¿Qué quieren los catalanes?

El domingo se volvió a ver que el separatismo parte Cataluña en dos y que la división del secesionismo complica aún más cualquier intento de solución

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Para saber lo que han dicho los catalanes el pasado domingo, lo primero es analizar cómo han contestado a tres preguntas relevantes pero distintas.

La primera es a quiénes han dado su confianza para gobernar los ayuntamientos. La segunda es qué lista ha ganado las europeas. La tercera, qué ha pasado en Barcelona y quién será el futuro alcalde.

El voto en la totalidad de los municipios es muy relevante y el resultado coincide en lo fundamental con el de las legislativas del pasado 28 de abril. En la Cataluña actual, hay dos partidos en cabeza con posiciones enfrentadas respecto a la independencia o la pertenencia a España. El primer partido ha sido ERC, claramente independentista, que en las municipales ha obtenido el 23,5% de los votos con un gran salto adelante de siete puntos respecto a las de hace cuatro años. Es casi el mismo resultado (24,5%) que tuvo en las legislativas del mes pasado.

Pero con una votación muy cercana (21,9%) ha quedado el PSC, constitucionalista y partidario de un mayor autogobierno, que sube cinco puntos respecto a las municipales de 2015 y que también obtiene un resultado muy similar al de las legislativas (23,2%).

Luego, ya más lejos, se sitúan JxCAT (de alguna forma, la continuación de la antigua CDC), controlado por Puigdemont, con un 15,3%, un descenso de seis puntos respecto a 2015. En las municipales, se ha demostrado pues que la ERC de Junqueras es el partido más implantado en las ciudades y pueblos catalanes, desplazando de la primera posición —ganó en 2015— a la antigua CDC.

Luego, todavía a mayor distancia, vienen los comunes, con el 8,7% de los votos y bajando tanto respecto a 2015 como al 28-A. La crisis del mundo de Pablo Iglesias también afecta a Cataluña. Y después de los comunes se sitúa Cs, con un 5,1%, un resultado muy inferior al de las legislativas (11,55%) que demuestra que el partido de Rivera no ha sabido capitalizar la victoria de Inés Arrimadas en las autonómicas catalanas de 2017 —cuando recogió el voto útil antiseparatista— para implantarse en la vida local catalana.

La conclusión es que Cataluña es un país muy plural pero que hoy en día hay dos partidos dominantes —ERC y el PSC—, y que el entendimiento entre ellos no es nada fácil. Uno sigue apostando por la independencia y reivindicando —al menos 'de iure'— el referéndum del 1 de octubre de 2017, y el otro es claramente federalista y está muy vinculado al PSOE y a Pedro Sánchez. Y dentro del campo independentista, el partido de Oriol Junqueras bate claramente a la antigua CDC.

La victoria de JxCAT en las europeas demuestra que ERC no domina el secesionismo. Puigdemont encarna la amenaza radical

¿El resultado de las europeas avala las conclusiones anteriores sobre las municipales? Solo en parte y con una diferencia sustancial. El PSC sigue siendo el segundo partido con un 22,1% del voto, pero la primera posición no la ocupa ERC, cuyo candidato era Oriol Junqueras y que obtiene el 21,2%, sino la candidatura de Carles Puigdemont que, con el 28,6%, adelanta en más de siete puntos a ERC. Y el resultado tiene más relevancia por cuanto ambos —Puigdemont y Junqueras— lideraban las dos listas.

La conclusión es que en el campo independentista existe voto dual. En las municipales, vota mayoritariamente a ERC, mientras que en las europeas, lo hace a Puigdemont con un porcentaje (28,6%) que casi dobla el de JxCAT en las municipales. Es algo que sorprende. ¿Cuál es la causa de este voto dual y del fuerte incremento del voto a Puigdemont en las europeas, donde es directamente candidato contra Junqueras? Es una victoria personal, no de partido, que se puede atribuir a varias causas.

Carles Puigdemont valora los resultados obtenidos en las elecciones europeas. (EFE)
Carles Puigdemont valora los resultados obtenidos en las elecciones europeas. (EFE)

Una es que Puigdemont desde Bruselas ha hecho campaña libremente (en la prensa y en las televisiones, básicamente TV3), mientras que Junqueras, encarcelado, se ha expresado con muchas más dificultades. Esto ya sucedió en las autonómicas de 2017 cuando, contra pronóstico, Puigdemont derrotó a Junqueras. Pero entonces por unas pocas décimas y ahora ha sido por siete puntos. El liderazgo de Junqueras es, pues, frágil.

Otra posible causa es que Puigdemont ha sido la cabecera de muchas informaciones, no tanto por su campaña sino por la decisión —luego rectificada por el Supremo— de la Junta Electoral Central, a instancias del PP y Cs, de prohibirle su participación en estas elecciones. ¿Han ayudado así el PP y Cs, con su campaña contra Puigdemont, a su éxito electoral contra Junqueras? Es indudable, pero el grado de influencia de este factor es imposible de fijar.

Pero hay algo más profundo. En el mundo secesionista, hay desde siempre, pero todavía más desde la aplicación del 155, un fuerte sentimiento de agravio contra las instituciones españolas. Y esta protesta contra España, a veces primaria e instintiva, se inclina más por Puigdemont que por Junqueras, pese a que cuando Puigdemont no es candidato prefiere ERC a la antigua CDC. La razón sería que estos electores apuestan a que Puigdemont desde Bruselas —viajando libremente por Europa desde la decisión de un tribunal alemán de no entregarlo a España por no suscribir la acusación de rebelión— hace más daño a la reputación del Estado español que Junqueras sin poder salir de Soto del Real. Quizá crean también que Puigdemont podrá ejercer realmente de eurodiputado y que Junqueras lo tendrá imposible por estar en manos de Marchena.

La gran incógnita es si esta ventaja de Puigdemont —encarnando la radicalidad contra España— puede tener consecuencias en unas futuras elecciones catalanas —por fuerza no muy lejanas— en las que ambos fueran candidatos. De ahí que la radicalidad de Puigdemont sea un serio freno a la tambaleante evolución de ERC hacia el pragmatismo.

Maragall ha ganado por los pelos las elecciones de Barcelona, pero no es todavía seguro que sea el alcalde de la ciudad

Un fenómeno algo extraño es que en las elecciones europeas —quizá por el factor Puigdemont— los partidos independentistas han alcanzado el 49,8% de los votos, mientras que en las legislativas de abril y en las municipales esas candidaturas estuvieron en el entorno del 40%. Cataluña no es solo que esté dividida entre independentistas, no independentistas y mediopensionistas (los comunes, que exigen un referéndum) sino que la fuerza de los independentistas varía en función del tipo de consulta.

En este sentido, lo que ha pasado en Barcelona es significativo. El partido ganador es ERC, cierto que por poco margen (160.990 votos frente a 156.157 de Ada Colau), pero por el contrario las listas independentistas han perdido tres concejales (de un total de 42, han bajado de 18 a 15), mientras que los no independentistas (sin contar a Colau) han subido, gracias a los resultados del PSC, de 12 a 16.

¿Qué quieren los catalanes?

Con este panorama, la elección de alcalde de Barcelona no está nada clara. Sin pactos para la investidura, Ernest Maragall será alcalde. Le basta con ser la lista más votada. Si suma con JxCAT, el otro grupo separatista en el ayuntamiento, tendrá 15 concejales. Y si suma a JxCAT y Colau —pacto casi imposible—, llegaría a 25, con lo que superaría la mayoría absoluta (21 concejales) y podría gobernar con tranquilidad. La mayoría absoluta no la lograría pactando solo con Colau, ya que se quedaría con 20 concejales.

Pero hay la posibilidad teórica de una difícil mayoría alternativa. Un pacto Colau-Collboni (candidato del PSC) —posible, pues ya se dio durante unos meses de la pasada legislatura— se situaría en 18 diputados. Y si en la investidura solo tres concejales del grupo de Manuel Valls-Cs votaran a favor para que Barcelona no tuviera alcalde independentista, Colau continuaría siendo la alcaldesa de la ciudad.

¿Qué decidirá finalmente Colau? Es la gran incógnita, pero es cierto que solo el 31,8% de los barceloneses votó independentista mientras que el 36,6% (sin contar a Colau) votó constitucionalista. ¿Alcalde independentista —aunque se apellide Maragall— cuando en Barcelona el secesionismo ha bajado?

No es fácil que la política de desinflamación, única vía razonable, tenga hoy suficiente viento a favor

¿Qué conclusiones sacar de estas tres votaciones —europeas y municipales— de Barcelona? La primera es que la partición entre independentistas y constitucionalistas se concreta básicamente en dos partidos, ERC y PSC, de fuerza similar pero con ventaja republicana. Y estos dos partidos tienen serias dificultades programáticas para llegar a acuerdos, aunque sean parciales. El veto de ERC a que Miquel Iceta presidiera el Senado lo demuestra.

La segunda es que la dificultad de acuerdos entre socialistas y republicanos se agrava porque ERC teme que una parte de sus electores pueda cambiar el voto en algún momento —por ejemplo, unas autonómicas— a favor de Puigdemont si el exiliado de Waterloo es percibido como una opción más radical.

Con una Cataluña que vota independentista en una proporción cercana al 50% y en la que hay muchos ciudadanos (entre ellos, los que votan a Ada Colau) que pueden estar a favor de un referéndum pactado, cualquier solución es lenta y laboriosa. De entrada, la desinflamación y el respeto a las normas del Estado de derecho no tienen alternativa posible. Quizá no sea la solución, pero sí es el único camino posible.

El problema es que para que la desinflamación sea eficaz, no puede ser únicamente la política de un Gobierno socialista en Madrid (aunque sea con el apoyo de Podemos). Necesitaría un pacto de Estado con la derecha y esta posibilidad, hoy por hoy, parece muy lejana.

Confidencias Catalanas
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