La segunda muerte de Artur Mas

Las protestas sociales indican que pierde fuerza el mantra de que todo lo malo que pasa en Cataluña es culpa de Madrid y que la Generalitat está libre de polvo y paja

Foto: Artur Mas es trasladado en helicóptero al interior del recinto del Parlamento de Cataluña para evitar a los cientos de manifestantes que protestaban en las inmediaciones del Parlament. (Europa Press)
Artur Mas es trasladado en helicóptero al interior del recinto del Parlamento de Cataluña para evitar a los cientos de manifestantes que protestaban en las inmediaciones del Parlament. (Europa Press)

Corría la primavera del 2012, faltaban todavía unos meses para la primera gran manifestación de protesta independentista del 11 de setiembre y almorzaba con un sensato sindicalista que hoy tiene un papel todavía más relevante. Le pregunté por la algo sorprendente conversión de Artur Mas al independentismo (entonces solo exigía el "democrático e incuestionable derecho a decidir". Mi interlocutor quedó un minuto en silencio y luego contestó contundente:

  • Mira, Artur Mas iba a cualquier acto —la inauguración de una mejora en un hospital o la inauguración de una escuela— y siempre, siempre, era recibido con protestas y pitos por los recortes. Desde que habla de autodeterminación cuando va a cualquier acto le aplauden. Ha pasado de ser abroncado a jaleado… ¿tú qué harías?

Creo que esta frase da la clave de lo que ha pasado en Cataluña en el periodo 2012-2018. La crisis económica despertó en todas partes una gran oleada de protestas contra los gobiernos que no tenían otro remedio que recortar el gasto público. Y esta protesta se producía en un ambiente ya muy irritado por el brutal aumento del paro (en España más que en otros países) y el inicio de la devaluación salarial. Ese es el despegue de los populismos del siglo XXI. La culpa de la crisis se traslada no a solo a los gobiernos nacionales sino a la globalización, al FMI y a organismos misteriosos como La Troika. En Europa, a Bruselas y al BCE de Fráncfort, presuntos culpables de lo que después algunos —incluido algún ministro actual de Pedro Sánchez calificarán de "austericidio".

Pedro Sánchez. (EFE)
Pedro Sánchez. (EFE)

El "mérito" de Artur Mas —y del secesionismo catalán— es haber lanzado con fuerza y convicción la idea de que lo que pasaba en Cataluña no era culpa de lo que la Generalitat hacía, o estaba obligada a hacer, sino de que Cataluña tenía una autonomía irrisoria que además era continuamente recortada y una financiación insuficiente que favorecía a otras CCAA. En el fondo todo se debía a que España iba camino de ser un estado fallido que no podría pagar la deuda externa que se había contraído por la gran incompetencia de los políticos españoles que eran además corruptos y ladrones. Y de los banqueros que se repartían tarjetas black para pagar alcohol, ropas de lujo e incluso señoritas de compañía. Y nadie en Madrid respetaba la lengua y la cultura catalana. ¡El infierno!

Como dijo Artur Mas —pocos meses después— Cataluña no tenía la culpa de sus desgracias y la única solución era huir de España y crear un nuevo Estado —libre, limpio y justo— que la Unión Europea tendría que acoger en su seno. Merkel y Hollande se tendrían que divorciar de Rajoy y del PP porque la presión de la opinión pública europea —ante la insensibilidad del gobierno autoritario de Madrid (una democracia a la turca) a la protesta catalana— sería cada día mayor.

Mas se montó la idea de que los males provocados por la crisis eran culpa de España y que el malestar social se subsumiera en la protesta secesionista

Bastantes años antes, cuando se desmembró la Unión Soviética, el gobierno de Felipe González aún dudaba de que Estonia, Letonia y Lituania llegaran a ser independientes, y Jordi Pujol era un aseado presidente autonómico al que el diario 'ABC' no dudó en hacer Español del Año (era la bisagra que podría hacer caer a Felipe González), Pujol reaccionó con inteligencia, con una frase que fue tácitamente el fundamento del catalanismo durante años: "Cataluña es como Lituania (tiene los mismos derechos, incluido el de autodeterminación), pero España no es la Unión Soviética" (la URSS es un fracaso total mientras que la conversión de España en una democracia próspera es un éxito en la que CDC, dirigida por Jordi Pujol, ha sido clave). La conclusión era clara. Cataluña era como Lituania pero no interesaba salir de España.

A la altura del 2012 el pujolismo pensante, no demasiado abundante y con Pujol en un retiro que ya intuía que acabaría mal (le dijo a mas de un colaborador: "yo ya me debería haber muerto") reinterpretó la frase de Pujol en otro contexto: "Cataluña es como Lituania (los mismos derechos) y la España de la crisis se parece cada día más a la Unión Soviética, camina hacia el desastre y está obligada a explotarnos cada día más poniendo en peligro el estado del Bienestar. La única solución es huir de España y crear un Estado propio".

El expresidente de la Generalitat Jordi Pujol acude al velatorio por la soprano Montserrat Caballé, el pasado octubre. (EFE)
El expresidente de la Generalitat Jordi Pujol acude al velatorio por la soprano Montserrat Caballé, el pasado octubre. (EFE)

Y el independentismo ha ganado tres elecciones seguidas —2012, 2015 y 2017— con esta idea simple y bastante populista: la culpa de la crisis y de los recortes es de la incompetencia del Estado español que además se apodera de nuestros impuestos, no respeta nuestra cultura y está gobernado por un partido —el PP— cercano a la extrema derecha.

Y pese a que España volvió a crecer con claridad desde 2014-2015, esta idea no desapareció porque el gasto público tuvo que seguir controlado, la izquierda española negaba la recuperación —o la creía tan injusta que no merecía dicho nombre— y los políticos del PP cometieron graves errores. El último —no el más grave— fue el de Rajoy a finales del 2016 cuando formó su último gobierno y ya se intuía el aparatoso choque de trenes de setiembre-octubre del 2017. Entonces mostró su incomprensión de la realidad catalana nombrando, por presión de Cospedal, a Dolors Montserrat, una diputada con poca proyección, como la voz de Cataluña en el gobierno de Madrid. La presión de Cospedal era más decisiva que la amenaza de tormenta. Incluso Franco nombraba ministros catalanes con mas 'seny', pese a que los catalanes —como los españoles— entonces no votaban. Laureano López Rodó, el Comisario del Plan de Desarrollo, tenía más arraigo social que Dolors Montserrat.

La segunda muerte de Artur Mas

Pero esta semana el mantra apadrinado por Mas ha empezado a desmoronarse públicamente. Los médicos, los bomberos, los universitarios y los funcionarios han hecho huelga y se han manifestado para protestar por sus condiciones laborales. No dicen que la culpa sea de la Generalitat, pero saben que —al menos en primera instancia— es la responsable. Y un año después del fracaso de la independencia empiezan a pensar que quizás quienes hablan continuamente de república son ilusos, o farsantes, o incompetentes, o incluso desaprensivos. Da lo mismo: exigen mejores condiciones laborales ya.

Bomberos, médicos y funcionarios no quieren oír hablar de ninguna república, lo que exigen es mejoras sociales ya

Si es con autonomía recortada, con autonomía recortada y si es como estado independiente, como estado independiente. Pero como el 27-O los que proclamaron la República fracasaron… Una parte de los que protestan y de los funcionarios, que pararán más masivamente los próximos días —y esta vez convocados por los dos sindicatos mayoritarios— pueden pensar: el muerto (la pretendida república) al hoyo y el vivo al bollo. Y cuando el portavoz parlamentario de Puigdemont, Eduard Pujol, les dice a los médicos que no hay que perderse en pequeños detalles como el número de ciudadanos que deben atender en una hora… les debe parecer tan lejano y desalmado como uno de aquellos "hombres de negro" que eran el espantajo que agitaba Cristóbal Montoro.

Tras más de seis años en los que la protesta social catalana ha quedado subsumida en la protesta independentista contra España, muchos catalanes —independentistas o no— empiezan a ser conscientes de que no saben de quién es la culpa, pero que la Generalitat no puede escudarse continuamente en Madrid para no atender sus demandas. Y menos cuando prometieron que en este momento Cataluña ya sería independiente desde hace meses y lo de la República recuerda cada día más el timo de la estampita.

Bomberos encienden bengalas durante la protesta por los recortes y las condiciones laborales ante el Parlamento de Cataluña. (Reuters)
Bomberos encienden bengalas durante la protesta por los recortes y las condiciones laborales ante el Parlamento de Cataluña. (Reuters)

Añádanle que en el gobierno de Madrid ya no manda el PP, que el PSOE no es el PP, que Pedro Sánchez no es Susana Díaz, que Meritxell Batet y Miquel Iceta no son Jorge Fernández o Dolors Montserrat, que Mas —pese a todo— era más convincente que Puigdemont y parecía menos extraterrestre que Torra…

Lo cierto es que el secesionismo vivía en la creencia de que la acusación de rebelión contra nueve de sus dirigentes provocaría una conmoción social y lo que se ha vivido estos días no tiene nada que ver con el 'procés'. Que los médicos, los funcionarios, los profesores… dicen: basta ya de discursos ¿y de lo mío qué? Y encima en el independentismo, por sus batallas intestinas nadie quiere votar los Presupuestos del 2019 que darían algo mas de oxígeno a las finanzas de la Generalitat.

Y los bomberos y médicos, que esta semana rodearon el Parlament, pueden pensar que no es de recibo decir que la Generalitat no tiene dinero y, al mismo tiempo, votar no a unos presupuestos que le daría más recursos. ¿Mejorará la situación de los presos si ERC y el PDeCAT no votan los presupuestos y Pedro Sánchez resulta debilitado?

Que el juez Llarena sea presentado en Burgos como el Cid Campeador contra el separatismo no ayuda a la desinflamación

Políticamente Mas fue ejecutado por las CUP en enero del 2017, cuando se negaron a elegirle 'president'. Pero ideológicamente puede haber muerto esta semana cuando las reivindicaciones sociales a la Generalitat han puesto de relieve que la idea de que todo era culpa de Madrid es ya menos dominante. Podríamos parafrasear el título de la novela de Jorge Semprun y hablar pues de la segunda muerte no de Ramón Mercader (el asesino de Trotsky) sino de Artur Mas (el de CDC).

En el gobierno de Madrid hay cierta esperanza de que las protestas de esta semana pueden forzar a que el independentismo (asustado) repiense el voto negativo a los presupuestos. Quizás… Pero una idea dominante en la sociedad catalana (eso es el apoyo bastante militante del 47%) no se cambia en unos meses. Tras seis años de inflamación, la desinflamación (menos romántica) necesita tiempo.

Y que las aguas se serenen, cosa nada segura. Cuando el instructor del caso del 1 de octubre, el juez Llarena, es presentado en una conferencia pública en Burgos como el nuevo Cid Campeador… la fe en la justicia española no puede multiplicarse. Y menos si el juez Llarena no explicita que no se ve como el Cid Campeador del siglo XXI.

Y cuando dos dirigentes independentistas —Jordi Sánchez y Jordi Turull— que ya llevan más de un año en prisión preventiva inician una huelga de hambre es algo que se debería contemplar con responsabilidad y preocupación. Sobre todo, porque casi el 70% de los catalanes, porcentaje que supera en mucho al de independentistas, creen que Jordi Sánchez y Jordi Turull —y el resto de acusados en prisión— hace ya muchos meses que deberían estar en libertad condicional.

Confidencias Catalanas

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