¿Juega Puigdemont a observar a Llarena?

Hacer elegir un 'president' sumiso que convoque elecciones cuando se decida desde Berlín es una posible opción

Foto: Elsa Artadi y Antoni Morral, de JxCAT, al finalizar un pleno del Parlament. (EFE)
Elsa Artadi y Antoni Morral, de JxCAT, al finalizar un pleno del Parlament. (EFE)

¿Cuál pudo ser el motivo por el que Puigdemont, a finales de la semana pasada, desmontó la operación Elsa Artadi que, para ponerles las cosas fáciles y que renunciara a convocar elecciones, Jordi Sànchez, ERC y parece que incluso el PDeCAT (al que Artadi no gusta) le habían preparado?

Puigdemont ignoró el planteamiento y en la reunión de diputados de JxCAT del sábado solo se acordó insistir en su investidura. Pese a saber que era imposible. Elsa Artadi dijo el domingo que había una “ventana de oportunidad” desde la publicación de la nueva Ley de Presidencia hasta el momento en que fuera suspendida por el Tribunal Constitucional. Había que aprovechar dicha ventana. Pero sabía que no existía, ya que el DOGC (el diario oficial) es del 155 y no iba a publicar la ley hasta recibir permiso. Hoy se reúne el Consejo de Ministros para impugnarla. Lo más probable es que el jueves el TC admita el recurso a trámite y la ley quede suspendida. Hasta entonces, no se habrá publicado.

¿Entonces, por qué? Puigdemont quería demostrar que solo él tiene la última palabra y que no se pueden tomar iniciativas sin su consentimiento. Ni a su favor. Ha sido un paso mas en la opa que, con sus 15 diputados incondicionales y el mito del presidente legítimo y exiliado (que, recordemos, tuvo menos votos que Arrimadas y solo 13.000 más que Junqueras), quiere lanzar sobre todo el movimiento independentista. Al PDeCAT, que lo quiso utilizar para no perder el 21-D, ya lo tiene casi entre sus redes porque JxCAT está sometido. ERC se resiste —y Joan Tardà habla claro—, pero Puigdemont se ha embarcado en la idea de aparecer, desde Bruselas o Berlín, como el independentista menos pactista. Justo el papel que Junqueras jugó contra Artur Mas. Y el que no admite la derrota. Pretende así que ERC —que acepta la realidad del 155, pues todo el independentismo fue a las elecciones del 21-D— aparezca como una fuerza acomodaticia. Como los que Arzalluz definió una vez como “los michelines” del PNV. Los Urkullu y Ortuzar que ahora gobiernan y que exprimen bien la autonomía vasca mientras que los que han querido ser los Arzalluz catalanes están fugados o en la cárcel.

Consolidar los dos bloques impenetrables favorece a los más reacios al compromiso

El segundo motivo es solidificar los bloques. Hacer votar una Ley de Presidencia 'ad hoc' e intentar volver a ser investido solo puede irritar a toda la oposición, que es la mitad de Cataluña, máxime cuando el propio Consell de Garanties Estatutàries —elegido por el propio Parlamento de Cataluña— ha dictaminado por unanimidad que dicha ley viola el Estatut, es inconstitucional y no se puede aprobar en lectura única porque daña los derechos de la oposición.

La solidificación de la dinámica de bloques —que ya rige desde hace años— tiende a fortalecer a los que dentro de cada bloque se muestran más desconfiados o reacios a los compromisos. A los puigdemontistas, contra ERC y la dirección del PDeCAT dentro del independentismo. Y a Cs, frente al PSC y ECP (En Comú Podem) entre los no independentistas o constitucionalistas. En este sentido, merece atención que Albert Rivera acuse de laxitud frente al independentismo al propio Rajoy por algo tan comprensible como no querer quitar ahora la delegación de voto a Puigdemont y a Comín, que son necesarios para que los secesionistas puedan elegir —si quieren— 'president' sin permiso de la CUP. O sea, para que no haya elecciones anticipadas.

¿Quiere Rivera elecciones anticipadas en Cataluña? Desde el punto de vista partidario, se puede entender porque desde las legislativas de junio de 2016 ha subido nada menos que 10 puntos, según la encuesta del CIS de ayer. Y el triunfo de Arrimadas el 21-D le ha ayudado. Pero si lo que se quiere es pacificar el conflicto catalán y normalizar la situación, el juicio puede ser muy distinto.

Y lo mismo cabe decir de la iniciativa de condecorar a las fuerzas de seguridad enviadas a Cataluña antes del referéndum del 1 de octubre. No es que no se lo puedan merecer. Es que si desde un bando se jalea a las fuerzas de seguridad —que por incompetencia de los mandos tuvieron una actuación muy discutible el 1-O— y desde el otro bando se van bautizando plazas y calles con el nombre del 1-O (como si fuera el 14 'juillet' francés), es obvio que solo se incrementará el fuerte divorcio moral —hasta ahora aguantado civilizadamente— de la sociedad catalana.

Del Bosque dice que no era un partido de fútbol y que se tenía que buscar el empate

En este sentido, 'El Mundo' publicó el sábado un interesante diálogo entre Vicente del Bosque y Joan Manuel Serrat sobre la crisis catalana. Serrat decía: “Entre quienes deberían estar preocupados por tender puentes, observo desprecio, silencio y negación de la evidencia”. Y el gran entrenador de la selección española le respondía: “En esta disputa, todos han querido ganar a toda costa, pero no era un partido de fútbol, había que intentar empatar”. Parece mentira que un entrenador de fútbol y un cantautor de éxito tengan más sentido de Estado que muchos dirigentes políticos de primera división.

Pero Puigdemont tiene más motivos. Su interés no es recuperar cierta normalidad institucional para hacer progresar sus objetivos políticos de forma menos traumática, sino aprovechar el conflicto y la anormalidad para elevar todavía más el grado de conflictividad. A la espera de una situación explosiva y que la UE imponga una negociación entre iguales que acabe en la independencia de Cataluña. O sea, para que suceda todo lo que ya se vio que no pasaba el 27-O. Puede parecer un imposible, pero muchos puigdemontistas piensan que podría pasar. Con la ayuda del llamado teorema Forcadell, que el Estado español meta la pata, lo que no sería la primera vez que sucediera.

¿Elecciones anticipadas en el momento en que se convoque el juicio en el Supremo?


En este sentido, Lola García, directora adjunta de 'La Vanguardia', apuntaba el domingo una hipótesis a no despreciar. Puigdemont elegiría un candidato sumiso —se habla insistentemente del exalcalde de Cerdanyola Antoni Morral, que viene de Izquierda Unida pero es de familia convergente de toda la vida— cuya misión sería ocupar la Generalitat y seguir las directrices de Puigdemont. Esperando solo el momento oportuno para una convocatoria electoral que pudiera dar una gran victoria al independentismo.

¿Cuándo? Sabido es que en Cataluña el independentismo suma el 47% pero que la prisión incondicional sin fianza de los líderes separatistas no es aprobada por nada menos que el 83% de los catalanes, según la última encuesta de 'El Periódico' (22 de abril). Se podría tratar pues de convocar elecciones en el momento en que se abriera el juicio oral contra Junqueras, Sànchez, Turull… Planteando la dicotomía: o con los políticos catalanes presos o con la Justicia represiva española.

Puede parecer ciencia ficción, pero es un escenario que para muchos puigdemontistas debe tener un alto componente épico y patriótico. Y con alguna ventaja práctica. ¿Cómo se podría oponer entonces ERC a una lista conjunta patriótica para salvar a unos presos —Junqueras el primero— injustamente tratados? La opa de Puigdemont sobre el PDeCAT que Salvador Illa, el secretario de Organización del PSC, denunciaba el domingo estaría así consumada. Y si el juez Llanera es diligente, bastante antes de las municipales de 2019.

Y también pudiera ser que, si la CUP no se abstuviera y votara en contra del candidato —o por cualquier accidente—, se frustrara el plan D y hubiera nuevas elecciones. No creo que sea la opción preferida por Puigdemont, pero —como advierte Joan Tardà— si juegas con fuego, te puedes quemar.

Confidencias Catalanas

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