Torra, contra la desinflamación

El discurso muy maximalista de Torra dará, pese a su cautela factual, munición dialéctiva al PP y a CS para atacar a Pedro Sánchez

Foto: Quim Torra, este martes, en la conferencia política 'El nostre moment'. (Reuters)
Quim Torra, este martes, en la conferencia política 'El nostre moment'. (Reuters)

Lo lógico es que el presidente de un país abra el curso político ante el parlamento y discuta su programa con los líderes de la oposición. Claro que puede hacerlo ante su partido, o en una conferencia pública, pero entonces está expresando propuestas partidistas o reflexiones personales.

No fue el caso ayer del 'president' Torra. Con el Parlament cerrado, eligió una conferencia ante los dirigentes del dividido movimiento independentista —por eso está cerrado el Parlament, porque Puigdemont y ERC discrepan—, pero optó por no hablar como el dirigente de un partido o de una agrietada coalición gubernamental —a lo que hubiera tenido todo el derecho—, sino que se erigió en el legítimo líder de Cataluña, o sea de todos los catalanes, reivindicando las creencias y los objetivos de, como máximo, el 47,6% de catalanes que votaron independentista en las elecciones del pasado diciembre.

Torra, contra la desinflamación

Es el gran error de Torra y gran parte del secesionismo, confundir el 47%, que es mucho, con toda Cataluña. O sea, intentar apoderarse de toda Cataluña con el 47% del voto que le facilita una escasa —y dividida— mayoría absoluta parlamentaria. Y desde esta premisa falsa, plantear al Estado una serie de exigencias que califica de justas e irrenunciables (o libertad o libertad). Pero la realidad es que Torra solo representa como máximo al 47,6% de Cataluña (en rigor, menos el 4,4% de la CUP, que no le votó) y que su hoja de ruta, adornada por una concepción romántica, radical e incluso poética del nacionalismo, solo tiene una aquiescencia parcial de ERC, a cuyos dirigentes Oriol Junqueras y Joan Tardà algunos grupos 'hiperventilados' no dejan de atacar.

Dejando aparte la retórica —muy abundante en un discurso plúmbeo de 67 minutos que fue aplaudido sin gran entusiasmo por los dirigentes separatistas—, la propuesta se concretó (no demasiado) en unas cuantas afirmaciones.

Torra afirma que el referéndum del 1 de octubre es el punto de partida y que no habrá ninguna renuncia

Primera, reivindicación del referéndum del 1 de octubre y de la DUI del 27-O como punto de partida de Cataluña, o sea, de todos los catalanes. Es algo comprensible porque ganaron las elecciones del 21-D (convocadas por Rajoy) con esas premisas. Pero es falso y deshonesto porque más del 52% de los catalanes votó listas no independentistas. Y la primera lista, con el 25% de los votos, fue la de Cs, que se caracteriza por su radical oposición al separatismo.

Segunda, llamada inflamada a una gran marcha por la libertad y los derechos humanos —con el vago anuncio de crear un Foro Cívico, Social y Constitucional— desde ahora hasta la sentencia del Supremo contra los presos. Esta marcha (figurada) deberá contar con la movilización popular —llamada a participar en la Diada del 11 de septiembre y en la celebración del 1 de octubre—, el apoyo de las instituciones (ayuntamientos, diputaciones y la propia Generalitat) así como del todavía no creado Consell de la República, presidido desde Bruselas por Puigdemont, que internacionalizará el conflicto catalán.

Aquí, Torra magnifica los éxitos parciales de Puigdemont ante las justicias alemana y belga y llega hasta a asegurar que la Justicia europea ha decidido contrariamente a la española.

Tercera, no admitirá una sentencia condenatoria y exige la absolución de los procesados. Si no es así, no aclara en qué consistirá la 'no aceptación', pero dice que se pondrá, en el Parlament, a disposición del pueblo de Cataluña. La traducción más verosímil a un lenguaje menos grandilocuente es que dimitirá —ante el mundo mundial y ante la historia— y habrá nuevas elecciones. Es lo que puede esperar Puigdemont, que con su Crida en formación aspira a (con ERC o sin ERC) ampliar la mayoría parlamentaria separatista. Algo que está por ver si sucedería y que hoy —con los dirigentes en prisión provisional, incondicional y sin fianza— las encuestas no detectan.

Luego, previsiblemente, intentar negociar desde una posición de fuerza o… ¿volver a otro 27-O? Pero sobre esto Torra, presidente interino, no dice nada. Ya habría pasado a la historia.

Cuarta. Todo este lenguaje inflamado —con apelaciones a Escocia, Quebec, Kennedy, Martin Luther King, Mandela…— va acompañado de una oferta “sincera” de diálogo al Gobierno del Estado, pero con la exigencia irrenunciable de un referéndum de autodeterminación pactado y vinculante.

Torra distingue entre el Gobierno del PP y el del PSOE, pero advierte a Pedro Sánchez de que Cataluña (otra vez el 47% se apodera de todo el pueblo) no está por un referéndum sobre más autogobierno o un nuevo Estatut sino por un referéndum de autodeterminación.

El presidente de la Generalitat propone una hoja de ruta incendiaria, pero evita cualquier concreción que rompa con la legalidad

Es el resumen comprimido —seguramente no completo— de lo que interpreto que dijo ayer Torra. O es un cínico o su vena poética le impide ver la realidad (me inclino a lo segundo), porque insistió en que Cataluña es un país de consensos y que es en esta línea que hacía un discurso no de protesta sino de propuesta.

¿Qué consecuencias tendrá este discurso independentista romántico, radical de principios y de descarado enaltecimiento de la DUI del pasado 27-O? Es evidente que no ayudará a la política de desinflamación de Pedro Sánchez y que puede dar munición dialéctica —quizá sin quererlo— tanto al PP de Pablo Casado como a Cs (todavía más), porque Rivera y Arrimadas tuvieron un 25% del electorado catalán el 21-D.

Pero —si excluimos la retórica revolucionaria y romántica, que no está vetada por la Constitución— esta hoja de ruta no contiene ninguna inevitable violación de la Constitución. Seguramente porque Torra sabe que no puede afrontar otro 155. Aunque, claro, un verbo revolucionario puede dar lugar a incidentes más o menos graves en las movilizaciones que se plantean. Y en las posibles contramanifestaciones.

La sentencia del Supremo será un momento de máxima tensión, Torra puede dimitir y convocar elecciones con la idea de reforzar al separatismo

Pedro Sánchez y Meritxell Batet lo tendrán más difícil para hilvanar los pasos concretos de desinflamación previstos para las próximas semanas. Pero peor lo puede tener Torra. Si no se desdice —como ha hecho con el proclamado veto al Rey— y se niega a cualquier aproximación, o sea a gobernar, y se encastilla en la intransigencia, es posible que no sea seguido por parte del PDeCAT —que se resiste al abrazo del oso de la Crida— y de ERC, que plantea un escenario más realista y pragmático.

Ayer, la desinflamación y el camino de avances discretos y puntuales hacia una negociación no dieron ningún paso adelante. Más bien lo contrario. Pero la realidad —la necesidad de coexistencia de la Generalitat con el Estado— está ahí. Y por más poesía —no siempre de calidad— que se ponga, es difícil convencer a los catalanes, al resto de españoles y a la UE de que el 47% es la totalidad de Cataluña. Lo que sí está claro es que el camino hacia la reconciliación (más posible que el de la separación) será difícil y tormentoso.

Y el juicio en el Supremo será un momento muy delicado. Desgraciadamente, ni Cataluña ni el resto de España son territorios en los que domine el pragmatismo. Si así fuere, se intentaría reflexionar un poco sobre el reciente editorial de 'The Economist' —representativo del capitalismo civilizado y del conservadurismo pragmático—, que decía que lo conveniente sería dejar a los presos en libertad y condenarlos por desobediencia, con lo que quedarían inhabilitados.

Alguien preguntó cuántas divisiones tenía el Papa. Lo seguro es que el 'Economist' tiene pocos lectores entre la clase dirigente de Madrid y Barcelona. Es una lástima.

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