Dos congresos relevantes

El PP y el PDeCAT deciden su futuro, que tendrá consecuencias para España y para Cataluña, este fin de semana

Foto: Los candidatos a la presidencia del PP, Soraya Sáenz de Santamaría y Pablo Casado (d), durante la cena del Grupo Popular celebrada el 10 de julio. (EFE)
Los candidatos a la presidencia del PP, Soraya Sáenz de Santamaría y Pablo Casado (d), durante la cena del Grupo Popular celebrada el 10 de julio. (EFE)

Este fin de semana van a tener lugar dos congresos relevantes. El del PP, que va a elegir, por primera vez en unas primarias 'sui generis' y con resultado muy incierto, al sucesor de Mariano Rajoy. Y el del PDeCAT, la antigua CDC, que dominó durante muchos años la política catalana, influyó positivamente en Madrid —suplió la incapacidad del PP y el PSOE de alcanzar acuerdos—, luego en la etapa de Artur Mas —incluso antes del derrumbe de la figura de Jordi Pujol— transitó del pragmatismo al separatismo, tuvo que cambiar de nombre para sobrevivir y afronta hoy un horizonte muy incierto.

Vamos al PP. La política europea está cambiando, pero una fuerza de centroderecha ha sido un componente esencial de la vida de todos los países europeos. Y el PP —por sus apoyos sociales y sus conexiones internacionales— ha venido a ser con algunas peculiaridades la versión española.

Sea como sea, el PP de Aznar —con una primera legislatura exitosa y una segunda más caótica— y el de Rajoy han cumplido ese papel. Aunque no se puede olvidar que la CDU alemana no ha tenido demasiados problemas (ya antes de Merkel) en hacer a veces coalición con los socialistas y que aquí las cosas han sido diferentes por la mala relación entre los dos partidos, que se agravó cuando la campaña de acoso y derribo contra Felipe González de la que Luis María Anson, entonces director de 'ABC', ha dado las claves.

En la batalla del PP, hay mucho de guerra de clanes, pero Pablo Casado sería una apuesta por un PP menos centrado

Ahora el PP se enfrenta a su primera sucesión no tutelada (aunque algunos ven —no sin razón— algo de combate entre aznarismo y marianismo) y con un partido competidor en el centroderecha —Ciudadanos— que ha subido mucho en las encuestas y tiene un líder joven y combativo. Además, ha perdido el poder por una moción de censura —algo sin precedentes en España— originada por el caso Gürtel (corrupción). Y tras haberse alargado mucho y agravado la crisis catalana.

Una guerra de sucesión puede servir para renovar y refrescar un partido. Pero no sabemos si ese es el caso. En la batalla del PP —cada día más descarada—, hay más lucha por el poder entre clanes (Cospedal y Soraya) y de impaciencia de nuevos políticos (Pablo Casado contra Soraya y Cospedal), que diferencias políticas. Y las posiciones ideológicas no son demasiado claras. Soraya es más una tecnócrata Aranzadi que una centrista, y Casado más un voto —algo inconexo— de protesta de los agraviados con Soraya y con Rajoy (por la derrota) que una inclinación decidida por una derecha intransigente. Víctor Lapuente ha escrito que no es una batalla política porque en Casado hay exceso de ideología y Soraya carece de ella. Algo hay de eso.

Nadie sabe quién ganará, y eso puede acabar forzando un pacto de último minuto entre dos candidatos que cada hora parecen más irreconciliables. Pero hay datos. Casado tiene el apoyo publicitario de grupos cercanos a una derecha intransigente. Y ha propuesto —quizás algo frívolamente— la ilegalización de los partidos independentistas, como se hizo con Batasuna cuando ETA asesinaba en Euskadi. No es tranquilizador.

Soraya no es una centrista, pero es la candidata más conservadora en el buen sentido de la palabra

Soraya es un centroderecha más reposado y menos aventurero, más conservador en el buen sentido de la palabra. Cierto que no supo resolver la crisis catalana, pero atribuirle solo a ella la responsabilidad es exagerado. Al menos intentó el diálogo, aunque con alguna prepotencia, pero también se lo encargaron demasiado tarde. En el 96, Aznar incorporó a su Gobierno a un economista ambicioso —Josep Piqué— que no militaba en el PP y que era presidente del Círculo de Economía. A finales de 2016, en una situación mucho más comprometida, Rajoy decidió no llamar a nadie de la sociedad civil catalana. Quería un Gobierno solo del PP.

Pero que Casado hable de ilegalizar partidos —como la antigua CDC— que a veces tuvieron un comportamiento mas responsable —por ejemplo, en la crisis de la deuda de 2010— que el propio PP, es algo que puede ser muy negativo para la crisis catalana. Y aún lo es más que —por convicción o para defenderse— Soraya diga que en Cataluña hay 'apartheid'. Un intelectual socialista me dice que como ciudadano prefiere a Soraya —con reparos—, pero que al PSOE le iría mejor con Casado. ¿Seguro?

Vamos al PDeCAT. El gran problema del independentismo es que su programa (vendido como realizable a corto plazo y con el apoyo del 47 o 48% del electorado) es un disparate. La prueba es lo que pasó con la DUI el 27-O, la reacción europea, el comportamiento posterior de la propia sociedad catalana y que los mismos que habían proclamado la independencia no tuvieran ningún empacho en acudir a las elecciones autonómicas del 21-D convocadas por Rajoy.

El otro problema del independentismo es la lucha interna por la hegemonía entre ERC y la antigua CDC, que seguramente contribuyó al desastre del 27-O. En las elecciones del 21-D, ERC era la gran favorita y para defenderse, el PDeCAT, el partido sucesor de CDC, montó una candidatura —Junts per Catalunya (JxCAT)— prometiendo el retorno del presidente, de Puigdemont, que la encabezaba, si se ganaban las elecciones. Con esta promesa —que se impuso al recuerdo de Pujol y a la imagen moderada (o derechista) de CDC—, JxCAT ganó las elecciones a ERC (dos diputados mas), aunque no a Cs (dos diputados menos).

El problema es que Puigemont no ha podido (o no ha querido) volver, y que el secesionismo debe repensar lo que quiere hacer. No su programa máximo (que lo poco posible siempre se puede soñar) sino el programa de gobierno para los próximos años. ERC lo está haciendo (a su manera) y el PDeCAT también, pero los puigdemontistas de JxCAT, que dominan en el grupo parlamentario que propulsó el PDeCAT de Marta Pascal, parecen menos dispuestos.

Para sobrevivir, el PDeCAT está obligado a un pacto con Puigdemont, que se oponía a que los diputados votaran la moción de censura

Ahora Puigdemont y Torra quieren una plataforma política propia para poder volver a ganar a ERC. Las encuestas no les son favorables, porque pierden diputados mientras ERC sube, pero la primera batalla será —salvo sorpresa— la de las municipales. El puigdemontismo quiere dar la batalla, para lo que necesita que el PDeCAT no vaya con banderas propias y más o menos centristas sino que suscriba el populismo de Puigdemont y ayude así a forzar a ERC a candidaturas unitarias.

El PDeCAT debe decidir en su congreso del fin de semana su actitud ante la opa (más hostil que amistosa) que el puigdemontismo le plantea. Lo más probable es que se llegue a un compromiso que satisfaga a Puigdemont pero que no anule a la dirección actual del PDeCAT (Marta Pascal y David Bonvehí). No es lo mejor para la evolución del independentismo hacia posiciones más posibilistas, pero parece que el PDeCAT no se ve con fuerzas para, sin Puigdemont, dar la batalla a ERC, como ya pasó en las elecciones del 21-D. La política catalana es compleja y las ocurrencias barrocas a lo Wert (hay que españolizar a los niños catalanes) en el pasado, o a lo Casado (ilegalizar independentistas) en el momento actual, favorecen que una parte de Cataluña sea receptiva a la radicalidad.

El 'expresident' Carles Puigdemont y la coordinadora general del PDeCAT, Marta Pascal.
El 'expresident' Carles Puigdemont y la coordinadora general del PDeCAT, Marta Pascal.

No obstante, en la práctica, el puigdemontismo está teniendo que tragar la realidad pos-155, es decir pos-27-O. Ahí está la reciente cumbre con Pedro Sánchez en la que Torra ha apostado —al menos a corto— por la recuperación de algo tan autonómico como la comisión bilateral Estado-Generalitat. Y uno de los dirigentes del nuevo movimiento de la Crida per l'independencia de Puigdemont (que quiere opar al PDeCAT), Ferran Mascarell, es todo menos un dogmático. Ha sido 'conseller' de Cultura, primero con Maragall y luego con Artur Mas, y delegado de la Generalitat en Madrid.

Pese a toda la radicalidad verbal, los políticos independentistas —otra cosa son la CUP, los CDR o la ANC— saben que el 27-O cometieron un gran error y que, de alguna manera (procurando no confesar a sus electores que metieron la pata), deben rectificar e intentar salir del lío. Lo malo es que en el lío no están solo ellos sino toda Cataluña y España.

Atención pues a los compromisos —escritos o en la sombra— que salgan del congreso del PDeCAT. Un solo dato. Si el grupo parlamentario en Madrid no fuera del PDeCAT sino de JxCAT y Marta Pascal no hubiera intervenido, lo más probable es que la moción de censura no hubiera salido porque Puigdemont se oponía a votar a Sánchez.

Quizás entonces no habría ahora batalla sucesoria en el PP. Curioso. ¿O no?

Confidencias Catalanas

Escribe un comentario... Respondiendo al comentario #1
12 comentarios
Por FechaMejor Valorados
Mostrar más comentarios