Noticias de Cataluña: ¿Puede triunfar un disco rayado?

¿Puede triunfar un disco rayado?

Quim Torra propone insistir en los objetivos fracasados el 27-O y prometiendo que ahora los resultados serán diferentes

Foto: El candidato Quim Torra de JxCAT. (EFE)
El candidato Quim Torra de JxCAT. (EFE)

La nominación de Quim Torra como candidato por parte de Carles Puigdemont fue la confirmación de que la opa del 'expresident' sobre el secesionismo ha avanzado mucho. La elección de un nuevo presidente de la Generalitat no debía servir para recuperar las instituciones catalanas y explorar caminos de normalización y negociación, sino para continuar la guerra de guerrillas contra el Estado español (aprovechando sus fallos, que no son pocos) y seguir enarbolando la bandera de la independencia. Se ha impuesto, al menos formalmente, la tesis Puigdemont: negociar con España, sí, por descontado, pero de gobierno a gobierno, de igual a igual, y con la intermediación de Europa.

Es algo difícilmente factible, pero que según la encuesta del CEO del pasado viernes el 48% de los catalanes considera deseable. Y con estos parámetros, Quim Torra, era el mejor candidato. Porque es un independentista radical y con alguna tendencia al integrismo, no está desprovisto de cultura (la suya), y está dispuesto a subordinarse al "poder legítimo" (Puigdemont).

Quim Torra se aferra al mandato independentista del 1-O en su discurso de investidura

El discurso de ayer solo sorprendió pues por lo directo. Como subrayó Inés Arrimadas, combativa pero más contenida que Albert Rivera, no hubo ni un gesto integrador hacia los que no comulgan con sus ideas. Con tono pausado, aire reflexivo y conceptos a veces estrafalarios, Quim Torra dejó claras sus prioridades. Primera, el presidente legítimo es Puigdemont. Segunda, la situación es excepcional y será un presidente provisional, hasta que se elija a Puigdemont. Tercera, el programa es recuperar las leyes de la pasada legislatura y conseguir lo votado en el referéndum del 1 de octubre: la independencia. Cuarta, España es una democracia adulterada (cada día más) por la represión y la situación de los presos políticos. Afirmó sin rubor que "Cataluña está en una situación de crisis humanitaria". Quinta, la batalla será ganada finalmente en los tribunales internacionales porque España es un estado fracasado. Sexta, con carácter inmediato se creará un comisionado para que se reparen los destrozos originados por el 155. Séptima, con la máxima participación ciudadana se pondrá en marcha un proceso constituyente.

Son objetivos imposibles. Porque ya se intentaron en la pasada legislatura y fracasaron estrepitosamente. ¿Qué podría hacer que ahora, con una mayoría independentista reducida, un gobierno de Rajoy presionado por Cs para endurecer la aplicación del 155, y una UE que ha reafirmado su oposición a los independentismos, la hoja de ruta tuviera un desenlace menos traumático? Creer en las propias ideas es un indicativo de coherencia, no saber sacar las conclusiones más elementales de lo que acaba de suceder, solo demuestra fanatismo o estulticia. O las dos cosas a la vez. Por eso en algún momento el discurso de Torra sonó como un disco rayado que se volvía a poner en marcha.

El independentismo desprecia a la mitad de Cataluña al afirmar que el 47% representa la voluntad de todo el país

Lo más grave de Torra no es solo que apuesta por prolongar la grave crisis política y moral en la que está instalada Cataluña desde el 2010, con la sentencia del Constitucional sobre el Estatut del 2006, y que desde entonces se ha ido agravando implacablemente, sino que se cree la propaganda propia y se niega a ver la realidad.

Torra predica que estamos solo ante un conflicto entre Cataluña y el Estado español. Algo de eso hay y ahí está la fuerte tensión que generó en toda España el Estatut aprobado por el parlamento catalán en el 2006. Pero el conflicto de hoy —propaganda aparte— no es solo entre el gobierno de Cataluña y el de España sino básicamente un duro choque en una Cataluña partida en dos mitades que piensan de forma no solo diferente sino contraria y en la que un mínimo del 50% se sienten catalanes y españoles. En tres elecciones consecutivas (2012. 2015 y diciembre del 2017) el independentismo ha demostrado su fuerza porque ha tenido el voto del 47% y mayoría absoluta en el parlamento. Pero el 47% no es el 66% ni, menos, toda Cataluña y Torra —como antes Artur Mas, Oriol Jonqueras o Puigdemont— hablan como si tuvieran detrás un pueblo unánime.

Y estamos lejos, muy lejos, del mito de la Cataluña unánime y del llamado mandato democrático. Tan lejos qué para aprobar las leyes de referéndum y desconexión de setiembre del 2017, el independentismo tuvo que violar el propio Estatut que por voluntad de los catalanes —nada de imposición de Madrid— estableció que determinadas leyes (la electoral, la de reforma estatutaria) por su gran relevancia necesitaban ser aprobadas por una mayoría de dos tercios que el separatismo nunca ha alcanzado.

Creer que con el 47% de los votos se puede decir, proclamar, y exigir la separación de Cataluña de España fue, desde el primer momento, bastante descerebrado. Quizás solo se explica por la lucha fratricida entre CDC y ERC por ser la primera fuerza del catalanismo (y por eso Puigdemont no convocó elecciones el pasado 27-O, porque no quería que ERC ganara). Pero insistir en ello después de mas de siete meses de intervención de la Generalitat indica que el desequilibrio de los dirigentes independentistas es superior al previsto.

Miquel Iceta ve en Torra un presidente "rebajado" y le insta a dejar vía unilateral

En este sentido, el reproche de ignorar la voluntad del 52% de los catalanes que no vota independentista, las intervenciones tanto de Inés Arrimadas (Cs) como de Miquel Iceta y Xavier Doménech fueron contundentes y coincidentes. Y es ilustrativo que no merecieran ninguna atención por parte de Torra. Claro, ningún obispo ponía en duda el dogma de la infalibilidad pontificia.

En el discurso del candidato, la bandera que ondeaba más no era ya la estelada sino el lazo amarillo de protesta por los presos

Pero que todo esto pueda estar pasando sin dañar la popularidad del independentismo —ahí están los resultados del CEO del viernes— indica también que el Estado ha sido bastante torpe al encarar lo sucedido el 27- O. Y no me refiero tanto a la aplicación del 155 por el gobierno Rajoy, con elecciones en el plazo más corto posible, ni incluso a las investigaciones del Supremo (las leyes deben cumplirse) sino al hecho de aplicar unas medidas duras y excepcionales de prisión provisional pero incondicional y sin fianza a unos delitos cuya tipificación (el juez Llarena lo acaba de admitir) es muy opinable. Los delitos —si los hay— deben ser perseguidos, claro, pero una interpretación maximalista de las normas penales contra unas personas que tienen el apoyo del 47% de la población de un territorio es otra cosa. Los tribunales deben actuar, pero con prudencia al abordar los conflictos políticos que no se resuelven en los juzgados sino a través de la negociación y el pacto.

Arrimadas ve Torra "más radical" que Puigdemont y un "peligro" para Cataluña

Y gran parte de la argumentación de Torra se basó en la necesidad de protestar contra la prisión de los dirigentes independentistas. El objetivo era la independencia pero la bandera que exhibía más no era la estelada de la independencia, sino el lazo amarillo de protesta por quienes están en prisión provisional sin fianza.

Pero la falta de perspectiva de Torra no solo es respecto a Cataluña (el apoyo del 47% no es el de toda la población), o respecto a España (ignorar que la Constitución actual es el mayor éxito de su historia moderna), sino también respecto a Europa. Dijo que no hay proyecto europeo sin Cataluña como no hay proyecto catalán sin Europa. Es simplemente confundir los buenos deseos con la realidad. Desde la creación de las primeras instituciones europeas, a principios de los cincuenta, transcurrieron casi cuatro décadas (hasta 1986) en las que el proyecto europeo nació y avanzó sin Cataluña. Y sin España.

Torra no es un buen candidato. Y ERC se ha dejado arrastrar a apoyar a alguien que está lejos de compartir el análisis crítico que prepara para su próximo congreso y que Joan Tardá ha defendido públicamente. El discurso ayer de su portavoz, Sergi Sebriá, fue flojo. Pero ERC tiene razón en una cosa. Es mejor que Cataluña tenga un presidente y un gobierno que prolongar la crisis, sin instituciones catalanas que deban rendir cuentas, y con una campaña electoral crispada que agravaría el divorcio interno catalán y no ayudaría a la estabilidad de España. Además, un gobierno aunque solo quiera crear conflictos estará obligado a gobernar y tomar decisiones. Y gobernar inclina a discutir problemas concretos y a tener que tocar la realidad. Por último, Puigdemont y Torra intentarán marcar la línea política pero no será un gobierno monocolor. En el independentismo hay gente —empezando por políticos del PDeCAT y de ERC— que saben (o han aprendido) que el simplismo antiespañol es una estulticia.

Torra puede no ser elegido el lunes si en la CUP no se creen su promesa de desobedecer a las instituciones del Estado

Miquel Iceta puso ayer el dedo en la llaga. Torra dijo que tres investiduras de tres diputados elegidos democráticamente —las de Puigdemont, Jordi Sànchez y Jordi Turull— habían sido impedidas por el Estado español. E Iceta le contestó que no solo era el Estado español el que las había impedido, sino que el propio parlamento de Cataluña había decidido —inteligentemente— no desafiar al Estado. ¿Cómo entonces pueden insistir en un programa cuyo punto fundamental, la independencia, obligará al parlamento de Cataluña a desobedecer al Estado? A hacer lo que recientemente no ha hecho en los tres casos que Torra exhibe como prueba de que España no es una democracia. ¿El mensaje es "estamos obedeciendo reiteradamente ahora, para rebelarnos mañana"?

Eso es seguramente lo que discutirá la CUP en su asamblea de hoy. Se les propone apoyar con una abstención a una coalición que promete rebelarse contra el Estado pero que desde la aplicación del 155 le está obedeciendo. Esperemos que en las CUP prime el verbo revolucionario sobre la coherencia, porque, caso contrario, considerarían a Torra un impostor y votarían en contra.

Y pese a todo, que Torra no fuera elegido y se tuviera que ir a nuevas elecciones no sería lo mejor ni para Cataluña ni para España.

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