videoconferencia en un mitin de Junts per Catalunya. (EFE)
El número dos de la lista, Jordi Sànchez, interviene en videoconferencia en un mitin de Junts per Catalunya. (EFE)

'Empantanados' es el título del libro en que Joan Coscubiela, antiguo secretario general de CCOO de Cataluña y exportavoz de ICV-Podemos en el Parlamento regional, analiza la última legislatura catalana. El lunes, la presentación, en una muy amplia librería barcelonesa, fue un éxito total. Hasta el punto de que el número de personas que tuvo que dar marcha atrás por la imposibilidad de acceder a la sala superó al de asistentes.

'Empantanados' es un buen título que retrata bien la realidad. También la de la propia coalición Catalunya en Comú-Podem (ECP), fruto de la confluencia del grupo de Colau, la antigua ICV y Podemos. En efecto, Lluís Rabell y Joan Coscubiela, sus portavoces la pasada legislatura, fueron 'purgados' por Ada Colau porque en el imaginario de la alcaldesa de Barcelona formaban parte la 'vieja izquierda' que no entendía la irrupción renovadora de la propia alcaldesa y de Pablo Iglesias.

Así Coscubiela, cuyo discurso contra las leyes independentistas del 6 y 7 de septiembre tuvo gran eco en la opinión pública, fue eliminado de la lista del 21-D. No es que Xavier Domènech o Elisenda Alamany, los nuevos portavoces, carezcan de sustancia, pero la realidad es que ECP —que ya había roto con el PSC en el Ayuntamiento de Barcelona para congraciarse con el independentismo— bajó de 11 a ocho diputados. Y lo peor es que Ada Colau, como demostró el pasado fin de semana con el boicot a Felipe VI, sigue empeñada en hacer causa común con el independentismo.

Coscubiela tuvo el lunes un merecido homenaje en la presentación de 'Empantanados'. Pero el título sirve también para Cataluña y toda España, que corren el riesgo de irse hundiendo en el pantano.

El puigdemontismo impide al secesionismo analizar el fracaso del 28-O y el pacto de una hoja de ruta más realista


Vamos primero a Cataluña. El pacto tan esperado y anunciado de las fuerzas independentistas no acaba de cuajar. Pero lo que ya está claro es que no será un acuerdo que analice y extraiga las lógicas conclusiones del fracaso de la independencia del pasado 28-O y que, desde la Generalitat, plantee una hoja de ruta más realista. Al contrario, será un pacto para repartirse el poder y las migajas (o no tan migajas) del aparato de propaganda—, protestar con energía… y seguir protestando, cuidando mucho de no caer en ningún pecado revisionista contrario al dogma. Un pacto de reparto que no cuestione que —como ya se experimentó el pasado 27-O— la independencia unilateral empujada desde la Generalitat y con el apoyo del 47% de la población es —en la España y en la Europa de principios del siglo XXI— un imposible. Ese reconocimiento se deja solo —Artur Mas ha mostrado el camino— para las visitas al Supremo.

Prisionero de la veintena de diputados puigdemontistas, fruto de la voladura descontrolada de la antigua CDC —que Puigdemont incrustó en la lista de JxCAT—, el secesionismo, bajo la bandera de la legitimidad del Gobierno derrocado, se niega a reconocer la realidad y su único programa es la resistencia (que solo podrá ser menguante) y el señalamiento de los fallos de la España constitucional. A la espera de que algunas de estas contradicciones acaben con el régimen del 78, como los partidos comunistas de antes de la caída de la URSS aseguraban que sucedería con el capitalismo occidental.

Parece que el independentismo está pactando la renuncia parcial de Puigdemont y la candidatura de Jordi Sànchez. Vaya por delante que Sànchez es un dirigente capacitado, que viene de un interesante sector de ICV y al que se aplica injustamente —a mi entender— la prisión incondicional sin fianza antes del juicio. Pero proponer ahora a Jordi Sànchez no es optar por la vía del realismo sino por la de la protesta. ERC, cuyo líder, Oriol Junqueras, también está en prisión sin fianza antes de juicio, insistía en que había que elegir un 'president' que fuera efectivo desde el primer día y dijo que la prisión —al igual que Bruselas— no era conveniente para una presidencia efectiva.

Lo más probable es que la propuesta de Jordi Sànchez acabe embarrancando y que Cataluña siga en el 155. ¿Hasta que se proponga otro candidato que también tenga que cesar cuando se abra el juicio en el Supremo y demostrar así que España es una democracia de baja calidad?

El secesionismo más serio parece haber renunciado así al plan de gobierno realista que exigía ERC y se ha resignado a conseguir lo imprescindible, que Puigdemont renuncie a medias, a formar a trancas y barrancas un Gobierno y al reparto de cargos. Pero ¿para qué? El separatismo se ha quedado sin programa operativo porque se ha visto que la independencia no va. Y ahora la discusión —sobre la que todavía no hay acuerdo— es sobre el llamado 'proceso constituyente'. ¿Una fantasía, un nuevo cuento chino como el de la DUI?

Me temo que el programa operativo va a ser trotskista. De la revolución permanente vamos a pasar a la protesta permanente. Bueno, lo más permanente posible. Contra Felipe VI (en Cataluña y en España hay un fondo republicano dormido con el juancarlismo), contra la España constitucional, contra el bipartidismo del PP y del PSOE. Y contra algo todavía peor, el ascenso de Cs, al que se descalifica como extrema derecha. Sin reparar en que Cs está lejos de la mayoría (36 diputados sobre 135) pero es ya el primer partido de Cataluña.

Y sin analizar que una cosa era la protesta contra Franco, un régimen dictatorial aislado en Europa (y que solo fue efectiva cuando se murió), y otra muy diferente es protestar contra una monarquía constitucional y democrática que es la cuarta economía de la zona euro.

¿Se va a perder en la protesta la energía de Cataluña, que representa el 16% de la población española y es una de las zonas más modernas de España, que concentra la quinta parte del PIB y la cuarta parte de la exportación? Esperemos que no.

La incomprensible parálisis que atenaza al PP y que impide una saludable crisis de Gobierno... para evitar lo peor

Pero lo más grave es que la crisis catalana parece estar arrastrando a la ingobernabilidad a la democracia española. Antes de la intentona secesionista —a finales del primer semestre de 2017—, parecía que la legislatura estaba algo encaminada. Que España superaba el fin del bipartidismo todopoderoso y que Rajoy podía volver a aprobar los Presupuestos de 2018 como ya había hecho con los de 2017. Con un pacto poliédrico con Cs, el PNV y dos minúsculos partidos regionalistas canarios. Algo del Andreotti italiano insuflaba nueva vida al PP y ahí estaba de portavoz el democristiano Méndez de Vigo, colaborador en otro tiempo de Marcelino Oreja, para atestiguarlo. Podemos enfermaba de 'pablismo' y el PSOE de Pedro Sánchez curaba heridas (no sin dificultades) y preparaba su momento.

Pero tras el 28-O todo se ha complicado. Rivera, consciente de su victoria en Cataluña (que tiende a sobredimensionar), tiene prisa, o teme quedar prisionero de un partido declinante, el PNV desea una España estable pero no a costa de su propia inestabilidad, y los dos diputados de los dos partidos canarios —interesantes ambos— no sirven en ausencia de los aliados de peso. La consecuencia es que Rajoy, Soraya y Montoro no pueden aprobar los Presupuestos y que al PP parece que los sondeos le están chupando la sangre.

'Le Monde' titulaba así el lunes unas declaraciones de Albert Rivera: “El Gobierno Rajoy está paralizado”. Y para que lo leyera Macron, al que sueña con imitar, añadía: “Si no hay Presupuesto, no hay legislatura, como el propio Rajoy dijo el año pasado. Un Gobierno aislado, sin presupuestos, sitiado por los escándalos de corrupción, incapaz de aprobar una sola ley, y que es responsable del fracaso de lo que ha pasado en Cataluña, es un Gobierno paralizado. ¿Puede aguantar meses o años como parece pretender? Tiene dos opciones: rectificar y respetar los compromisos con Ciudadanos, o seguir solo… a la deriva”.

Quitémosle la lógica demagogia de todo ambicioso aspirante a La Moncloa, que por otra parte no es superior a la de Aznar con el “más de lo mismo” contra Felipe González, o a la de Rajoy contra el “Zapatero de las ocurrencias”, y la descripción del momento político no está lejos de la realidad.

El presidente del Gobierno, Mariano Rajoy (i), y el ministro de Economía, Luis de Guindos. (EFE)
El presidente del Gobierno, Mariano Rajoy (i), y el ministro de Economía, Luis de Guindos. (EFE)

Es una situación a la que cualquier presidente, sin una malsana confianza en su 'barraka', intentaría hacer frente diciendo que abría una nueva etapa con una amplia crisis de Gobierno, el relevo de ministros quemados como el titular de Interior, y la entrada de personas que pudieran ilusionar (aunque fuera un poco), entre ellas representantes de la sociedad civil catalana capaces de tender puentes…

Pues no. Para frotarse los ojos, Rajoy ha dicho en Túnez que la economía va bien pero que necesita dos semanas para sustituir a Luis de Guindos, un relevo sobre el que ha tenido meses para meditar… Y que no convienen más cambios. Algo de razón puede tener. Si para el de Guindos precisa dos semanas, para seis ministros necesitaría un trimestre. ¡Y con la Semana Santa de por medio!

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