Ya empezó la larga campaña

El reduccionismo al 155 y la crisis de Venezuela están siendo los dos primeros asuntos de las batalla electoral de 2019

Foto: El presidente de la Generalitat, Quim Torra, a su salida de la prisión de Mas d'Enric tras visitar a la expresidenta del Parlament Carme Forcadell. (EFE)
El presidente de la Generalitat, Quim Torra, a su salida de la prisión de Mas d'Enric tras visitar a la expresidenta del Parlament Carme Forcadell. (EFE)

La primera quincena de febrero va a ser movida con el inicio del juicio contra los dirigentes independentistas en el Tribunal Supremo y con la votación de las enmiendas a la totalidad de los Presupuestos en el Congreso de los Diputados, previsiblemente el próximo 13 de febrero.

Y en ambos casos Cataluña va a estar en el centro de la noticia. Alguien dijo que una Cataluña desestabilizada era un foco de grave irritación en la política española. Y lo más extraño es que una parte del espectro político español crea —o como mínimo pregone— que la aplicación indefinida de un artículo de la Constitución, el 155, previsto para casos excepcionales, es el camino para normalizar Cataluña y toda España.

Podría ser todo lo contrario. Un economista liberal de prestigio, Luis Garicano, argumentaba ayer en 'El Mundo': “Un 155 duro y 'sine die' solucionaría lo esencial: la ausencia del Estado de derecho”.

Sorprende, primero, que Garicano —y otros— no se planteen que un 155 'sine die' podría ser de entrada inconstitucional. O acabar en la inconstitucionalidad. ¿Se suspenderían también 'sine die' las elecciones en Cataluña? Además, si cree que el Gobierno Sánchez no hace respetar el orden legal —que de todas maneras es una cosa diferente a lo que a los dirigentes de Cs les gustaría que pasara en Cataluña—, para eso están las denuncias a la Fiscalía y los tribunales de Justicia. ¿No tiene confianza Garicano en el sistema jurídico español si no es en el marco del 155?

Me ha sorprendido Garicano, pero vayamos al grano. La invocación permanente al 155 es solo la confirmación de que la campaña electoral para las elecciones europeas, autonómicas (en gran parte de España) y municipales está empezando con todo su esplendor. Y el esplendor va a brillar porque las elecciones de mayo serán —salvo sorpresa— el prólogo de las elecciones generales más disputadas de la democracia española. En 1982 se sabía que el PSOE iba a ganar, aunque solo fuera por la voladura descontrolada (la derecha decía que controlada) de UCD. En 1996 era lógica la llegada de la alternancia. En 2004 el PP perdió con sorpresa, pero más por los desaciertos de Aznar que por otra cosa. Y en 2011 la crisis económica mundial más grave desde 1929 se llevó por delante a Zapatero, como a muchos gobiernos del mundo.

Este año, tres líderes jóvenes y ambiciosos —Sánchez, Rivera y ahora también Casado— se juegan su futuro en unas reñidas elecciones

Ahora —con el PSOE en primera posición, pero con una posible mayoría absoluta de tres partidos de la derecha— el resultado de la batalla es incierto y puede pender de un hilo, como en la escena estrella de 'Match Point', la famosa película de Woody Allen.

Portada de 'ABC' del 29 de enero.
Portada de 'ABC' del 29 de enero.

Y la batalla electoral será doble. Por una parte, la derecha desunida va a hacer todos los esfuerzos para “echar al ockupa de la Moncloa”, como la candidata de Casado a la Comunidad de Madrid se refiere a Pedro Sánchez, con notable sentido de Estado. Pero al mismo tiempo habrá una lucha despiadada entre el PP y Cs por ser el primer partido de la derecha. En Andalucía, el PP logró conservar esa posición y ganó la presidencia de la Junta. Ese es el esquema de Casado, pero puede fallar en otras comunidades, relevantes ayuntamientos y en las propias legislativas. Sin ir más lejos, ayer, una encuesta daba a Begoña Villacís la preeminencia en las municipales de Madrid, lo que evidentemente no puede dejar de provocar una gran zozobra en el PP, ya que Madrid —junto a Galicia— es una de sus plazas más emblemáticas. Si Cs les adelanta en la capital de España…

La campaña de mayo (y la de las legislativas) va a ser cruenta, porque tres líderes políticos jóvenes y ambiciosos —Sánchez, Rivera y Casado (recién llegado pero consolidado tras Andalucía)— se juegan su futuro.

Casado y Rivera necesitan matar a Sánchez, pero deben también combatir entre ellos por ser quien se erige en el mejor defensor del orden. Sánchez tiene que salir vivo sin mucha fuerza (el PSOE va primero, pero está muy lejos de la mayoría absoluta, y Podemos atraviesa horas bajas) y tiene el problema añadido de que su mayoría circunstancial comporta cierto desconcierto. Pero tiene un activo nada despreciable: el electorado español sintoniza más, en todas las encuestas sin excepción, con un centro-izquierda moderado que con la derecha-derecha. Y Casado cree que el PP debe desplazarse hacia ahí para no dar agua a Vox (quizá se equivoque) y Rivera tiene dificultades para volver a ocupar el espacio del centro liberal, posición que tampoco le conviene porque seguramente le impediría adelantar al PP.

La desinflamación con Cataluña apela a la racionalidad. El 155, al sentimiento y al miedo. ¿Qué prevalecerá?

En este contexto, la exigencia del 155 'sine die' —bastante descabellada y contraria al 155 pactado con el PSOE de Rajoy— puede ser un potente pegamento de la derecha y un arma de disuasión contra Pedro Sánchez. La desinflamación —tras el 155 de Rajoy— es la política sensata y la única que quizá pueda impedir el agravamiento del problema. Pero es una política que apela a la razón, no a la identidad, y no corren buenos tiempos para las políticas racionales. En Italia, el populismo de Salvini y los antisistema de 5 Estrellas (¿Vox más algo de Podemos?), en base al sentimiento y al miedo, se han cargado el populismo televisivo de Berlusconi y el Partido Democrático (los herederos de la izquierda democristiana, la socialdemocracia y el eurocomunismo). Además, la desinflamación —y la necesidad de no perder votaciones— obliga a Sánchez a dialogar continuamente con los partidos independentistas, que no abdican de la unilateralidad y que en las acciones de Torra lindan con la mascarada. Si a muchos catalanes —incluso independentistas— les cuesta entender sus 'originalidades', me imagino la irritación que pueden provocar en otras partes de España. ¿Será Torra un buen póster de la campaña del 155?

¿La incomprensión y el hartazgo con la situación catalana pesarán más que la racionalidad, que sabe que las enfermedades no se curan con milagros y que la práctica desinflamatoria es una condición necesaria? Está por ver, y el PP y Cs van a exagerar y magnificar gran parte de lo que pasa en Cataluña porque saben que la sensación de que en la comunidad más rica de España —con lengua propia y amplia autonomía— predominan el desorden y el desprecio por España les puede beneficiar. Aunque esté lejos de ser la verdad o toda la verdad.

Una mayor influencia de España en el mundo exigiría un cierto consenso en política exterior. Pasa todo lo contrario

Pero no es solo el 155. La actitud ante Venezuela demuestra también esta tendencia a exagerar y satanizar el comportamiento de Sánchez. El régimen de Maduro ha batido todos los récords de incompetencia económica y de falta de respeto a la libertad, pero se mantiene en el poder por el apoyo del ejército y del llamado chavismo (populismo de izquierdas dominante en algunos sectores mimados por el régimen).

El intento de Maduro de iniciar un segundo mandato tras unas elecciones sin garantías ha provocado gran indignación en el interior de Venezuela y en la opinión pública internacional. Y un grupo de países americanos (Estados Unidos, Canadá, Brasil, Colombia y Argentina principalmente) han reconocido al presidente de la Asamblea Nacional, Juan Guaidó, como presidente legítimo para que convoque elecciones.

El presidente de República Dominicana, Danilo Medina (d), y el presidente español, Pedro Sánchez.
El presidente de República Dominicana, Danilo Medina (d), y el presidente español, Pedro Sánchez.

La UE ha optado por un camino paralelo, pero no idéntico. Tras bastantes consultas (hay que poner de acuerdo a 27 países con intereses no siempre coincidentes), ha amenazado a Maduro con reconocer a Guaidó si no convoca elecciones con garantías en un breve plazo de días. Porque Maduro sigue teniendo el poder, porque la clave está en la actitud de los militares, por intentar evitar el enfrentamiento interno y porque Trump no ofrece garantías de intervención racional. Y España se ha inclinado por liderar y apoyar la actitud común de la UE y no sumarse a la posición de Trump. Se puede discrepar —preferir la vía Trump (y de Canadá y el Brasil de Bolsonaro) a la vía europea—, pero es irracional atacar a Pedro Sánchez calificándolo de protector y cómplice del régimen de Maduro. La realidad es que la mayoría de gobiernos conservadores europeos —empezando por Merkel— han adoptado la misma posición que Sánchez.

El aumento de la influencia de España en la crisis —y en el mundo— exigiría un mínimo consenso en política exterior, pero parece que en el año electoral de 2019 esto va a ser imposible. Sin previa solicitud de entrevista o de consenso, Casado y Rivera se han lanzado a descalificar a Sánchez. Hasta el extremo de que —oyéndoles— parecería que Maduro no se mantiene en el poder por el apoyo del ejército (pese a Trump), sino solo porque Sánchez no ha liderado la UE para adoptar la misma posición que Trump.

Es un disparate, pero el PP y Cs creen que eso puede debilitar a Sánchez, máxime cuando Podemos (su socio) ha quedado en ridículo por su apoyo (¿pasado?) al socialismo de Chávez. Y Sánchez tampoco ha querido citar a Casado y Rivera para consensuar la política exterior. Debe creer que es perder el tiempo y ha preferido marcar territorio entrevistándose con presidentes americanos en Davos, telefoneando a Guaidó, pactando con Alemania la posición de la UE y viajando a América esta semana.

Es difícil que la irrupción de las nuevas tecnologías en el sector del taxi deba abordarse a nivel autonómico



Este lunes, Antonio Casado explicaba con precisión en El Confidencial que las críticas a Sánchez por Venezuela eran injustas. La realidad es que Venezuela es un argumento más en la larga campaña electoral de 2019 contra Pedro Sánchez. Y también de la lucha entre los dos líderes de las dos derechas (tampoco hay una declaración conjunta de Casado y Rivera sobre este asunto) por erigirse en el papel de líder de la oposición.

Esa es la realidad. Y así seguimos. La crisis del taxi aconsejaría un planteamiento general a nivel de todo el Estado, porque la irrupción de las nuevas tecnologías en el sector exigirá algo similar a un plan de reconversión que sería absurdo plantear de forma individualizada. El ministro Ábalos se equivocó al traspasar las competencias a las autonomías (que las aceptaron sin queja) e intentar así no estar en el ojo del huracán, cosa imposible. Mañana tendrá que explicarse en el Congreso. Sería bueno —para todos— que se acercaran posiciones y que la conflictiva liberalización del transporte en las ciudades no se convirtiera en un nuevo argumento de campaña.

La crisis del taxi no se resolverá sin atender los intereses de ambas partes —los taxistas y los conductores de VTC, sean autónomos o asalariados—, pero el primer objetivo es que la crisis perturbe el mínimo posible el funcionamiento de la vida ciudadana. La huelga es un derecho, la ausencia de servicios mínimos, no, y la ocupación permanente de la Gran Vía o la Diagonal barcelonesa, o del paseo de la Castellana en Madrid, al grito de la calle es mía, es una ocupación ilegal del espacio público que no debe tolerarse. En Barcelona, los taxistas y los conductores de Cabify lo han hecho sin que la Generalitat, que tiene las competencias de orden público, lo impidiera. En Madrid, el Gobierno central —con la colaboración de las grúas municipales de Carmena— lo toleró solo unas pocas horas. Hay que constatarlo.

Confidencias Catalanas
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