Ultimátum de Torra. ¿Para qué?

El 'president' huye hacia adelante para tapar el cisma con los CDR que puso de manifiesto el asalto al Parlament de los radicales

Foto: El presidente de la Generalitat, Quim Torra, durante su intervención en el pleno de política general. (EFE)
El presidente de la Generalitat, Quim Torra, durante su intervención en el pleno de política general. (EFE)

El lunes, primer aniversario del 1 de octubre, al independentismo —que buscaba un nuevo impulso señalando los graves errores del Gobierno Rajoy (y de España) cuando hace un año reprimió con brutalidad el referéndum ilegal— le salió el tiro por la culata.

En efecto, hubo manifestaciones y movilizaciones de cierta entidad. Cerca de 100.000 personas (Ada Colau y la Guardia Urbana cuentan 180.000) en Barcelona y muchos estudiantes (pocas escuelas) hicieron huelga. Pero nada de paro general de país (denominación separatista de huelga general) con la que hace solo un mes fantaseaba Elisenda Paluzie, presidenta de la ANC. Los sindicatos miraron para otro lado y la Generalitat se limitó a un acto folclórico en Sant Julià de Ramis, donde Puigdemont no pudo votar hace un año porque las fuerzas de seguridad ocuparon antes el colegio electoral.

El protagonismo de la jornada correspondió a los radicales —los que critican a la Generalitat y la acusan de pactista—, que, entre otras cosas, ocuparon durante unas horas la estación del AVE de Girona, cortaron la autopista Barcelona-Valencia a la altura de Vandellós, e intentaron colapsar la Bolsa de Barcelona como muestra de repulsa al Ibex (consiguiendo una columnita en la edición impresa de ayer del 'Financial Times').

El 'president' apostó por volver a sintonizar con los radicales calificándoles de amigos y admitiendo que "apretaran", pero fracasó

Hasta aquí nada demasiado grave en comparación con todo lo sucedido hace un año. Algo “asumible”, como dijo el ministro Ábalos a primera hora de la mañana. Pero tanto Ábalos como —todavía más— Torra pecaron de imprudencia. Ábalos, porque hizo un balance de jornada antes de tiempo. Sin escuchar a Torra en Sant Julià de Ramis. Torra, porque vive en un mundo imaginario en el que se confunde con el lugarteniente de Martin Luther King. El 'president' estaba preocupado porque el sábado los Mossos se tuvieron que enfrentar —y reprimir— a un grupo de los CDR que querían atacar una manifestación de policías españoles que reivindicaban la actuación del 1 de octubre y exigían la equiparación salarial con los Mossos. Que los Mossos actuaran contra “los amigos del CDR” y que los radicales pidieran la dimisión de Miquel Buch, 'conseller' de Interior, y repartieran carteles en que le vestían de guardia civil y le acusaban de colaborar con el fascismo, le debió quitar el sueño.

Pero, hombre hábil y de recursos, en Sant Julià de Ramis quiso recuperar la estima de 'los amigos', y les dijo que apretaban y que hacían bien en apretar. Lo malo es que, tras cortar el AVE y la autopista, los radicales pidieron la dimisión de Torra, le acusaron de traidor y dirigieron a parte de los manifestantes de Barcelona al Parc de la Ciutadella, donde con violencia derribaron las vallas que protegían la entrada del Parlament e intentaron asaltarlo. El dispositivo de los Mossos logró cerrar la noble puerta, que quedó decorada con pegatinas, y los manifestantes se dirigieron a la Jefatura Superior de Policia (la española), donde los Mossos tuvieron que volver a hacer uso de la fuerza.

El asedio con violencia al Parlament la noche del lunes no va a beneficiar al independentismo ante la opinión pública

El 1 de octubre volvió a demostrar que el independentismo está dividido y que los radicales ya no compran el discurso de Torra, que habla de volver a proclamar la independencia y de no aceptar la sentencia del Supremo contra los presos, pero cuyo maximalismo verbal acaba en un pragmatismo sin norte definido. Los radicales (CDR, CUP y la ANC) quieren la independencia ya. Y quizá también la revolución. Y parecen creer, además —pensamiento mágico mediante—, que eso depende de que Torra salga al balcón y expulse de Cataluña al Estado español.

En este mundo —que existe pero que tiene poco que ver con la Cataluña mayoritaria, que acaba de volver de vacaciones y piensa en otras cosas—, Torra y el independentismo optaron por la hipocresía como arma política y la huida (verbal) hacia adelante. Ya a primera hora de ayer, tras el malestar patente de los sindicatos de Mossos, su director general dijo que los CDR no tuvieron nada que ver con el intento de asalto al Parlament. Luego, los diputados independentistas votaron dos resoluciones. En la primera (con apoyo de la CUP) rechazaron la inhabilitación de los seis diputados señalados por el juez Llarena y a los que el Parlament ya no paga sus salarios. En la segunda (sin el apoyo de la CUP, pero con el de En Comú Podem) aceptaron en la práctica la inhabilitación de los seis diputados, que tendrán que delegar el voto. Es casi lo mismo que proponía el juez Llarena que, con buen criterio —al menos esta vez—, había dictaminado que no convenía alterar los equilibrios parlamentarios por una inhabilitación que será provisional mientras no haya condena por rebelión. Rebelarse formalmente pero acabar obedeciendo.

Los radicales se enfrentan a los 'mossos' a las puertas del Parlament. (Reuters)
Los radicales se enfrentan a los 'mossos' a las puertas del Parlament. (Reuters)

Y tras esta fanfarria, Torra se presentó en el Parlament y disparó dos cañonazos. Uno lo reservó para el final y no es nuevo. Ni él ni el pueblo catalán (¿el 47%?) aceptarán una sentencia contra los presos políticos que no sea la libre absolución. ¿Cómo podrían impedir este deselance que —si la condena fuera por rebelión— no sería ni de lejos el mejor? Es como el misterio de la Santísima Trinidad. Quizá por eso Torra derivó el discurso para decir que, en caso de condena, Cataluña se habría ganado ante el mundo el derecho a la autodeterminación. ¿Es la manera más astuta e inteligente de afrontar la triste situación de los presos? Un amigo, excitado, me envió al momento un wasap proponiendo su encierro en el manicomio. Opté por el hermético silencio.

¿Le interesa al secesionismo hacer caer al Gobierno Sánchez y correr el riesgo de toparse en La Moncloa con Casado o Rivera?

La segunda amenaza —más relevante— fue un chantaje en toda regla con el que casi abrió el discurso. Aseguró que tiene talante negociador y que aceptaría una mediación internacional para lograr un referéndum pactado (por imaginar, que no quede), pero si en el corriente mes de octubre Pedro Sánchez no hace una propuesta concreta sobre la autodeterminación, el independentismo no le podrá garantizar la estabilidad parlamentaria.

Ultimátum de Torra. ¿Para qué?

¿Estamos ante un chantaje en firme? No se sabe si Puigdemont lo secunda ni consta que lo hayan discutido las ejecutivas del PDeCAT o, por el contrario, estamos ante una nueva y pura declaración voluntarista como la de que el 1-O y el 27-O de 2017 fueron dos grandes victorias porque Cataluña supo desobedecer a España, como los seguidores de Martin Luther King plantaron cara a las autoridades del sur de los Estados Unidos.

Si estamos ante una declaración verbal, Torra se ha metido en otro lío porque tendrá que rectificar (sin rectificar) y porque no ayudará nada a la desinflamación de la cuestión catalana, que tras 12 años de crisis territorial —desde la aprobación del Estatut de 2006— sería un camino a explorar y no despreciar. Tanto en Barcelona como en Madrid. Pero, tras este discurso de Torra, las tesis de Sánchez sobre Cataluña lo tienen un poco más crudo que antes. Por eso la ministra portavoz salió rápidamente al quite.

Es posible que estemos solo ante una declaración voluntarista para intentar salir del bache del asedio al Parlament del lunes. Lo cierto es que los aplausos fueron los imprescindibles y alguien me asegura que un destacado dirigente de ERC no lo hizo.

Pero vayamos a la otra hipótesis. Torra habló con el visto bueno de Puigdemont, el PDeCAT y Oriol Junqueras. O luego les convence —es claro para todo observador con coeficiente intelectual normal que Pedro Sánchez no aceptará un referéndum del gusto de Torra— que hay que derribar al Gobierno del PSOE no votando los Presupuestos (si Sánchez supera el boicot del PP y Cs) o de cualquier otra manera. Y supongamos que tenga éxito y Pedro Sánchez, como piden el PP y Cs —y como en algunos momentos el propio presidente debe pensar que es lo que más le conviene—, convoca elecciones.

'Grosso modo', solo pueden pasar dos cosas. O Pedro Sánchez vuelve a gobernar o Torra se encontrará con un Gobierno presidido por Pablo Casado y vicepresidido por Albert Rivera, que proclaman que el verbalismo de Torra es ya motivo suficiente para otro 155 y que creen que el 155 de Rajoy (que tenía motivos mucho más fundados para aplicarlo) fue demasiado suave.

El análisis racional concluye que al secesionismo no le conviene hacer caer a un Gobierno español que está dispuesto a negociar alguna cosa (no un referéndum de autodeterminación) y que ya ha manifestado que la prisión provisional no ayuda a desinflamar el conflicto. Pero eso no permite concluir nada. Tras el fracaso de Rajoy el 1-O en su intento —Zoido mediante— de impedir que dos millones de catalanes fueran a votar y la gran inflamación que se vivía en aquel momento, parecía evidente que al independentismo lo que le convenía era poner las urnas, evitar el 155 —como ofrecía Rajoy con la garantía de Urkullu, cuyos votos el PP necesitaba— y revalidar su mayoría (si el independentismo era mayoritario, como presumía). Sin embargo, por peleas internas y por falta de valentía para decir en público lo que Puigdemont aseguró al estado mayor independentista —no nos reconocerá ni un solo Gobierno europeo—, hizo justamente todo lo contrario. Y luego quien tomó la decisión huyó.

Pujol era más independentista que Artur Mas, pero nunca creyó (ahí están los hechos) que el secesionismo fuera ganador. Mas creyó que el derecho a decidir era un seguro electoral y acabó colocando a un independentista de corazón (de territorio carlista) que no estuvo a la altura. Puigdemont eligió a alguien con vocación literaria, a un activista cultural que nunca había hecho política. Cataluña y España se merecen algo mejor. Pero lo mejor no puede venir de otro 155 (que Rajoy solo aplicó cuando no tuvo más remedio porque es un último recurso de difícil salida), sino sabiendo ganar en las urnas. Y que no digan que con TV3 es imposible porque en septiembre —que le fue bien— TV3 fue la mas vista en Cataluña, pero con un 14% de cuota.

Confidencias Catalanas

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