¿Qué propone Joan Tardà?

El secesionismo está obligado a reinventarse entre dos hechos: la derrota de octubre y que el 21-D salvó los muebles

Foto: El diputado de ERC Joan Tardà. (EFE)
El diputado de ERC Joan Tardà. (EFE)

El publicismo oficialista (anterior al 28-O) recurría a menudo a aquella frase gramsciana de que lo viejo no acaba de morir y lo nuevo no acaba de nacer. Atacaba así la decrepitud del autonomismo (de Duran Lleida, de la vieja CiU, del PSC-PSOE y de la ICV de los Coscubielas) frente a la fuerza arrolladora del niño independentista que estaba viniendo al mundo y que con sus lloros hacía temblar los cimientos de la vieja España: la de Felipe II, la de Franco y la del otro Felipe (González) y el condotiero Rubalcaba. ¿Cs? Poca cosa más que algunos tipos raros con aversión a la lengua. No invento, exagero.

Pero este discurso está afectado por un rápido proceso de envejecimiento desde que, exhibiendo el mandato democrático del 47%, la protesta civilizada y masiva de todos los 11 de septiembre desde 2012, y apostando por la simpatía que se acabaría generando en toda Europa (pese a la diplomacia española), Puigdemont proclamó una independencia que ahora ante el juez Llarena —pero también ante Jordi Basté, el Iñaki Gabilondo de la radio catalana— dicen que fue poco más que un gesto romántico y que quizás hubo algo de engaño (Artur Mas). Hubo conspiración, pero lo cierto es que ni se arrió la bandera española del Palau de la Generalitat (ni de ningún edificio) y que el Gobierno insurgente se fue (inquieto, eso sí) de fin de semana, después de que el Senado español aprobara el 155 y Mariano Rajoy, con los poderes del presidente de la Generalitat en el bolsillo, convocara las elecciones autonómicas del 21-D.

Una derrota actúa como la fuerza de la gravedad e inevitablemente acarrera costes y consecuencias

Aquello fue la derrota. Sin combate, pero derrota. Y las derrotas actúan como la ley de la gravedad y tienen costes, unos lógicos y merecidos, otros incluso injustos. Y eso pese a que luego ante las urnas autonómicas —no en la calle ni en ningún proceso rupturista—, el secesionismo lograra mantener su mayoría absoluta. Quizá porque la pulsión de protesta contra un Gobierno poco empático es superior a la separatista.

Pero la derrota —el fin del sueño independentista de las mil y una noche— está ahí. ¿Qué papel puede tener el independentismo, con apoyos fuertes pero no superiores a los de antes, una vez que, sin sublevación fáctica, la independencia ha fracasado y los estados europeos —que bastantes dolores de cabeza tienen— han dictaminado que la desestabilización de España iría contra sus intereses?

El independentismo está ante un problema existencial. Puede insistir en el error. ¿Para qué? Puede reconvertirse. ¿Cómo? Y puede quedar desconcertado y no saber qué hacer ni cómo usar su fuerza política —a no despreciar—, ni qué rumbo emprender.

De repente al separatismo le han salido canas y está desorientado. Pero ¿solo el independentismo? El Gobierno del PP tampoco sabe muy bien qué hacer porque, pese a sus muchos errores, el secesionismo salvó su mayoría. El PP ha quedado trinchado en Cataluña al pasar de 11 a cuatro diputados y tener menos electores que la CUP, y ello daña su prestancia en toda España. Cs se ha convertido en el primer partido, con Inés Arrimadas, inmigrante que habla un catalán perfecto, pero con el 25,4% del voto su victoria es poco operativa. El PSC ha aguantado y ha subido algo, pero mucho menos de lo esperado. La solución tercera fuerza triunfa en las encuestas, luego los electores la votan menos. Y los comunes han retrocedido, pese a que Ada Colau se creía con mucho mayor empuje que los Lluís Rabell y Joan Coscubiela, viejos obreristas del siglo XX. Además, aunque todos los no independentistas —desde el PP hasta los neocomunistas de Colau— se pusieran de acuerdo (imposible), no tendrían mayoría.

Ni el separatismo ni el constitucionalismo pueden instalarse en el empate pensando aquello de "el año que viene en Jerusalén"

El constitucionalismo (más Colau) puede refugiarse —al igual que el secesionismo— en aquello de “el año que viene en Jerusalén", pero ya llevamos demasiadas elecciones en las que —pase lo que pase— los bloques (que no son bloques) se agitan por dentro pero sus fronteras exteriores permanecen.

¿Está Cataluña —y por lo tanto España— condenada al aire espeso y viciado del bloqueo permanente? Es significativo que Miquel Roca, que tiende a ver el vaso medio lleno, haya escrito en su columna de 'La Vanguardia': “Cataluña está alargando el 'procés' en las discrepancias internas y empobreciéndose la argumentación de los que se oponen. Se tira adelante sin dirección y se frena sin proyecto alternativo. Todo sigue igual, es decir, peor. El tiempo, en este caso, no lo cura todo, sino que, al contrario, tiende a poner el problema fuera de control. Ahora el mundo político ha perdido el control, que está siendo sustituido por la lógica judicial… Todo es coyuntura, todo es puntual, todo está instalado en la más absoluta de las provisionalidades”.

Viendo que el independentismo —supeditado a la CUP desde 2015 y con luchas internas cada vez más visibles y menos justificables— propone, más de dos meses después del 21-D y tras el serial Puigdemont, a Jordi Sànchez, preso en Soto del Real, como próximo 'president', pese a que no tiene los votos para ser elegido (la CUP ha dicho que no le votará), es evidente que Roca tiene razón: “Se tira adelante sin dirección”. En la esperanza de que el juez Llarena no le autorice a ir al Parlamento, no pueda ser votado y se visualice que el separatismo, pese a estar desnudo, sabe protestar. O a la espera de que algún milagro (o tortuosa negociación bajo cuerda) haga que la CUP cambie de posición, diga que votará a Sánchez y el Estado español quede todavía peor.

Cataluña seguirá sin 'president 'y sin Gobierno. Y tras los capítulos Puigdemont y Sànchez entraremos en el de Jordi Turull, todavía más gris. ¿Puede Turull ser investido y poco después ser inhabilitado por el Supremo? Quizá sí que el separatismo fracasado y revalidado en las urnas se está convirtiendo en lo viejo que no acaba de morir.

Pero ¿lo nuevo es solo una repetición electoral con resultados similares? Las peleas intestinas no harán ganar votos al independentismo, pero la procesión de políticos separatistas por los tribunales —y la falta de propuestas realistas del PP (bastante tocado), del PSOE (que huye del terreno movedizo) y de Cs (gallito)— no aumentará los votos constitucionalistas. ¿Mismos resultados, menos participación?

¿El artículo de Tardà indica que ERC ya no excluye en el futuro un Gobierno transversal en la Generalitat?

¿Puede emerger algo nuevo diferente? Miquel Iceta cree que con la polarización actual no habrá solución. Media Cataluña —la que sea— no puede imponerse a la otra media. Y menos si tiene en contra al Gobierno de Madrid y ninguna simpatía en Europa. Cree que será necesario —cuando se pueda— algún grado de transversalidad, pero que eso será muy complicado porque al separatismo —tras haber ganado el 21-D— le resulta muy difícil rectificar. De ahí la tentación 'puigdemontista': agitar desde la isla la estelada a la espera del milagro: que algún barco amigo la vea y acuda en socorro. ¿Putin? O que España se convierta o se suicide.

Pero en el secesionismo hay vida inteligente. Como en el PP, pese al Aznar de las Azores y la boda de El Escorial. Y si hay un político independentista radical pero reflexivo y poco improvisado, es Joan Tardà. El maximalista, pero “buena persona” (así lo definió José Bono, entonces presidente del Congreso, para defenderle cuando aquello de “matar al Borbó”), que hace poco dijo en la tribuna del Congreso: “Nosotros [los catalanes] nos vamos [de España], ustedes allá se las compongan”, no es —a la vista está— profeta, pero tiene gran autoridad moral en ERC y el secesionismo. Y no viene de la llamada 'Cataluña carlista' (la del interior) sino del PSUC y el cinturón industrial de Cornellà de Llobregat (la ciudad de la que fue alcalde José Montilla).

Hace poco afirmó que lo urgente era que hubiera un 'president' y un Gobierno legal y efectivo en Cataluña. Y que quizá Puigdemont no lo podría ser… y Roger Torrent aplazaba la investidura del exiliado de Bruselas. Ahora Puigdemont ya ha renunciado y Tardà ha publicado —dos días después del signo de impotencia de que la CUP vetara a Sánchez— un artículo en 'El Periódico de Cataluña' sosteniendo que los republicanos deben abrir un diálogo con no independentistas como los comunes e incluso el PSC, acusado de ser cómplice del 155. Y Tardà, que al contrario que Rufián no es un francotirador, no expresa su opinión sino la de la dirección de ERC. El portavoz de ERC en el Parlamento catalán, Sergi Sabrià, dice que el artículo de Tardà es “junquerismo puro”.

¿Qué significa pues el artículo? Como mínimo es una señal de que las cosas se mueven. Y los ataques en las redes confirman que estamos ante una ruptura del dogma de que fuera del independentismo no hay salvación. Decir que hay que hablar con “los submarinos del PSOE” es heterodoxia pecadora.

Incluso se puede ver un globo sonda para la formación de un Gobierno transversal (ERC, PSC y ECP) si el pacto independentista acaba fracasando. ¿Estamos ante un niño —un Gobierno transversal— al que le cuesta nacer? No lo creo. En todo caso, ante un óvulo todavía no fecundado.

Primero porque numéricamente ERC, PSC y ECP suman 59 escaños, lejos de la mayoría absoluta. E Iceta ha puntualizado que está dispuesto a hablar de todo para formar un Gobierno legal en Cataluña, no para ninguna aventura secesionista, y menos dirigida desde Bruselas. ¿Puede ir evolucionando ERC hacia un programa independentista a largo y posestatutario a corto? Algo así fue el intento con Maragall y Montilla de 2003 a 2010, pero ha llovido mucho desde entonces. Además, para llegar a 68 diputados se necesitaría la docena de diputados del PDeCAT que son socios de Puigdemont en JxCAT y que los de ECP (Ada Colau y Xavier Domènech) estigmatizan como la derecha intocable.

Hoy por hoy este pacto es imposible. Pero Tardà avisa. Por si no hay 'president', está finalizando el plazo de dos meses que todavía no ha empezado a correr, y la prioridad es evitar unas nuevas elecciones. Y también puede ser que lo nuevo —que no sería ilusionante sino un multipartito de conveniencias— no se concrete hasta después de la repetición electoral.

Atentos a Tardà. La heterodoxia es desinfectante y quizá preanuncie una revisión.

Confidencias Catalanas

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