¿Han asesinado la desinflamación?

El PP, Cs, ERC y Puigdemont no están de acuerdo en nada. Pero juntos y revueltos han dado una estocada a la política de distensión en Cataluña

Foto: Quim Torra en la manifestación de este sábado contra el juicio del 'procés'. (EFE)
Quim Torra en la manifestación de este sábado contra el juicio del 'procés'. (EFE)

Es una casualidad, pero no deja de ser significativo que, en la semana en la que ha empezado el juicio en el Supremo contra doce dirigentes independentistas catalanas, se hayan tumbado los Presupuestos del 2019 de Pedro Sánchez.

Que la oposición conservadora —con ganas de recuperar la Moncloa— derribe un gobierno socialista en una votación presupuestaria sería normal. Nada grave. La derecha estaría exultante, los socialistas tristes y poco más. El cuadro europeo hace que la política económica —y la social— pueda ser distinta, pero no radicalmente contraria. Tsipras llegó al poder en Grecia clamando contra la ortodoxia del euro (y contra Alemania) y ha acabado asumiendo esa política —como antes Zapatero y Rajoy— que ha acabado teniendo éxito gracias al BCE y a Mario Draghi, tan criticados en España hace unos pocos años. En medio de esta reconversión desapareció el famoso Varoufakis.

Tampoco fue grave —excepto para los partidarios del PP— que un líder socialista con ambición aprovechara una sentencia que desnudaba las prácticas ilegales del partido de la derecha —y comprometía al presidente del Gobierno— para plantear una moción de censura y ganarla.

En el 2017, el PP y el PSOE apoyaron el 155 de Rajoy. Ahora, la crisis catalana es el eje de la discordia entre los dos grandes partidos españoles

Lo grave y peligroso para España es que, así como en el 2017 y 2018, el PP y el PSOE tenían cierta unidad respecto a la crisis catalana —el apoyo al 155 suave y limitado en el tiempo de Rajoy— ahora la política respecto a Cataluña es el principal motivo de discordia entre los dos grandes partidos.

Es lógico que el PP quiera recuperar la Moncloa. Es lógico que los partidos independentistas —que apoyaron la moción de censura de uno de los que pactaron el 155— quieran sacar tajada en la negociación presupuestaria. Lo que no es lógico y es contra natura es que los partidos españoles que abogan por un 155 más duro y de duración indefinida reciban el refuerzo de los que critican que Pedro Sánchez no acepte negociar la autodeterminación.

El presidente del Gobierno, Pedro Sánchez. (EFE)
El presidente del Gobierno, Pedro Sánchez. (EFE)

PP y Cs, que clamaban contra la hipotética existencia de un relator en una fantasmagórica comisión de partidos que se estaba negociando, se manifestaron el pasado domingo para salvar España. Y 72 horas después tuvieron el apoyo parlamentario de los independentistas catalanes para votar contra los Presupuestos.

Lo grave es que la conjunción no fue contra los Presupuestos, sino contra la política de desinflamación con Cataluña, que es la única razonable si partimos de dos premisas. Primero, Cataluña no se puede separar de España unilateralmente (sin respetar la Constitución y el Estatut) y además la partición sería un grave error político y económico para España y para Cataluña. Y dos, la estabilidad constitucional exige un diálogo y una inevitable negociación con los partidos que tienen mayoría (durante tres elecciones consecutivas) en el parlamento catalán y que reciben el voto del 47% de los electores catalanes. Sin olvidar, por descontado, que el otro 52% —que es muy diverso y va desde Dolors Montserrat a Ada Colau— también existe.

¿Han asesinado la desinflamación?

Lo preocupante es que Pablo Casado y Puigdemont (que domina al PDeCAT y condiciona a ERC) hayan coincidido en dar una estocada a la política de desinflamación. Es lógico (y natural) que Casado y Rivera se hayan aprovechado de que Puigdemont no tiene nada que ganar (y que Torra vive en otro mundo) para tumbar a Sánchez. No lo es que su punto cardinal para ganar las elecciones y para gobernar después sea aplicar otro 155 que solo conseguirá agravar la crisis catalana y complicar el funcionamiento de la democracia española, porque un 155 indefinido podría ser, de entrada, inconstitucional.

Rajoy destituyó al gobierno de la Generalitat y disolvió el Parlament, pero convocando elecciones en 55 días. ¿Con un 155 indefinido se destituiría al Govern, pero no al parlamento catalán? El choque sería de aurora boreal por el grupo formado por quienes se oponen a ese 155 (los independentistas, más los comunes, más el PSC suman 95 diputados sobre 135). ¿Se disolvería el Parlament también indefinidamente?

Es evidente que la medida estrella de Pablo Casado —que esgrime más que la bajada de impuestos— complicaría la vida de la democracia española y su imagen internacional de estabilidad política y económica.

Es lógico que Pablo Casado se aproveche del voto independentista contra Sánchez, pero no que base su campaña en prometer otro 155

En resumen, es lógico que Casado se beneficie del "despiste" (o la incompetencia) del magma independentista para derribar a Sánchez pero es peligrosísimo que simplifique tanto las cosas como para calificar a la mayoría parlamentaria catalana de golpista y abogar públicamente (junto a Vox) por una suspensión —sospechosa de inconstitucionalidad— de la autonomía catalana. No se arreglará el problema de Cataluña —que lastra la vida española desde hace más de diez años— partiendo de la propaganda barata de que el 47% de catalanes votan a "golpistas" y que, por tanto, deben quedar fuera del mapa político. Fuera de toda consideración política. Decir que la agenda catalana es como la de ETA —o aplaudir a quien lo dice— no merece ni ser calificado.

Por otra parte, es lógico que el independentismo quiera sacar tajada de la negociación con Sánchez (que necesitaba sus votos), pero es incomprensible que coincida con los partidos españoles que abogan por otro 155 en una votación que sabían que tendría como consecuencia el entierro (al menos por una temporada) de la política de desinflamación.

El líder del PP, Pablo Casado. (EFE)
El líder del PP, Pablo Casado. (EFE)

Se puede llegar a entender que ese sea el interés de Puigdemont que, sin una alteración relevante del orden constitucional, puede pasarse bastantes años en Waterloo y viajando por el mundo (con alguna dificultad), aunque sin poder entrar en Cataluña. Pero asesinar la desinflamación —y un Presupuesto que recogía algunas reivindicaciones históricas del catalanismo— es contrario a los intereses de la mayoría de los catalanes. Y me atrevería a decir que también es contrario a lo que piensan bastantes dirigentes secesionistas y al interés de los doce políticos que están compareciendo ante el Supremo.

Los independentistas han asesinado la política de desinflamación porque no han acabado de aceptar y asimilar que en septiembre y octubre del 2017 cometieron errores muy graves y ciertos delitos. Y algunos (Torra) sueñan con el momento adecuado para intentarlo de nuevo, para volver a las andadas. Y como ahora no pueden (e intuyen que no podrán al menos en algún tiempo) y están divididos y confusos, se permiten el desahogo de derribar a un gobierno de España que no acepta sus exigencias pero que les convenía. Sin calcular las consecuencias. Como ya hicieron el 27- O del 2017.

El PP aprovecha el voto independentista para echar a Pedro Sánchez de la Moncloa. Como dice el refrán castellano, a caballo regalado no le mires el dentado. Pero puede estar cometiendo una grave equivocación histórica si para ganar las elecciones promete entrar a caballo en Cataluña. Como el general Pavía en las Cortes de la primera república.

El PP y Cs han seguido la máxima de "a caballo regalado no le mires el dentado". Pero porque Puigdemont ha entregado el caballo

El pasado miércoles la política de desinflamación fue asesinada en el Congreso. Esperemos que, como Lázaro, pueda resucitar. Pero eso dependerá de los resultados electorales en España y en Cataluña (¿qué pasará con el PDeCAT?) y de los pactos —difíciles y complicados— a los que se llegue no ya tanto tras el 28-A, sino tras las elecciones europeas, autonómicas y municipales de mayo.

Hace unos años —cuando Cataluña estaba inmersa en una sequía que los contrarios al tripartito de izquierdas (CDC y el PP) atribuían a los errores de Montilla— el 'conseller' Baltasar, de Medio Ambiente, ecosocialista y agnóstico, visitó Montserrat y estuvo unos minutos ante la Virgen. Una periodista le preguntó si había pedido algo. La respuesta fue: "Le he dicho: tú, si puedes, haz que llueva". Pues eso, ahora habría que pedirle que el secesionismo recuperara el 'seny' y que en la madrileña calle de Génova se implantara la cordura.

Confidencias Catalanas
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