17-A, aniversario desinflamado

Hubo incidentes, pero la unidad institucional contrasta positivamente con la gran tensión y los ataques al Rey de hace un año

Foto: El Rey Felipe VI saluda al líder del PPC, Xavier García Albiol (d), a su llegada a la plaza de Catalunya. (EFE)
El Rey Felipe VI saluda al líder del PPC, Xavier García Albiol (d), a su llegada a la plaza de Catalunya. (EFE)

Toda Cataluña y toda España han estado días, incluso semanas, pendientes de qué pasaría en el primer aniversario de los brutales atentados del 17 de agosto del 2017. ¿Se volverían a repetir las graves tensiones y la gran bronca al jefe del Estado provocada entonces por el independentismo? No ha sido así y por tanto -pese a incidentes puntuales- se puede afirmar que Barcelona, Cataluña y España han logrado salvar el primer aniversario de los atentados. Los dos grandes rotativos catalanes lo aseguraban ayer tanto en sus editoriales como en sus grandes titulares. El Periódico de Cataluña abría sus ediciones diciendo: “Homenaje en paz. Torra, Sánchez y el Rey evitan la controversia y muestran respeto a los damnificados. Sólo un par de pancartas contra Felipe VI y algunos vítores reflejan la tensión política”. Por su parte La Vanguardia afirmaba: “Barcelona rinde homenaje en paz a las víctimas del 17-A. Todas las autoridades comparten en silencio el dolor de los afectados. La conmemoración transcurre con respeto y algún incidente menor”.

Estos titulares reflejan bien lo esencial de la jornada. La normalidad no fue -ni de lejos- total, pero es que no podía serlo. Lo principal fue el protagonismo de las víctimas en los dos actos centrales de Barcelona y la presencia en la plaza de Catalunya del Rey, Pedro Sánchez, presidente del Gobierno, Quim Torra, de la Generalitat, Ana Pastor y Pio García Escudero, del Congreso y el Senado, de la alcaldesa de Barcelona, Ada Colau…La unanimidad institucional no pudo ser más total. La foto muestra que la responsabilidad ganó la batalla principal al partidismo.

Al lado de esta unidad institucional, el despliegue de dos pancartas contra Felipe VI, imposibles de evitar en un país democrático y plural, de una manifestación, atípica por lo tranquila, de los CDR, de grupos monárquicos que jaleaban a Felipe VI gritándole “no estás sólo”, fueron hechos perfectamente asumibles. Incluso la tensión entre los manifestantes de los CDR y los monárquicos no pasó de ser un incidente sin consecuencias.

Sin embargo, la interpretación más pesimista de lo sucedido en Barcelona -el brillante artículo de José Antonio Zarzalejos en este diario es el mejor análisis de este tipo que he leído- pone más énfasis en los actos de la tarde ante la prisión de Lledoners -donde están la mayoría de los presos por el 27-O- en los que el president Torra afirmó que iban a atacar al Estado y que el gobierno de la Generalitat estaba más fuerte que nunca para lograr la independencia. Pero en realidad Torra no hacía sino justificar que pocas horas antes su gobierno había vuelto a poner entre paréntesis -asistiendo junto al Rey, declarado persona non grata, al acto de la plaza de Cataluña- su maximalismo de boquilla. Guste o no guste, es difícil no admitir que tiene cierta lógica que quien fue elegido president con el apoyo de los grupos parlamentarios separatistas que reunieron un 47% de los votos en las elecciones de hace ocho meses no vaya más allá en el reconocimiento de la derrota del 27-O y en su coexistencia con el Estado.

La mejor prueba del éxito es que Pablo Casado se paseó con toda normalidad por La Ramblas de Barcelona. ¿Hubiera sido posible hace un año?

Tampoco se puede magnificar que Josep Costa, vicepresidente del parlamento catalán y un forofo de Puigdemont, no diera la mano al Rey. Debe creer que así hace crecer su personalidad. Ni la bandera contra Felipe VI de la plaza de Cataluña -en España afortunadamente hay libertad de expresión- ni que Torra presentara al Rey a Laura Masvidal, la esposa de Quim Forn, el Conseller de Interior de hace un año, que está encarcelado en Lledoners. Mas sintomático es que tanto el propio Forn como Trapero, el polémico exjefe de los Mossos, se negaran -en diferente grado- a ser instrumentados en los actos independentistas del viernes.

La realidad es que el gran problema de Barcelona (y de la sociedad catalana) no es el terrorismo. Los autores quedaron fuera de circulación en pocas horas, los ataques no se han repetido y la ciudad recuperó con rapidez su pulso. El gran problema es el divorcio de la sociedad entre un 47% que, apoyado por las instituciones catalanas quiere la independencia que los políticos secesionistas irresponsablemente dijeron que estaba al alcance de la mano, y el resto de la población que con mayor o menor énfasis se opone a la separación de España y -alarmada ante una pretensión fuerte pero no mayoritaria- busca protección en los partidos españoles y el gobierno de Madrid. Esta división es un cáncer que ya sufre Cataluña y que amenaza su futuro, pero que no tiene curación a corto plazo y con el que, por lo tanto, no hay más remedio que convivir.

Pablo Casado, junto a la portavoz parlamentaria del PP, Dolors Montserrat, la diputada Mari Mar Blanco y el presidente del PPC, Xavier Garcia Albiol, en la plaza de Catalunya. (EFE)
Pablo Casado, junto a la portavoz parlamentaria del PP, Dolors Montserrat, la diputada Mari Mar Blanco y el presidente del PPC, Xavier Garcia Albiol, en la plaza de Catalunya. (EFE)

Y en este sentido es meritorio el intento -exitoso- de la Casa Real, el gobierno de España, la Generalitat y el ayuntamiento de Barcelona -esta vez Ada Colau ha sido valiente y ha estado a la altura- en que el primer aniversario del 17-A no contribuyera a aumentar las tensiones sino -en la medida de lo posible- a rebajarlas. La política desinflamatoria del gobierno Sánchez ha hecho posible este aniversario “desinflamado”. Y la mejor prueba es la foto del Ara (independentista moderado) en la que se ve a Pablo Casado, Alberto Fernandez, Dolors Montserrat y García Albiol paseándose con tranquilidad por las Ramblas de Barcelona poco después de los actos conmemorativos. ¿Hubiera sido posible esta foto hace un año con Mariano Rajoy de presidente?

El cáncer de la sociedad catalana no es el terrorismo sino la profunda división respecto a la separación de España que no es fácil de superar

Es muy cierto que la división de la sociedad sigue siendo muy fuerte pero más por el procés que por el atentado. Y ello pese a las acusaciones cruzadas sobre el atentado. ¿Fallaron los “Mossos” al no atender suficientemente algunos avisos como subrayan unos? ¿O el fallo fue de los cuerpos de la seguridad del Estado que no han explicado sus contactos con el Imán de Ripoll como afirman otros? Lo más probable es que ambos tengan algo de razón, pero también ha habido atentados islamistas graves en otros países, como Francia, en los que no cabe echar la culpa a alguna policía autonómica. La asignatura pendiente no es analizar las miserias de los cuerpos policiales (las hubo, como también atentados evitados con anterioridad y éxitos posteriores) sino superar el clima de enfrentamiento interno en Cataluña y, como consecuencia, el grave conflicto con las instituciones españolas. No será fácil porque el separatismo cree que la celebración del 1-O (el referéndum ilegal y reprimido, pero en el que participaron muchos ciudadanos), del 27-O y la celebración del juicio contra los dirigentes independentistas puede dar al movimiento el clima y las fuerzas necesarias para una segunda intentona. ¡Curioso que la gran esperanza del independentismo sea el juicio del Supremo por el 27-0! Quizás por eso The Economist decía hace pocos días que lo mejor sería liberar a los políticos presos y juzgarles sólo por desobediencia, suficiente para inhabilitarlos y que evitaría los intentos de “mandelización”. Pero, claro, en el Supremo y en la derecha política no leen el equilibrado y nada izquierdista semanario británico, o lo creen provinciano e irrelevante cuando contradice su verdad.

La sociedad también acentuó su división tras el atentado de Barajas, pese a que el cisma entre populares y socialistas era menos grave

Habrá que seguir pues lo que ocurre en las próximas semanas, que pueden ser menos tranquilas que el aniversario de los atentados. Pero la opinión pública española debe ser consciente que el terrorismo no siempre une, sino que divide a una sociedad polarizada. El atentado de Atocha del 11-M del 2004 (con casi 200 muertos) dividió profundamente a la sociedad española. E incluso hubo acusaciones e insultos sobre la autoría de los atentados. Los ministros Acebes y Zaplana -hijos predilectos de Aznar que Rajoy no purgó en su primera legislatura como líder de la oposición- insistieron al máximo en la autoría de ETA frente a la incredulidad de la sociedad española y de la prensa internacional. Recuerden el grito de la gran manifestación de Madrid: "¿quién ha sido?"

Y aquella división duró muchos años. La presidenta de la asociación de víctimas, Pilar Manjón, fue satanizada por buena parte de la derecha y la prensa de Madrid. El PP acusó al PSOE de haber ganado las elecciones aprovechando casi fraudulentamente los atentados. El juicio posterior generó grandes ataques al presidente del tribunal que no era un izquierdista…Hoy, catorce años después, aquella división parece superada, aunque algunos días algunos restos del aznarismo aún quieren instrumentalizarla.

Quim Torra durante su intervención en la concentración frente a la cárcel de Lledoners. (EFE)
Quim Torra durante su intervención en la concentración frente a la cárcel de Lledoners. (EFE)

Es comprensible pues que la sociedad catalana -por un atentado con menos muertos que en Atocha pero con un cisma entre independentistas y constitucionalistas más enconado que entre populares y socialistas- tarde todavía algún tiempo en curar sus heridas. En todo caso el aniversario desinflamado no las ha avivado.

Una reflexión final. En Francia, contrariamente a lo sucedido aquí, atentados terroristas de enorme gravedad no enconaron las disensiones políticas. ¿Por qué el gobierno de París actuó con más profesionalidad que el de Madrid y el de Barcelona? ¿Por qué Francia tiene más años de historia democrática? ¿Por qué los partidos franceses, pese a su dura competencia y a sus miserias, saben anteponer más los intereses nacionales a los de partido o de secta política? ¿Por qué, como decía la poesía de Leandro Fernández de Moratín, allí saben hablar francés?

Confidencias Catalanas

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