¿Cómo sienta al independentismo su primer mes con Pedro Sánchez?

La cumbre del 9 de julio puede ser el inicio del deshielo, pero los últimos gestos de Torra hacen temer que apueste por que el encuentro sea un fracaso

Foto: Rueda de prensa de Pedro Sánchez en Bruselas. (EFE)
Rueda de prensa de Pedro Sánchez en Bruselas. (EFE)

Ha pasado ya un mes desde el triunfo de la moción de censura. ¿Cómo ha afectado este corto espacio de tiempo a los principales actores políticos? Resumiendo, podríamos decir que al PSOE le ha subido la moral y la popularidad. Una reciente encuesta de El Periódico de Cataluña (y no es la única) le da como partido ganador con 120 diputados (40 más que el PP y Cs) y Pedro Sánchez releva a Albert Rivera como el político más valorado. Pero ahora, tras una casi impecable formación de gobierno y un mes esplendoroso, empieza a notar la incomodidad de gobernar solo con 85 diputados sobre 350 y sin ningún pacto sólido. Querer satisfacer a Podemos ofreciéndole —a medias— el mando en TVE ha sido hasta el momento su único (pero no pequeño) revés.

Fallar en la imagen de levantar el control político de TVE —algo en lo que no fracasó Zapatero— ha sido grave. Y lo peor es que este error era en parte inevitable porque a 85 diputados hay que sumarle un grupo más numeroso que el PNV o ERC (tampoco indicada con Junqueras en Estremera). Y porque Pablo Iglesias ha podido moderarse, pero hemos vuelto a comprobar que en su ansia de protagonismo (y en la capacidad de indiscreción) es inasequible al desaliento. Ya lo demostró en los primeros meses del 2015 cuando no dudó en proclamar —haciendo que el pánico recorriera la espina dorsal del empresariado— que exigiría al PSOE el control del CNI. Pablo sigue siendo Pablo. Que lo sufra Errejón. ¡Qué le vamos a hacer! Otra cosa es Pedro Sánchez.

Salvo Soraya, los candidatos relevantes a liderar el PP tienden a situarse a la derecha de Rajoy

Al PP el cambio de expectativas le ha bajado la moral (la creencia de que tras aprobar los presupuestos del 2018 iba a gobernar hasta el 2020 se ha esfumado) y está enfrascado en unas insípidas pero desconcertantes primarias. Parece que los militantes (al contrario que los electores) no quieren a Soraya, pero tampoco a Cospedal y que Pablo Casado —encarnando el empuje de la juventud, el rechazo a dos mujeres con mucho poder pero muy enfrentadas y con algo de aznarismo ambiente— está subiendo. Es el que tiene el verbo más suelto, Marcos Lamelas ha escrito (es también mi impresión) que puede ganar en Cataluña (que no cuenta demasiado) y sube en el hipódromo de El Mundo, que no es nada científico pero donde Cospedal —¿significativamente?— sigue hundida y por detrás de Margallo. Y eso pese a que Pablo Casado, cuya convalidación de asignaturas para el máster huele a Cifuentes, puede ser un candidato efímero si finalmente es elegido.

Lo más sorprendente es que todos los candidatos —excepto Soraya— quieren posicionarse a la derecha de Rajoy. Justo lo que, según el CIS, menos le conviene al PP. En una escala de 0 a 10, los españoles se sitúan en el 4,6 (centro-izquierda moderado), ven al PSOE cercano (encima del 4) pero lejos al PP (en el entorno del 8) mientras Cs, con menos historial, está sobre el 6. Con todo, lo que descalifica y sonroja más es que al partido que ha gobernado España los últimos cinco años solo se le hayan apuntado a votar en sus primarias el 7,6% de los más de 800.000 militantes que aseguraba tener.

Pero centrémonos en el independentismo. Para los secesionistas el gobierno Sánchez ha sido una sorpresa. ¿Disruptiva? Los diputados del PDeCAT y de ERC votaron la moción pese a la fuerte reticencia de Puigdemont, las divisiones internas no solo no han disminuido, sino que se han incrementado y el 'president' Torra no parece saber qué hacer frente al deshielo que ofrece Pedro Sánchez. En el independentismo hay, desde hace meses, gente deseosa de modular posiciones e incluso de repensar estrategias, pero Puigdemont y Torra —no se sabe si cada día más unidos o no— están desconcertados. Más bien preocupados. ¿Y si la desinflamación llevara a una desmovilización separatista a cambio de un plato de lentejas? ¿Y si contra Rajoy el independentismo estuviera más incómodo, pero le brindara una mayor penetración en la opinión pública? ¿Qué posición adoptar pues ante la cumbre Sánchez-Torra del ya cercano 9 de julio? ¿Acudir manteniendo los principios, pero con el objetivo de llegar a algunos acuerdos, o esgrimir con fuerza los principios para que la cumbre sea un fracaso y culpar de ello a Pedro Sánchez?

¿Quieren y pueden Puigdemont y Torra convertir a Pedro Sánchez en un nuevo Rajoy?

Los diputados del PDeCAT, mayoritariamente antiguos convergentes, y los de ERC, seguidores de Junqueras, decidieron, contra el criterio de Puigdemont, votar la moción de censura. Torra, recién llegado entonces, pintaba poco y debía compartir el criterio de Puigdemont. Un mes después, está claro que el independentismo sigue dividido y está algo menos claro dónde está Torra. Puigdemont, acompañado por muchos diputados catalanes de Junts per Catalunya pero no de todo el PDeCAT, quiere mantener la tensión y debe considerar que la distensión y desinflamación que pretende Sánchez puede desmovilizar al independentismo, tentar a los sectores más realistas y alentar las aspiraciones de una negociación dentro del marco constitucional siguiendo patrones parecidos a los de la Tercera Via o el Círculo de Economía.

Y es posible que al independentismo radical —del que Torra forma parte— le haya preocupado la relativa buena recepción que el Gobierno Sánchez ha tenido en Catalunya. Un 53% de catalanes tiene buena opinión, un 62% creen que representará un cambio en la actitud del Estado respecto a Cataluña y el PSC —partido al que el agit-prop convergente daba por muerto desde el 2010— ganaría unas próximas elecciones generales en Cataluña según una encuesta de 'La Vanguardia' que comenté con detalle el pasado miércoles. Había datos menos alentadores para el PSOE, pero el independentismo radical pudo sentirse alarmado. Si en un mes la mano tendida de Sánchez —más el conocimiento de Iceta y la implantación sobre el terreno del PSC— habían logrado cambiar el clima, ¿qué pasaría si la mano tendida avanzaba sin obstáculos? Además, el 77% de catalanes vería como un gesto positivo el acercamiento de los presos que —con Grande-Marlaska en Interior— Sánchez está dispuesto a llevar a cabo pese a la radical oposición de la derecha española y los reparos —los presos pasarían al control de las autoridades catalanas— de parte del aparato fiscal.

Pedro Sánchez dice que coincidencia del Rey, él y Torra es un intento de normalización

Y ciertos gestos de Torra en la última semana preocupan a algunos dirigentes —no a todos— del PSC. La reticencia a asistir a la inauguración de los Juegos del Mediterráneo y su presencia en Tarragona en una manifestación contra la presencia de Felipe VI, la afirmación de la legitimidad del 1 de octubre y de que había que lograr repetirlo (unilateralismo descarado), el anuncio de la exigencia de un referéndum de autodeterminación en la próxima cumbre con Sánchez, el encontronazo innecesario, salvo para la galería, con el embajador Morenés en Washington… demasiados gestos bruscos en tan poco tiempo y antes de una cumbre que podría iniciar el deshielo. ¿Y si Torra continuara sin independizarse de Puigdemont y el objetivo fuera hacer fracasar la cumbre del 9 de julio? Al maximizar las reivindicaciones, Torra estaría dificultando una contestación positiva de Sánchez que quedaría como el culpable del fracaso de la cumbre, al menos ante gran parte de la opinión independentista (la demanda de un referéndum es popular). Al mismo tiempo las provocaciones de Torra no pueden tener sino una mala recepción en la opinión pública española lo que restringiría la capacidad de movimientos de Sánchez.

El embajador de España en Washington, Pedro Morenés. (EFE)
El embajador de España en Washington, Pedro Morenés. (EFE)

El presidente sigue defendiendo que antepone el diálogo a la bronca, pero Josep Borrell le ha tenido que cubrir defendiendo la actitud de Morenés. Y exigiendo el cumplimiento de los trámites legales para la apertura de las delegaciones de la Generalitat en el exterior. Pero la prensa más derechista de Madrid —que tiene ganas a Sánchez y está irritada con Torra— ya ha empezado a censurar gestos de "debilidad compulsiva" ante el independentismo o pruebas claras de que ha habido una negociación secreta con el separatismo. ¿Y si Puigdemont y Torra apostaran a que el 9 de julio fuera un fracaso para frenar y paralizar a Sánchez y, a medio plazo, convertirlo ante la opinión pública catalana en un nuevo Rajoy? La propaganda convergente ha tendido a afirmar que el PP y el PSOE son iguales y ha repetido una frase, atribuida al gran escritor Josep Pla, políticamente muy cercano a Francesc Cambó, el líder de la derecha catalana en el reinado de Alfonso XIII: "lo que más se parece a un español de derechas es un español de izquierdas".

Oriol Junqueras, líder de ERC, se ha manifestado contra las "estridencias" la misma semana en que Torra ha chocado en Washington con Morenés

Pero la operación tiene riesgos. El primero es que muchos votantes independentistas están más decepcionados con la España de Aznar y del PP que separatistas radicales y que en Cataluña se percibe un ansia creciente de sosiego. El segundo es que esa estrategia es cómoda para un político exilado (Puigdemont), o para los radicales de JpC sin demasiadas responsabilidades, pero más incómoda para alguien que —por radical que sea— ha sido elegido presidente de todos los catalanes. ¿Está Torra decidido a renunciar a ser un presidente de la Generalitat que mira por el futuro de su país pensando en el interés general y convertirse, por el contrario, en el agente robot de un político exilado que "jugó al pócker y de farol" como ha puesto de relieve Clara Ponsati (exconsellera y exilada)?

Pero además es que dentro del independentismo organizado ERC, sin renunciar a ningún principio, no quiere insistir en una estrategia que ha fracasado. Ayer mismo Oriol Junqueras, encarcelado en Estremera, envió una carta a la Conferencia Nacional de su partido en la que afirma textualmente: "Las estridencias, las proclamas inflamadas y vacías, los discursos nacionalistas excluyentes son el camino más rápido para volver a ser una minoría ruidosa y volver al autonomismo". Cuesta creer que Junqueras no esté pensando en lo que ha hecho Torra la última semana, que piensa que son actos inspirados por el puigdemontismo. Y lo de "volver al autonomismo" solo puede ser una frase despreciativa respecto a los diputados de JpC que viajan a Berlín con comodidad y que a veces sugieren que ERC se ha entregado al pragmatismo, cuando él está encerrado y sin libertad de movimientos desde hace casi nueve meses. Además, esta estrategia Puigdemont tampoco puede gustar a muchos dirigentes del PDeCAT pero estos tienen menos libertad de maniobra porque necesitan a JpC para, electoralmente, poder plantar cara a ERC. Esta misma semana Marta Pascal, una liberal sensata, ha pedido a Puigdemont que acepte la presidencia del PDeCAT para intentar superar sin estropicio el congreso (movido) que el partido celebrará este mismo mes.

A un sector del independentismo, Pedro Sánchez le ha cogido con el píe cambiado y se le ha atragantado. Pueden intentar hacer fracasar su mano tendida. Pero ni todo el independentismo está en el "cuanto peor, mejor", ni Pedro Sánchez es tan alérgico al movimiento como Mariano Rajoy.

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