El asesinato

Puigdemont no ha hecho una purga en el PDeCAT sino que ha dado la puñalada final al pragmatismo de la antigua CDC

Foto: El expresidente catalán Carles Puigdemont. (EFE)
El expresidente catalán Carles Puigdemont. (EFE)

Tras la DUI y el 155 —que, como dijo Urkullu en el Supremo, Puigdemont no quería—, el mundo posconvergente quedó desnortado. Habían prometido la independencia, se habían rendido a un 155 'light', tenían que ir a las elecciones convocadas por Rajoy y todas las encuestas decían que ERC, el enemigo interno en el soberanismo, iba a ganarlas. Como ya temía Artur Mas en 2015, y por eso forzó la lista unitaria de Junts pel Sí en las elecciones plebiscitarias que Junqueras acabó aceptando con dolor.

¿Qué hacer con Jordi Pujol, obligatoriamente recluido en su exilio interior, y con Artur Mas, desarbolado por la CUP (y por sus errores) desde hacía más de un año, cuando cedió el testigo a Carles Puigdemont, alcalde de Girona y un personaje algo atípico de la CDC tradicional? El gen convergente se impuso. Había que cerrar filas tras el líder y presidente, aunque fuera sobrevenido. Y Puigdemont dictó su receta y sus condiciones. Formaría una lista —Junts per Catalunya— que no recordaría a la vieja CDC, que, como reconoció el propio Pujol, había hecho demasiado “la puta i la Ramoneta”, y los nombres de las posiciones de salida los elegiría él primando la radicalidad. Así nació JxCAT, con todo el apoyo logístico del PDeCAT pero en manos de Puigdemont y de sus incondicionales.

Era la única forma de ganar a ERC, que le había traicionado —Rufián lo comparó con Judas— cuando para salir del atolladero en el que se habían metido el 6 y 7 de septiembre estuvo dispuesto a convocar elecciones para evitar el 155. Y desde el exilio —y con TV3 retransmitiendo— sería un candidato mucho más presente que el encarcelado Oriol Junqueras.

Al sacar 13.000 votos más que Junqueras en las selecciones del 155, Puigdemont dio el primer paso para mandar en el independentismo

Y la operación salió bien. Aunque la lista de Cs ganó las elecciones con 1,1 millones de votos —fruto del espanto de muchos electores alérgicos al separatismo—, JxCAT le sacó 13.000 votos de ventaja a ERC (gracias a la provincia de Girona). El pacto independentista obligaba a ERC a votar 'president' al candidato de Puigdemont, que eligió a un historiador en horas libres del pensamiento nacionalista, Quim Torra, con experiencia de agitador cultural. Y con Torra en la Generalitat y la ayuda de independentistas voluntaristas como Elsa Artadi y Laura Borràs, ha dominado el cotarro.

Elsa Artadi (i) y Laura Borràs. (EFE)
Elsa Artadi (i) y Laura Borràs. (EFE)

Ha impedido que ERC —que sí lo intentó— llevara a la práctica una estrategia no maximalista y ha ido montando un embrión de aparato político —la Crida— con la pretensión teórica de unir a todo el independentismo, algo que no ha tenido éxito pero que sí le ha servido para amenazar las ansias de autonomía de los moderados del PDeCAT y para superar en radicalismo independentista a una ERC que se esforzaba por “tocar de peus a terra” (pisar terreno firme) y evitar volver a caer en los errores del otoño-invierno de 2017.

Puigdemont tuvo un susto cuando la moción de censura de Pedro Sánchez logró el apoyo de ERC y del PDeCAT. Pero reaccionó con contundencia haciendo destituir de la coordinación general del partido a Marta Pascal, que no se decidió a enfrentarse directamente al 'expresident'. Puigdemont se fue asentando así en un referente más radical que ERC. La desinflamación de Pedro Sánchez no le gustaba, porque podía llegar a interesar a independentistas recientes o moderados y disponer de la ayuda del PSC, un partido instalado en Cataluña desde las primeras elecciones.

La desinflamación de Sánchez no conviene porque puede interesar al nacionalismo moderado y favorecer la marcha atrás

Había que desarbolar —sin confesarlo demasiado— la política de desinflamación que podía incitar a una marcha atrás, y para ello la coincidencia del inicio del juicio en el Supremo con la votación en el Parlamento de los Presupuestos era la gran ocasión. Ni el pragmático Campuzano ni ERC se podrían oponer. Y, además, ERC —que no siempre calcula bien— se había metido en la trampa al exigir a Sánchez que la Fiscalía retirara la acusación de rebelión.

Ahora, al convocar Sánchez las elecciones, Puigdemont ha rematado sus designios purgando de la lista a Madrid a los moderados más significativos y colocando a Laura Borràs —incondicional tanto suya como de Torra— de real número uno en Madrid, ya que Jordi Sànchez, el primero de la lista y que tiene posiciones más matizadas, previsiblemente no podrá tomar posesión del cargo.

En realidad, Puigdemont no solo ha hecho una purga total del grupo parlamentario en Madrid sino que ha liquidado al PDeCAT y asesinado a la vieja CDC, que prácticamente no está en el Govern, tiene muy poco peso en el grupo parlamentario catalán, desaparece del Congreso de los Diputados y quedará a las órdenes de Elsa Artadi en el Ayuntamiento de Barcelona.

Puigdemont quiere un artefacto o partido nada ideológico, pero más radical que ERC en la mística independentista

La idea o intuición de Puigdemont de que una España ingobernable, o radicalizada contra Cataluña, puede favorecer la independencia es un desatino. Pero hay que reconocer que el personaje tiene decisión, capacidad de riesgo y suerte. Y su liberación en Alemania —tras la decisión del Tribunal Superior de Schleswig-Holstein y del juez Llarena— le ha hecho un héroe en sectores radicales del independentismo.

Proyección de un vídeo con momentos de la trayectoria dl expresidente del PDeCAT Artur Mas. (EFE)
Proyección de un vídeo con momentos de la trayectoria dl expresidente del PDeCAT Artur Mas. (EFE)

Artur Mas, el hombre que creyó que podría cabalgar sobre la conversión del catalanismo en independentismo y que lo eligió, debe estar pasmado. Duran Lleida dice que Puigdemont es un iluminado que tiene más rasgos de CUP con traje y corbata que de CDC. Y quizá tenga razón. La gran pregunta es por qué Artur Mas eligió a Puigdemont para sustituirle. ¿Buscó a alguien que no diera marcha atrás en su deriva? ¿Fue un pacto con un sector de la CUP —se habla del abogado Salellas, de Girona, que vemos estos días en el Supremo— para que retirara su veto al PDeCAT?

Sea como sea, Puigdemont ha acabado asesinando la Convergència nacionalista, pragmática y centrista. Quizá resucite algún día, porque responde bien —o respondía— a las necesidades de amplias capas de las clases medias catalanas. Pero, hoy por hoy, de cara a la próxima legislatura, la opción catalanista de centro no estará en el Congreso de los Diputados. Puigdemont la ha asesinado y los moderados del PDeCAT lo han permitido al no atreverse a plantarle cara con su propia lista.

Hasta hace poco, Cataluña tenía un partido de centro independentista, pero de raíces pragmáticas, y otro independentista de izquierdas. Ambos —se vio con Felipe, Aznar y Zapatero— dispuestos a colaborar en la gobernación de España. Ahora ERC sigue donde estaba, pero sufre la presión y la competencia de otro partido más independentista, sin otra significación que el separatismo y que tiende a creer que sus objetivos pueden salir beneficiados con una España ingobernable. Mal negocio para Cataluña… y para España.

Confidencias Catalanas
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