Convención demócrata. Empieza el segundo acto: política pura

Termina la convención y empieza la campaña. El Partido Demócrata pondrá toda su maquinaria para darle calor a la imagen de su candidata, para generar tanta confianza como sea posible

Foto: Hillary Clinton durante la convención demócrata. (Reuters)
Hillary Clinton durante la convención demócrata. (Reuters)

Si tuviese que elegir el momento más emocionante de estos cuatro días en Filadelfia, me quedaría con las palabras de Khizr Khan, el padre de un soldado musulmán y norteamericano fallecido en combate.

Esos 90 segundos sirven para comenzar a desvelar la clave del segundo acto de la convención demócrata.

En la primera fase, superaron el riesgo de división. Pero quedaba la mitad del trabajo, generar la unión. ¿En torno a qué nos unimos?

Hay pocas cosas que puedan unir más a un colectivo que la existencia de un adversario exterior. La historia no se ha cansado de demostrarlo y las campañas electorales tampoco son una excepción.

Cualquiera que haya escrito un mitin sabe que la forma más rápida de alcanzar un aplauso es golpear al adversario con toda la mano abierta. Siempre funciona.

Es así, en política no se debe poner siempre la otra mejilla. A veces hay que devolver la agresión, porque si te callas pueden acabar callándose los tuyos. Desmovilización.

De eso se encargaron tres hombres durante el tercer día de la convención, de liberar testosterona.

El alcalde Bloomberg, neoyorkino y millonario como Trump, se empleó a fondo para desmontar la imagen de hombre de negocios del candidato republicano.

Aquí tienen una selección: “Soy de NYC y se distinguir a un timador en cuanto lo veo”.

Después llegó el vicepresidente Biden y también se puso las botas: “Trump dice que se preocupa por la clase media, ¡vaya una sarta de chorradas!”.

Y a continuación, llegó Kaine –ya candidato a vicepresidente- que asumió el papel de padre que intenta ser enrollado para ridiculizar a Trump con una imitación.

Correcto. Pero una cosa es devolver el golpe y otra instalarse en el barro político. Eso acaba siendo contraproducente. No ya porque siempre termina llegando alguien más grosero, sino porque al atar el discurso a la crispación, te degradas a ti mismo y erosionas a la democracia.

Las campañas electorales son competiciones y para alcanzar la victoria se puede jugar sucio o se puede optar por ser mejor que el adversario. Los demócratas no van a achantarse durante esta campaña pero tienen decidido que su camino será el segundo. Y Obama ha sido el encargado de marcar ese terreno.

“Trump infravalora al pueblo americano. No somos un pueblo frágil, no somos asustadizos, no somos maleducados […] Tenemos la capacidad de darle forma a nuestro propio destino”

“América ha cambiado con el tiempo, pero nuestros valores no se han ido a ningún sitio, son tan fuertes como siempre han sido […] cualquiera que amenace nuestros valores, sea comunista, fascista, yihadista, o demagogo nacido aquí, siempre acabará fracasando”.

Ese paso narrativo es estratégicamente central porque establece el punto del conflicto de la campaña electoral, el choque entre relatos.

La cuestión no es pelearse contra Trump sino luchar por la gente que necesita que la política exista para no sentirse abandonada. Y amiga o amigo, cuando se trata de luchar por ti, Hillary nunca abandona.

Eso fue en mi opinión lo que hizo Obama: marcar el terreno, fijar el conflicto de la historia y definir el carácter de su sucesora. Sólo quedaba algo más, lo que no puede contarse con palabras. La cesión del testigo. El abrazo.

Así terminó el tercer día, cumpliendo el guión al milímetro. Pero quedaba lo más importante, la candidata. Todo lo ejecutado hasta entonces era el envoltorio de su intervención.

Muchos se preguntaban si ella sería capaz de generar la misma empatía que Obama, la misma confianza, la misma capacidad de caer bien.

Cualquier mujer profesional sabe que no. Cualquier mujer que conoce desde dentro el poder sabe que todavía las mujeres sólo pueden elegir entre ser tontas o malvadas.

Y que, por lo tanto, el peor error que puede cometerse en un discurso tan importante como este es renunciar a lo que se es tratando de adoptar un tono que no es el tuyo.

Por eso no vimos a una Hillary cálida, vimos a una mujer que guarda sus sentimientos para los suyos -de eso se ocupó su hija durante la introducción- pero que es tan profesional como el que más.

Alguien que afirma que con el “cuidado no basta”, que para conseguir el progreso real “hace falta cambiar los corazones pero también las leyes”.

Esa es la cuestión de fondo. Porque las emociones son útiles en la medida en que funcionan como recurso de la comunicación política. Pero la función de la política no es erizar la piel con una frase. Es ampliar, ley a ley, la libertad y la igualdad de la especie humana.

En términos emocionales, lo que hace interesante el discurso de la candidata demócrata se limita al reconocimiento de su propia debilidad. “A través de todos estos años de servicio público, la parte de “servicio” ha sido siempre más fácil para mí que la parte pública”.

Pero en términos estrictamente políticos, lo que hace que su intervención sea valiosa es, precisamente, la reivindicación de la política.

¿En torno a qué debe unirse el Partido Demócrata y la sociedad norteamericana en las próximas elecciones?

En torno a un proyecto para el país, un plan, un conjunto de propuestas para la nación. No alrededor de un mensaje atractivo sino de un contenido compartido y transformador.

Termina la convención y empieza la campaña de las presidenciales. El Partido Demócrata pondrá toda su maquinaria para darle calor a la imagen de su candidata, para generar tanta confianza como sea posible. Si algo han demostrado durante estos cuatro días es que saben de emociones y comunicación política.

Pero la apuesta no es vender a una amiga, sino ofrecer a una presidenta capaz, luchadora y comprometida. Es algo más sólido. Unión alrededor de la democracia, la convivencia y el progreso. No es la emotividad efímera. Es lo que perdura, la política, nada más y nada menos.

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