Vísteme despacio que tengo prisa

La derecha ha pecado de precipitación en su afán por conquistar la Moncloa y de maximalismo al proponer soluciones a la crisis catalana

Foto: Montaje de Abascal y Casado
Montaje de Abascal y Casado

A juzgar por los resultados del último 'tracking' de El Confidencial parece que la derecha se ha equivocado. Lleva meses exigiendo elecciones como una urgencia nacional y ahora resulta que el PSOE puede aumentar sus escaños de 84 a 133 mientras que el PP bajaría de 134 a 77, una inversión espectacular de la relación entre los dos primeros partidos.

Pero no es solo eso. La suma de la triple derecha (77 del PP, 53 de Cs y 27 de Vox) se quedaría en 157 escaños, mientras que la suma de los socialistas y Podemos alcanzaría los 161. Con el PNV serían 166 ó 167 y Pedro Sánchez podría seguramente ser investido, aunque los diputados de Puigdemont votaran en contra. Le podría bastar la abstención de ERC.

¿Por qué Casado (y Rivera) se ha equivocado? Un rápido repaso de lo sucedido detecta tres graves errores: la precipitación, convertir el conflicto catalán en el eje de su oposición y engordar las expectativas de Vox e introducir así un tercer competidor por el voto de la derecha que le puede restar diputados.

Las prisas excesivas han jugado una mala pasada tanto al impaciente nuevo líder del PP, Pablo Casado, como a Albert Rivera

El éxito de la moción de censuraun mecanismo constitucional— fue visto y vendido a la opinión pública tanto por el PP como por Cs como una agresión intolerable. El PP sintió que era expulsado del poder con cajas destempladas y con ignominia porque el éxito de la moción se basó en la sentencia de la Gürtel por corrupción, que cuestionaba al presidente Rajoy. A Cs le sentó como un jarro de agua fría porque rompió las expectativas generadas por una serie de encuestas en las que subía la intención de voto a Cs y Albert Rivera era el político mas valorado. La moción fue el final brusco de una etapa en la que el creciente desgaste del PP (entre otras cosas por la Gürtel) y la atonía del PSOE (con Pedro Sánchez fuera del Congreso) favorecía las expectativas de Rivera.

La reacción airada perjudicó a Rivera porque limitó su espacio político y le incitó a la agresividad a corto. También al nuevo líder del PP porque le exigió tremendismo opositor y le impidió reorganizar y ordenar su partido en una perspectiva a medio plazo.

El proverbio castellano dice "vísteme despacio que tengo prisa" y Casado y Rivera hicieron lo contrario. Optaron como estrategia única por echar con urgencia y como fuera a Pedro Sánchez de la Moncloa. Como si fueran dos presidentes de dos clubs de fútbol en apuros necesitados de recurrir a todo para ganar el partido del próximo domingo.

Visto lo visto fue un error. Con solo 84 diputados sobre 350 y dependiendo para respirar de Podemos, que pedía medidas sociales de elevado coste, y de los independentistas catalanes que exigían continuamente el derecho al referéndum y con el 'president' Torra con un discurso cada día mas peregrino, quizás era mejor hacer de oposición firme pero calculadora, esperando que Pedro Sánchez se fuera cociendo lentamente en su propia salsa, en la imposibilidad de atender demandas imposibles y soportar con solo 84 diputados las agresiones de Pablo Iglesias, acusándole de cobarde ante las veinte familias, la indignación de Joan Tardà y los exabruptos de Rufián más las descalificaciones a la democracia española del tándem Torra-Puigdemont.

¿No hubiera sido mejor para Pablo Casado montar una delantera parlamentaria competente (apartando como ha hecho ahora a Dolors Montserrat) y hacer sudar a Pedro Sánchez y a sus ministros la gota gorda en cada sesión parlamentaria y en el inevitable debate sobre el estado de la Nación para que fuera sobreviviendo —cada vez con menos aire— a las críticas más razonadas de la oposición y las fantasiosas demandas de Podemos y los independentistas?

Y que la urgencia es mala consejera quedó claro tras las elecciones andaluzas. Casado quiso ocupar de entrada el palacio de San Telmo —sin dar opción a que Susana Díaz fuera tropezando— para hacer olvidar el fuerte descenso del voto al PP, pero tuvo que pagar así el precio de pactar formalmente con Vox y empezar a legitimar de esta forma a otro partido de derecha. Y aquella legitimación contribuyó al ascenso de la intención de voto a Vox en las encuestas posteriores. Si era un partido con el que se podía pactar, ¿por qué no se le podía votar? ¿Casado era superior al ciudadano medio que vota a la derecha?

¿Por qué centrar todo en la indignación con el independentismo cuando la preocupación por el 'procés' ha caído al 7%?

Y qué necesidad tenía Cs de precipitarse a gobernar con un PP que previamente había pactado con Vox. ¿No era mejor no comprometerse en una alianza discutible en la que muy difícilmente podría ser el primer partido? Todo esto es lo racional, excepto si lo único que importa es echar cuanto antes a Pedro Sánchez de la Moncloa. Por prisa incontenida (Rivera) o por vacío existencial sin el aire de la Moncloa (el PP).

Es cierto que Sánchez siempre podía disolver 'motu proprio' como finalmente ha hecho, pero ¿por qué incitarlo y forzarlo tanto a una decisión difícil que seguramente hubiera tenido tendencia a aplazar? Solo si las encuestas hubieran sido inequívocamente favorables —que no lo eran— la estrategia del acoso permanente habría sido acertada. Pablo Casado, que tenía una valoración tan baja como Iglesias, necesitaba tiempo para mejorar su imagen. Y Rivera para rehacerse del golpe a sus expectativas de la moción de censura y marcar con calma un rumbo propio. Ambos líderes decidieron por el contrario hostigar al máximo al Gobierno y llamar a Vox en su auxilio asegurando nada menos que había riesgo de que España fuera troceada por una conjura del sanchismo y del separatismo. Apostaron así por el maximalismo y dieron gratis una confortable pista de despegue a un tercer competidor por el voto de la derecha.

Concentración convocada por PP, Ciudadanos y VOX en febrero. (EFE)
Concentración convocada por PP, Ciudadanos y VOX en febrero. (EFE)

Albert Rivera ha escogido la crisis catalana como el punto central de su estrategia contra Sánchez —ya antes, aunque con menos intensidad contra Rajoy— porque tuvo unos resultados espectaculares —fue la primera fuerza— en las elecciones catalanas del 2017 y ello disparó sus expectativas de voto en toda España. Había sabido plantar cara electoralmente al independentismo mejor que el PP y el PSOE. Está bien, pero no conviene olvidar que el monocultivo no es una opción inteligente ni el riesgo de parecer un disco rayado.

Pablo Casado optó por el conflicto porque en el mundo del PP —que no es todo el mundo— lo de Cataluña genera irritación (como los goles del Barça a los forofos del Madrid), porque le ayudó a ganar las primarias del PP contra Soraya acusando a Rajoy de timorato y porque a corto plazo era lo más fácil. También intentando hacer olvidar que la caída del PP no se debía a la crisis catalana —el 155 ha funcionado y el independentismo ha tomado nota (incluso Torra) de que no puede ir mas allá del verbalismo— sino a los múltiples casos de corrupción de muchos años que llegaron al punto de ebullición en la famosa sentencia de la Gürtel que cuestionaba directamente a Rajoy.

Pero, al pintar una imagen en exceso catastrofista de la crisis catalana, estaba cuestionando la eficacia del gobierno Rajoy, el del PP, y favoreciendo la emergencia de una formación política a su derecha. Si Casado coincidía con Abascal en que el 155 de Rajoy había sido demasiado blando (aunque fuera por culpa del PSOE) y que era necesario un 155 más duro y por tiempo indefinido; y al mismo tiempo decía —tanto él como dirigentes del nuevo PP muy próximos, como Isabel Díaz Ayuso— que se sentían cerca de algunas tesis de Vox, ¿por qué no dar una oportunidad a un partido nuevo que respecto a Cataluña estaba libre de polvo y paja?

El líder de Ciudadanos, Albert Rivera. (EFE)
El líder de Ciudadanos, Albert Rivera. (EFE)

Yendo más al fondo de la cuestión —con las críticas al relator como si fuera el fin del mundo que merecía una gran manifestación contraria en la plaza de Colón— forzaron la ruptura de Sánchez con el independentismo y han dejado al PSOE ir a las elecciones sin poder ser acusado de ceder ante el secesionismo. Y la realidad es que, bajo el Gobierno Sánchez, todos los desafíos del gobierno separatista —gracias al 155 de Rajoy apoyado por el PSOE— no han pasado del maximalismo verbal; y el juicio en el Supremo se está celebrando de acuerdo con las leyes vigentes y con la fiscalía manteniendo la acusación de rebelión (que por otra parte incluso a Felipe González le pareció excesiva). Que la abogacía del Estado cambie la calificación de rebelión a sedición —sea por lo que sea— no es ni el fin del mundo ni algo que pueda inquietar mucho al ciudadano medio. Quizá sí a algunos, pero esos son los que tienden a abandonar al PP y a Cs en favor de Vox, y el interés del centroderecha no debería ser ayudar a esa fuga.

Todo es opinable y seguro que muchos creen justo lo contrario, pero la realidad es que en octubre del 2017, antes del 155, los españoles que se declaraban preocupados por la independencia de Cataluña subieron al 29%, detrás solo del paro (69%) y de la corrupción (38%). Ahora la independencia de Cataluña solo preocupa (CIS de febrero) al 7,1%, es la undécima preocupación de los españoles y está por debajo no solo del paro y la corrupción, sino de asuntos como la inmigración, la sanidad y los partidos políticos (29%). Y entre los partidos debe estar el de Pedro Sánchez, pero también el de Pablo Casado, el de Albert Rivera y el de Pablo Iglesias.

La emergencia de la extrema derecha no es un fenómeno únicamente español. Ahí está el Frente Nacional francés robando votos a derecha e izquierda, o la Alternativa por Alemania con electores irritados con Angela Merkel o con antiguos votantes del SPD. O Salvini de ministro del Interior en Italia. Y quizás Steve Bannon dando apoyo moral y material.

Nunca en España tres partidos de la derecha habían competido por el voto y además con el mismo punto principal en el programa

El nacionalismo exacerbado como remedio de todos los males es el fantasma que ahora recorre Europa y llega hasta Vox. Y hasta Waterloo. El anticatalanismo solo puede favorecer a Vox que es el partido más radical, como la reacción contra la inmigración no favorece en Alemania al partido liberal (en esto a la derecha de Merkel) sino a la más extremista Alternativa por Alemania.

Por esto Casado y Rivera han favorecido a Vox al hacer de la aplicación del 155 el tema central de su campaña. Por primera vez el voto de la derecha en España se dividirá en tres tercios desiguales, cuando lo tradicional era que el PP tuviera todo el voto de la derecha, ya que el votante de la derecha extrema estaba realquilado en el PP. Esto se rompió en el 2015 y 2016, pero entonces el mensaje del PP (conservador) y el de Cs (liberal) era diferente.

Ahora el antiguo voto del PP se va a partir en tres y además el mensaje principal de los tres partidos coincide: 155 para Cataluña. Para el PP es muy grave —ya ha salido Aznar alarmado llamando al voto útil— porque se puede dar el caso —algunas encuestas lo detectan— de que el voto a la derecha suba mas que el de la izquierda (el PSOE recupera solo la mitad de los votos que pierde Podemos), pero que más votos no impliquen más diputados porque en las provincias pequeñas —muchas conservadoras— el partido que llega primero tiene prima (mucho mayor en el Senado). Y ahora, como consecuencia de la partición en tres del voto de la derecha, el primer partido puede ser el PSOE.

Que la derecha tenga más votos que la izquierda pero que la izquierda tenga mas diputados (161 contra 157, según El Confidencial) sería la ruina para Casado. Una ruina que la actual cúpula del PP ha fomentado al pactar con Vox en Andalucía, al convocar a Santiago Abascal a la plaza de Colón para evitar la venta de España a los independentistas y finalmente al lanzar un mensaje principal único para toda la derecha: 155 para Cataluña y descalificación del PSOE por la política de diálogo y desinflamación.

Además, el alarmismo puede acabar siendo gratuito. Ahora las dos encuestas que conozco sobre el resultado del 28-A en Cataluña —la del 'ABC' y la del diario digital independentista 'El Nacional'— dicen que esta vez los partidos secesionistas bajarán del 47% de diciembre del 2017 y no pasarán del 40%. El alarmismo por interés (no por observación de la realidad) no solo no tiene la razón, sino que puede no dar buenos resultados a quien lo predica.

Confidencias Catalanas

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