La batalla del debate. Manual de combate contemporáneo

Los tertulianos tendrán su impresión del debate de este lunes y, para reafirmarla, echarán un vistazo a las redes sociales. Nadie quiere sentirse desconectado

Foto: Los asesores de los líderes políticos visitan el lugar del debate. (EFE)
Los asesores de los líderes políticos visitan el lugar del debate. (EFE)

El peso de las redes sociales marcará el resultado que tendrá el debate electoral televisado. Lo saben los candidatos y lo saben sus equipos de comunicación digital, que vienen preparándose para esta jornada como quien se prepara para el desembarco de Normandía.

Los debates previos lo han dejado demostrado. La percepción de que Pablo Iglesias ha ganado los encuentros en los que ha participado no puede comprenderse si, además de su actuación, olvidamos las acciones en la red de un ejército mucho más numeroso y bastante mejor disciplinado que el de sus adversarios.

La comunicación ha cambiado. Seis de cada 10 votantes no verán el debate, pero al día siguiente todos tendrán una impresión sobre lo que ha ocurrido. En ese salto entre la audiencia del debate y la opinión pública es donde las redes sociales ya son determinantes.

Veremos lo que ocurre hoy, pero tengan una cosa por segura: no puede haber más motivación en las tropas digitales de los cuatro partidos.

El anterior debate televisado. (EFE)
El anterior debate televisado. (EFE)

Puede que alguno cometa el error de llegar sin cargador de móvil en el bolsillo, pero todos se acercarán a la sede de sus partidos sintiendo que el momento se acerca, que llevan demasiado tiempo esperando la batalla.

Tuvieron que esperar mientras trabajaban los estrategas en el centro de mando. Pero ese tiempo quedó atrás. Ahora no importa el terreno que eligieron.

Eligieron menos audiencia en la televisión. Habrá menos jóvenes en casa porque es verano y no puede ser casualidad que el debate se celebre el mismo día en que la selección debuta en la Eurocopa. Pero la fase en que se decidió todo aquello ya está cerrada.

Y también la siguiente, la etapa en la que el plan de batalla se trasladó a los cuarteles del relato. Allí se trabajó duro. Las líneas de defensa quedaron dibujadas, los movimientos agresivos están calculados. Todo se dejó medido hasta el último milímetro, tanto que hasta el discurso se puede contar con números.

(Reuters)
(Reuters)

El debate durará 120 minutos, 100 sin publicidad, 23 por candidato; 3.500 palabras aproximadas en total; 3.300 escritas, cada una de ellas mil veces discutida y todas aprendidas de memoria por el candidato. El resto, unas 200, para tener margen de reacción ante los ataques o preguntas de los demás. Por si acaso. Papeles guardados bajo llave. Aunque no del todo.

El “olor a napalm” de 'Apocalypse Now' llega por primera vez a los equipos digitales con la entrega de los mensajes centrales que serán emitidos durante el debate.

Las imágenes y los gráficos que respaldarán las frases de cada candidato ya están listos, el minuto de vídeo que debe ser propagado ya está señalado.

Todos los francotiradores digitales estarán armados antes de que el debate empiece. En los momentos de fuego a discreción, se lanzarán 12.000 mensajes por minuto en Twitter. Por eso es tan importante poder disparar en tiempo real y con el mayor calibre posible.

Comienza el combate. Máxima concentración en las cuatro sedes, durante esos 100 minutos, los refrescos se calentarán y las pizzas se enfriarán. Todos los móviles echarán humo, aunque ninguno de ellos tendrá más de una aplicación abierta. Organización, disciplina, precisión, cada uno en lo suyo, en su base de datos, con su lista de distribución. Los barcos del desembarco: Twitter, WhatsApp, Telegram, Facebook, YouTube…

Y así hasta que la televisión desconecte, que es cuando empieza la batalla de verdad porque todo se concentra en el mismo frente. Arena alcanzada. Ya no vale el talento, ya solo cuenta la potencia de fuego.

Las encuestas que abran los medios digitales preguntando quién ha ganado emergen como las posiciones prioritarias a tomar, también la necesidad de alcanzar a quienes más seguidores tienen en la red -los 'influencers'-. Nadie emite ninguna orden, la misión está completamente interiorizada. Hay que levantar la bandera, las declaraciones en menos de 140 caracteres que traen los oficiales. Hay que llevar el 'hashtag' de Twitter hasta la cima…

Lo asombroso de todo este movimiento va más allá de la velocidad y la coordinación. Lo de menos es la tecnología, lo tremendo está en el método con el que unas decenas de chavales construyen un sentido, un significado que puede acabar siendo decisivo para el futuro del país.

Porque, al final, los creadores de opinión harán lo que haremos muchos de nosotros y nosotras. Los tertulianos y los columnistas tendrán su impresión de lo que ha ocurrido, y para reafirmarla o para matizarla echarán un vistazo a las redes sociales. Lo que se encuentren incentivará o inhibirá su sensación. Nadie quiere sentirse desconectado.

Por estar contagiados, serán los medios analógicos -los de masas- quienes de verdad viralicen la imagen de un resultado que fue lanzada desde las redes sociales.

Es un proceso que puede describirse como se ha hecho aquí, con el dibujo de la costa de Normandía. Pero también puede contarse de una manera menos violenta y más didáctica.

Es el cuento del flautista de Hamelin pero al revés: no son todos siguiendo a uno, es el individuo detrás de una masa virtual y efímera. Visto así, cabe preguntarse por el valor que le damos y debemos darle a nuestro propio criterio.

Crónicas desde el frente viral
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