Sorpresa en el debate de la campaña gallega

Había interés por ver a Luís Villares, el representante de En Marea. No le dedicó suficientes horas al debate y no recibió la preparación necesaria

Foto: Debate de los candidatos. (Efe)
Debate de los candidatos. (Efe)

Feijoó no habrá olvidado su derrota en el debate de las anteriores elecciones y su equipo tampoco. Aquel cara a cara no dañó el resultado final, pero esta vez la situación era distinta. Ahora la mayoría absoluta no está asegurada y aquí competían cinco en lugar de dos. El riesgo de encerrona era obvio. Inevitable.

Quizá por eso ubicaron el debate al principio de la campaña electoral, con margen para retomar el vuelo en caso de accidente. Quizá por eso llenaron la plaza de toros de Pontevedra 48 horas antes, para tensar a toda la organización. Y quizá por eso se anunció unas horas antes que el candidato del PP será padre dentro de unos meses. 

Lo que está claro es que su equipo se empleó a fondo en la negociación del debate. Feijoó lo abrió, lo cerró y en cada bloque disfrutó de una posición preferente para intervenir. Antes de empezar ya contaba con esa ventaja estratégica

Ya sabemos que no es un mensaje original, la dicotomía entre el caos o la estabilidad es tan vieja como la política

Y lo que puede comprobarse es que ese riesgo de encerrona ocultaba también una oportunidad. La mejor manera de desvelarla y de resumirla está en el hashtag que movió el PP en redes sociales durante el debate (cuentas oficiales incluidas): #FeijooVsLioDeCarallo.

A ese hilo conductor se agarró Feijoó durante todo el debate. Ya sabemos que no es un mensaje original, la dicotomía entre el caos o la estabilidad es tan vieja como la política. Pero sigue funcionando, sobre todo entre su electorado y ante un tinglado como el que se vive en el Congreso. Ese argumento podría haberle bastado para salir airoso en circunstancias normales. No fue así.

Y eso que Cristina Losada no le puso en muchos aprietos. La candidata de Ciudadanos reflejó bien lo que ocurre con su partido. Los naranjas parecen hoy más cerca de una franquicia que de una organización política. 

Todos sus mensajes fueron calcados a los que se escuchan en Madrid. La sensación que generaban sus intervenciones era extraña

Todos sus mensajes fueron calcados a los que se escuchan en Madrid. La sensación que generaban sus intervenciones era extraña, una especia de desconexión. No sé, vino a ser lo mismo que comer una pizza en Malasaña y exactamente la misma  pizza en O Carme. Faltó cocina gallega. Da la impresión de que alguien llegó desde Madrid, escribió y se marchó.

Tampoco puede decirse que el candidato socialista, Xoaquín Fernández Leiceaga, acorralase a Feijoó. Estuvo correcto en economía y en políticas de bienestar. Demostró buena formación y buen conocimiento de los temas, pero no brilló.  Pasó sus intervenciones sin suspensos y sin destellos. En estos tiempos tan oscuros que atraviesa el socialismo en toda España, un poco de luz es mucha y Leiceaga se marchó sin dejar ninguna bombilla encendida.

Había interés por ver a Luís Villares, el representante de En Marea no le dedicó suficientes horas al debate y no recibió la preparación necesaria. Las constantes miradas al papel le restaron naturalidad y energía, especialmente durante la primera parte. 

Después, en el bloque de regeneración, obtuvo sus mejores registros. No perdió la posición, aguantó el pulso y le hizo sudar tinta china a Feijoó, insistiendo una y otra vez en la zona blanda, machacando sin llegar a perder las formas. 

Sólo durante esos minutos alcanzó la altura de quien mejor estuvo durante toda la noche. El desempeño de Ana Pontón en el debate de esta campaña puede suponer un balón de oxígeno para un BNG que lleva ya tiempo desdibujándose.

Me cuesta creer que sirva para romper la inercia de esas siglas. Y, al mismo tiempo, creo que cuesta discutir que estuvo clara, que fue coherente y que mantuvo una intensidad emocional mayor y más eficaz que la del resto de participantes. Ella fue la sorpresa y lo fue desde el principio hasta el final.

La firmeza que mantuvo en el bloque de regeneración política, combinada con la presión ejercida por Villares llevaron a Feijoó a las cuerdas. Por eso el candidato del PP no resultó vencedor en el debate como yo mismo esperaba.

Tuvo reflejos para evitar el KO emborronando el plató, atacando personalmente a sus rivales, forzando incluso (con el beneplácito de los moderadores) una ronda sobre posibles pactos que no estaba prevista. Al poco tiempo, en el último bloque, hasta se vino arriba y recuperó terreno perdido. Y terminó verdaderamente bien, con un minuto de cierre que debe destacarse (“Galicia es mi vida”). Sin embargo, lo más tremendo ya había ocurrido. 

Calló cuando se nombró a Baltar. Calló cuando se nombró a Dorado. Y no abrió la boca para defender al Partido Popular.

Es probable que la corrupción no pese en el resultado de las urnas. Desde luego ha pesado en el resultado del debate. Por segunda vez, uno de los máximos referentes que tiene el PP en toda España sale de un encuentro sin haber alcanzado la victoria. 

Le va a costar olvidarlo. Y no sólo a él. Son dos de dos.

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