Sánchez no quiere ser un pato cojo

El 65% de los españoles aprueba el cambio de Gobierno, pero el líder socialista sabe que no debe ser visto como un presidente provisional

Foto: El presidente del Gobierno, Pedro Sánchez (c), acompañado por los presentadores Ana Blanco (d) y Sergio Martín, al comienzo de la entrevista que concedió a TVE. (EFE)
El presidente del Gobierno, Pedro Sánchez (c), acompañado por los presentadores Ana Blanco (d) y Sergio Martín, al comienzo de la entrevista que concedió a TVE. (EFE)
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En 15 días, desde el 25 de mayo, cuando Pedro Sánchez presentó la moción de censura, hasta el 10 de junio, cuando tras la formación del nuevo Gobierno socialista el 'ABC' publicó la encuesta de GAD 3 que colocaba al PSOE como primer partido, España ha sufrido un cambio político y de expectativas descomunal.

La encuesta de 'El Periódico de Cataluña' del pasado domingo lo ha confirmado. El pasado abril, la encuesta del rotativo catalán situaba a Ciudadanos como el primer partido, con el 28% de estimación de voto y 114 diputados, bastante por delante del PP y del PSOE, con 82 y 79 escaños respectivamente. Ahora todo se ha invertido. El PSOE es el primer partido, con un 28,6% de estimación de voto, seguido de Cs, que baja casi seis puntos, hasta el 22,8% y 80 escaños, y del PP, que, pese a haber perdido el poder, mantiene su estimación de voto (21%) y se queda algo por delante de Cs en escaños (83). Además, Sánchez es ahora el líder político más valorado con un 4,9 (4,7 en Cataluña), superando a Albert Rivera (4,3), que había ocupado esa posición durante varios meses. Pedro Sánchez es también el líder más calificado por sus electores, y el PSOE, con un 68%, el partido con más fidelidad de voto. ¿Qué ha pasado?

Una elemental interpretación es que en España había un fuerte deseo de cambio cuando en 2015 y 2016 el PP consiguió ser el primer partido —seguramente porque la economía ya crecía al 3% y se creaba empleo—, pero no solo perdió su anterior mayoría absoluta de 186 diputados, sino que se quedó muy lejos de ella, cayendo a 123 en 2015 (137 en 2016). Entonces, el deseo de cambio resultó frustrado porque la investidura de Sánchez (pactada con Rivera) fue boicoteada por Pablo Iglesias y los partidos nacionalistas, que al no secundarla se alinearon con Rajoy.

Pero el deseo de cambio por los casos de corrupción que rodearon al PP y por la no resolución de la larga crisis catalana tras el 155 y las elecciones del 21-D, que reafirmaron la mayoría independentista, no solo siguió vivo sino que se incrementó. Entonces, Albert Rivera encarnó el cambio factible por dos motivos fundamentales. Porque era un partido nuevo y joven con credibilidad de lucha contra la corrupción y porque su victoria en Cataluña —donde, pese a la victoria independentista, la candidatura encabezada por Inés Arrimadas se convirtió en la primera fuerza— hizo más creíbles las propuestas (algo simples) de Cs para resolver la crisis catalana.

El nuevo Gobierno es el cambio factible que era el oscuro objeto del deseo de la sociedad española desde 2015, cuando el PP perdió 63 diputados

Pero, de repente, la sentencia de la Gürtel y la moción de censura socialista —las encuestas del CIS dicen con rotundidad que la corrupción preocupa mucho más a los españoles que la independencia de Cataluña— cambiaron la ecuación política. Y el éxito de la moción, no exento de cierto malabarismo —Sánchez tuvo el apoyo de las fuerzas que se lo habían negado hace dos años—, más la sorprendente formación de un Gobierno con aire moderno y ministras/os muy cualificadas hizo que el cambio de la ecuación fuera radical. A ello también ha debido ayudar que Rivera —con un cálculo comprensible pero no inteligente— no solo no se abstuvo, sino que votó contra la moción, haciendo ahora el papel de Pablo Iglesias en 2016 (pero ineficaz) y rompiendo su discurso de tolerancia cero con la corrupción.

Sea como sea, la realidad no es solo que el PSOE es el primer partido y Pedro Sánchez el líder más valorado, sino que el 65% de los españoles y el 80% de los catalanes aprueban el cambio de Gobierno nacido de la moción de censura, una disposición constitucional que hasta ahora nunca había sido efectiva y que evidentemente no da la misma legitimidad que haber ganado unas elecciones. Pedro Sánchez ha sabido abrir una ventana de oportunidad —como acertadamente ha definido Antón Costas—, pero los españoles son realistas. Hay ahora un, hasta hace poco tiempo impensable, viento favorable a Pedro Sánchez —incluso en ambientes que le eran muy hostiles y que lo veían como un socialista de tendencias podemitas—, pero no hay luna de miel con Sánchez como en los primeros tiempos de Felipe González o de Zapatero, cuando en 2004 retiró las tropas de Irak.

La prueba es que en la encuesta citada hay más gente escéptica sobre que el nuevo Gobierno gestione bien el país (55%, y 60% en Cataluña) que confiada. Respecto a la mejora de la economía, la desconfianza es mayor, y todavía la supera el escepticismo sobre la resolución del conflicto catalán (68% en España y 82% en Cataluña). Pero Pedro Sánchez es un político combativo (lo ha demostrado) y no está dispuesto a perder su ventana de oportunidad. Para tener éxito, necesita gobernar un poco y —con la ayuda de un buen equipo— encauzar algunos problemas. Y para ello, lo primero es no parecer un pato cojo, un político que tiene poco tiempo como los presidentes americanos al final de su segundo mandato. O como mínimo no definirse a sí mismo como un pato cojo.

No acierta Albert Rivera cuando dice que Sánchez quiere “atrincherarse” en La Moncloa. Hay contradicción (no total, porque en el juego malabar nunca concretó) con lo que dijo en la moción de censura, pero sabe que la primera condición para poder salir adelante es no ser identificado como un pato cojo. Por eso, y aprovechando que su Gobierno tiene hoy por hoy credibilidad y bastante prestigio, lo primero que dijo en la entrevista del lunes en TVE es que quería agotar la legislatura. Sabe que puede salirse, o que puede perder, pero que si pone una fecha electoral, toda la política girará hacia la campaña y se convertirá en un pato cojo. Por eso proclama que quiere acabar la legislatura, lo consiga o no lo consiga, y lo cierto es que el desconcierto de Rivera al descubrir que la política de mano dura con el independentismo no es un milagroso talismán, la lucha interna en el PP que no se sabe cómo acabará y la actitud menos radical de Pablo Iglesias le pueden ayudar.

Las entrevistas del domingo a tres ministras indican que no piensan en un Ejecutivo que durante el verano gestione los asuntos aburridos

Además, intentar agotar la legislatura tiene una lógica interna implacable. No se forma un Gobierno como el que Pedro Sánchez ha tejido para despachar los asuntos pendientes poco importantes. Pedro Sánchez no tiene vocación de Portela Valladares. Basta leer las entrevistas de tres relevantes ministras el domingo pasado para darse cuenta. En 'El País', Nadia Calviño, la directora del equipo económico, dejaba claro que no se puede poner en peligro el ciclo expansivo de la economía con fantasías socialistas sino que hay que seguir la estabilidad presupuestaria recomendada por Bruselas y por el BCE, porque dentro del euro —ni Tsipras se atrevió a salir— es la única posible. Puntualizando, eso sí, que “nuestra aspiración no puede ser un modelo de crecimiento basado en caídas salariales y aumentos de la productividad por la pura destrucción de empleo. Hace falta un crecimiento sólido, pero también compatible con salarios adecuados y empleos de calidad”.

Vamos a Margarita Robles, a veces polémica, que preguntada por las razones que le habían hecho mantener la cúpula militar y el jefe del CNI seleccionados por Dolores de Cospedal y Soraya Sáenz de Santamaría, respondía: “El Gobierno considera que Defensa es un ministerio de Estado en el que no debe haber un posicionamiento partidista. Entendemos que la actual estructura militar está realizando su trabajo con lealtad a España y a los valores constitucionales”. Además, demostrando poco miedo a la asilvestrada prensa de derechas, no dudaba en declarar a 'El Mundo' respecto a los presos catalanes: “Si el juez no tiene que tomar ninguna decisión sobre diligencias procedimentales, creo que deben estar lo más cerca posible de su familia”.

Dolores Delgado acierta. La gran asignatura pendiente es desinflamar la relación con Cataluña

Vayamos a la nueva ministra de Justicia, Dolores Delgado. El domingo, mi crónica se titulaba "Apuesta catalana: bajar la tensión". Me alegré al ver que la ministra confirmaba el análisis, pero me sorprendió que acertara más en los términos al facilitar un rotundo titular: “Hay que desinflamar la relación con Cataluña”. ¡Qué acierto el verbo desinflamar! Y la ministra da en el clavo al afirmar algo poco escuchado y nada sectario: “La situación que se vive en Cataluña es una de las grandes cuestiones (…) el nivel de tensión es tan elevado que cualquier aproximación desde uno u otro lado genera dolor (…) es como una contractura que ha llegado a tal extremo que cualquier movimiento duele (…) lo primero que hay que hacer es descomprimir, destensar, desinflamar, conseguir un clima de acercamiento que no genere dolor por ambos lados (…) Cada aspecto del conflicto tendrá su camino y su resolución. La vía judicial seguirá su curso y es en las otras donde el diálogo y la transparencia son fundamentales. Las aproximaciones no solo pueden venir de una parte. Han de venir también de la otra, en un conflicto muy complejo. Hay muy poco tiempo, pero hay que hacerlo”.

El presidente del Gobierno, Pedro Sánchez, y la ministra de Justicia, Dolores Delgado. (EFE)
El presidente del Gobierno, Pedro Sánchez, y la ministra de Justicia, Dolores Delgado. (EFE)

Si un ministro de Educación dijo aquello de “españolizar a los niños catalanes” (sin que el presidente de Gobierno le llamara al orden) y llegamos donde llegamos, quizá la reflexión de la actual ministra de Justicia pueda conducir a mejor puerto.

Quien lea detenidamente estas tres entrevistas comprenderá inmediatamente que estas tres ministras no piensan en haber dejado el cargo por Navidad. Y lógicamente quien las ha puesto sabe que no puede ser un pato cojo. Aunque el refrán español a veces acierta al sentenciar que del dicho al hecho hay mucho trecho.

Confidencias Catalanas

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