El otoño de lo desconocido

El secesionismo seguirá pedaleando para no caerse y no reconocer su fracaso, pero sabe que la bicicleta no lleva a ninguna parte

Foto: Foto: Reuters.
Foto: Reuters.

La mayoría de los dirigentes independentistas sabe que a corto plazo -y quizás a medio- la independencia de Cataluña puede ser un ideal, pero no una realidad. ¿Por qué, pues no modulan su discurso y hacen de la independencia el programa máximo (como los socialdemócratas hace ya muchos años con la propiedad pública de los medios de producción) y se centran en los objetivos posibles, más autogobierno y más influencia en el Estado?

Primero porque media España -jaleada por el PP- montó una cruzada política y moral contra un Estatuto de autonomía negociado, recortado y aprobado por las Cortes españolas. El que Alfonso Guerra calificó de cepillado. Aquello acabó mal (fue el fracaso de la CDC tradicional y del PSC) y muchos catalanistas concluyeron -precipitados y enrabiados- que la vía estatutaria estaba muerta. Sin pensar ni un momento que el PP había hecho populismo anticatalanista (en parte para atacar a Zapatero), pero que los dos partidos catalanes entonces dominantes (CDC y PSC) tampoco habían estado a la altura. Predominó en ellos la lucha por quedar bien colocados para mantener o recuperar el poder de la Generalitat que Maragall (con ERC) había “usurpado” a Mas en diciembre del 2003.

Pero ¿por qué no reconocen ahora -tras el gran fracaso y el ridículo del 27-O- que la vía unilateral a la independencia es todavía más imposible que la estatutaria? Porque la bandera independentista les permitió volver a ganar las elecciones del 21-D, porque no quieren desanimar a sus electores confesando que vendieron un imposible y porque una parte de ellos (Puigdemont no tiene otra salida y los puigdemontistas tienen la fe del carbonero) solo pueden, o saben, hacer política agitando el independentismo más primario. Y los otros -gran parte del PDeCAT y ERC- están divididos y no se atreven a violentar las convicciones religiosas de buena parte del separatismo confesando que Dios no existe, que la independencia es hoy por hoy una fabulación.

En este marco ¿qué otoño prepara un independentismo dividido y fracasado el 27-O pero salvado por la campana el 21-D- y al que no le interesa, no quiere, o no se atreve a confesar su impotencia?

El independentismo no quiere ni otro artículo 155 ni que la Moncloa sea ocupada por un centauro a la derecha de Mariano Rajoy

La prensa habla repetidamente (con cierto entusiasmo porque dará noticias) de un otoño caliente. Torra, de atacar a España, de buscar otro momento (no añade lo de histórico porque Artur Mas ya amortizó el palabro), para una nueva declaración unilateral si Pedro Sánchez no acepta un referéndum de autodeterminación, y el españolismo político jalea el tremendismo porque no entiende -o no quiere entender- lo que pasa, porque cree que le puede hacer recuperar la Moncloa, o porque aspira a un nuevo 155, pero no suave y moderado como el de Rajoy (pactado con Sánchez), sino más viril e inquisitorial.

Se equivocan. El secesionismo no tiene otro remedio que seguir pedaleando la bicicleta independentista porque si no lo hace, se cae. Pero lo más probable es que desde la bicicleta haga mucho ruido, e incluso se disparen cohetes de indignación, pero que no se vaya a otro choque o intentona de sublevación (la bandera española no se arrió de la Generalitat ni un momento) como la de hace un año. Sabe que en ese caso volvería otro 155 y que en la Moncloa en lugar de Pedro Sánchez se podrían encontrar -tras unas elecciones españolas en clave de indignación- con una especie de centauro formado por Pablo Casado y Albert Rivera. El separatismo -incluso Puigdemont- tiene la suficiente autoestima para no provocar otro 155 ni alentar a una Moncloa más españolista que la de Rajoy.

El independentismo no abandona el unilateralismo verbal, pero al final este acata la legalidad. Del dicho al hecho hay mucho trecho

Por eso, si el independentismo no es dominado por sus demonios, practicará el maximalismo verbal en la conferencia de Torra, animará a buena parte del pueblo catalán a salir a la calle el 11 de setiembre (como cada año), acentuará su radicalismo en el aniversario de los hechos de la conselleria de Economía (causa de la prisión de los Jordis) e intentará exaltar el referéndum del 1 de octubre y la fracasada DUI del 27-O. Serán momentos de gran tensión (entusiasmo de una parte de Cataluña, indignación de la otra y alarma de buena parte de España), la prensa tendrá portadas y puede haber incluso algún incidente grave. Pero no habrá sublevación o “bretolada” (la traducción sería gamberrada) como la de hace un año, que ha concluido con el exilio o la cárcel desde hace meses (desmesura de Llarena mediante) de los dirigentes de la intentona del 27-O.

El presidente de la Generalitat, Quim Torra, durante la inauguración de la exposición '55 urnas para la libertad'. (EFE)
El presidente de la Generalitat, Quim Torra, durante la inauguración de la exposición '55 urnas para la libertad'. (EFE)

Viviremos así un otoño que se presenta como caliente y de transcurso incierto, pero en el que posiblemente no pasará nada irreparable y en el que, junto a la protesta contra España (en mayúscula), el independentismo estará ocupado en la letra pequeña de sus guerras intestinas entre 'puigdemontistas' (con Torra de figura), ERC y el PDeCAT de David Bonvehí y Marta Pascal que luchará por no caer (al menos del todo) en el abrazo del oso (Puigdemont). Es lo que ven analistas como Josep Martí Blach -secretario de comunicación durante cinco años del gobierno de Mas y autor de un interesante libro en catalán titulado 'Cómo ganamos el procés y perdimos la República'- en un reciente artículo en ‘El Periodico’ de Cataluña al hablar de la próxima conferencia de Torra: “Si no estuviera todo patas arriba (se refiere al secesionismo), sería de esperar que en esa conferencia se explicitasen las claves de lo que nos espera, políticamente hablando, en los próximos meses. Aunque viendo como está el patio, lo más probable es que volvamos a situarnos en el terreno de las grandes palabras con grandes significados imposibles de traducir al lenguaje de lo concreto: ¿Qué?¿Cuándo?¿Cómo?

La sentencia del Supremo puede llevar a la dimisión de Torra como protesta y a elecciones, que Puigdemont cree que reforzarían al separatismo

Más allá ¿qué pasará? El vicepresidente de la Generalitat, Pere Aragonès, de ERC y en la línea de Junqueras, quiere gobernar y aprobar los Presupuestos de 2019. Sabe que no puede contar con la CUP -que sueñan con Sierra Maestra- y tantea el apoyo de En Comú Podem o incluso del PSC con un difícil trueque de presupuestos de la Generalitat por los de Sánchez (ver el interesante artículo de ayer de Marcos Lamelas). Sería recuperar la senda de una cierta normalidad. Al igual que el previsto encuentro, en Barcelona y precisamente en octubre, de Sánchez y Torra.

Pero lo desconocido llega con el juicio a los dirigentes independentistas. Miquel Iceta, que conoce bien el paño, no ha sido optimista sino realista al declarar a 'La Razón': “Hasta que no haya sentencia, los independentistas no afrontarán una nueva etapa política… habrá declaraciones cargadas pero las acciones se circunscriben hasta el momento a la legalidad… hemos visto a Torra manifestarse ante una cárcel (en la que están los presos) que depende de él, lo que pone en evidencia su insalvable contradicción”.

El secretario general del PSC, Miquel Iceta. (EFE)
El secretario general del PSC, Miquel Iceta. (EFE)

El momento más decisivo llegará -Iceta dixit- con la sentencia del Supremo (¿febrero?). ¿Qué hará entonces el independentismo? Torra ha declarado en público, y explicitado en privado, que no admitirá una sentencia condenatoria dura. ¿Qué quiere decir? No parece que entonces pueda liberarlos porque lo previsible es que sean trasladados a Madrid. ¿Impedirá antes que salgan de Cataluña? Algunos, que han tratado el asunto con él, creen que dimitirá de inmediato como gesto moral de protesta ante el mundo y la historia y para encarnar la figura del patriota consecuente.

Y al mismo tiempo para cumplir con Puigdemont, que cree que puede ser el momento oportuno para -juntando el deseo independentista a la indignación por una sentencia dura que caerá mal en Cataluña, mas allá del electorado separatista- convocar elecciones, lograr una mayoría más amplia y entonces…negociar desde una posición de más fuerza amenazando con otro 27-O que no acabara igual.

Pero febrero está muy lejos y lo de la mayoría más fuerte, no hay encuesta que ahora -con los dirigentes independentistas en la extraña situación de prisión provisional, incondicional y sin fianza- la prevea.

El independentismo tiene que continuar pedaleando para no morir, pero sabe que la bicicleta solo lleva a la agitación permanente. La independencia sería otra cosa.

Confidencias Catalanas
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