Crueldad intolerable. Sánchez como Corbyn

El PSOE y el Partido Laborista británico son organizaciones hermanas porque comparten el mismo origen y trayectorias cercanas. Nunca han sido tan irreconocibles y tan equiparables como hoy

Foto: El líder del PSOE, Pedro Sánchez. (EFE)
El líder del PSOE, Pedro Sánchez. (EFE)

En la entrega anterior, quedó señalada la fractura abierta por Sánchez en el Partido Socialista. Hoy, nos acercaremos a la evolución que puede seguir esa herida tomando como referencia un caso actual, cercano y que ofrece parecidos más que razonables.

El PSOE y el Partido Laborista británico son organizaciones hermanas porque comparten el mismo origen y trayectorias cercanas. Es verdad que no son completamente equiparables, pero también es cierto que nunca han sido tan irreconocibles y tan equiparables como en la actualidad. Ahora que esta historia puede contarse en tres actos.

Uno. La llegada

Ni Jeremy Corbyn ni Pedro Sánchez habrían sido elegidos si la socialdemocracia no estuviese atravesando una crisis tan profunda como la de este tiempo.

Su ascenso fue el fruto de la desorientación, el resultado de un deseo tan perezoso como argumentar que las corrientes profundas pueden alterarse con leves cambios superficiales. Fue la lógica de los espejismos efímeros.

Desde su mismo nombramiento, los dos impusieron el culto a la personalidad mediante una guardia pretoriana con más muescas en el revólver que libros leídos en la estantería.

Ellos, los mandados, siendo los primeros rehenes del miedo, fueron también los encargados de extender la nube de la sospecha en todos los confines del territorio, los que empezaron a preguntar lo peor que puede preguntarse en cualquier partido: ¿eres o no eres de los nuestros?

Dos. La violencia

Poco a poco, llegó la estación de la banalidad. Fue cuando el quehacer en la corte empezó a confundirse con la sucesión de ofrendas florales, cuando el discurso se transformó en un ejercicio de onanismo verbal, y el trabajo se limitó a tachar de malos augures a los portadores de advertencias.

Todo irá bien, decían. Pensamiento positivo, Jeremy Sánchez. Para que las cosas vayan bien, basta con pensar que no pueden ir mal. Esto es fácil. La vida te sonríe.

Pero las urnas llevaron la contraria a los aduladores y se hizo el silencio en los despachos. Fue en esa burbuja donde anidó el miedo, con los mimbres de un principio falso. Nunca fue verdad que en política los enemigos están al lado en lugar de enfrente.

El dirigente británico Jeremy Corbyn. (Reuters)
El dirigente británico Jeremy Corbyn. (Reuters)

Y entonces sucedió lo inesperado: se aceptó como algo tolerable, incluso natural, que Pedro Corbyn luchase por su supervivencia en lugar de trabajar por mejorar la vida de los demás.

De ese modo, empezó a parecer comprensible cualquier cosa, desde amedrentar a un compañero hasta negar la autocrítica. Había una explicación rápida para cada exceso y para cada equivocación.

Visto así, hasta tenía sentido actuar hasta las últimas consecuencias y más allá. Lo de menos era dañar la democracia del partido o la estabilidad del país. El Brexit o el bloqueo político, lo mismo me da que me da lo mismo. La supervivencia validando coartadas.

Ahora bien, ¿la supervivencia de quién? Es ahí donde está la verdad incómoda, en el simple hecho de que Sánchez -como Corbyn- no puede llenar una servilleta de papel con el nombre de las personas por las que quiere sobrevivir.

Y a pesar de todo, hay algo más grave que el no tener una causa por la que luchar. Es la certeza de que nada, ni la más noble de las tareas, legitima un acto violento. Y Corbyn, como Sánchez, viene haciendo de la violencia una herramienta frecuente hacia el interior de su partido.

Tres. La crueldad

La violencia empleada desde la dirección del Partido Socialista y desde el Partido Laborista es doble.

Es orgánica cuando se estrangula el debate, que es el latido de cualquier organización democrática. Ha pasado allí y está sucediendo aquí, cuando resulta obvio que el máximo órgano entre congresos del PSOE tiene que analizar la nueva situación política.

Las cosas han cambiado desde el último comité federal: el Rey ha designado a Rajoy para la investidura, hay fecha y el entendimiento entre PP y C's parece irreversible. Hay que hablarlo.

Impedir el diálogo es un acto de crueldad porque daña la espina dorsal del partido socialista y porque amenaza al país con una parálisis insoportable. Las siglas del PSOE no significan Pedro Sánchez Obstaculizando a España.

Nada, ni la más noble de las tareas, legitima un acto violento. Y Corbyn, como Sánchez, usa la violencia como una herramienta hacia el interior de su partido

Pero también hay una violencia personal en el uso del poder interno de los líderes del Partido Socialista y del Partido Laborista. En los dos casos, el fracaso político es proporcional al ensañamiento orgánico: se emiten amenazas, se fuerzan desmentidos y se desencadenan persecuciones y humillaciones.

Cuando la dirección da cancha a la retórica de la violencia, la furia acaba inundando el comportamiento de las bases. Aquí ya se ha dado un primer paso, un líder regional ha denunciado insultos contra él en las redes sociales, una auténtica cascada de violencia verbal. Y Ferraz ha mirado hacia otro sitio.

En el Partido Laborista también está pasando algo parecido, aunque en mucha mayor medida. Decenas de mujeres que tienen responsabilidad política han denunciado una escalada de amenazas de muerte o de violación en sus perfiles de Twitter y Facebook. Parecen provenir de los seguidores de Corbyn. Pero él, pendiente como está de sobrevivir en las primarias de septiembre, se ha lavado las manos.

Así que, cuidado.

Cuidado, porque el PSOE tendrá que afrontar sí o sí unas primarias para secretario general y el compañerismo importa.

Cuidado, porque el propio Sánchez será el máximo responsable si esa campaña no llega a ser pacífica.

Cuidado, porque hay un paso muy pequeño entre la violencia y la crueldad, entre la ira de uno y la furia de muchos.

Y cuidado, porque la ciudadanía no penaliza el enfrentamiento ideológico en los partidos, pero puede castigar la lucha por el poder sin más, la pelea por sobrevivir a costa de lo que sea.

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