Cuatro repercusiones del último debate electoral en EEUU

Los tres encuentros de esta campaña pasarán a la historia por su tensión. Las emociones negativas han jugado un papel fundamental, algo sobre lo que sería conveniente reflexionar

Foto: Un miembro del Servicio Secreto vigila junto al escenario del debate (Reuters)
Un miembro del Servicio Secreto vigila junto al escenario del debate (Reuters)

Con el final del último episodio, Estados Unidos cierra una trilogía de debates electorales que pasarán a la historia por su tensión. Dentro de unos años, quien se acerque al estudio de esta campaña tan polarizada y vea el debate de anoche podrá preguntarse qué fue lo que hizo posible que se dijeran cosas tan graves y tan corrosivas para el espíritu de una nación. 

Cuando eso ocurra, quien investigue nuestro presente y vea a Donald Trump arrojar dudas sobre los pilares democráticos norteamericanos, tendrá la oportunidad de encontrar en la historia un hilo del que tirar.

En la década de los treinta del siglo XX hubo otras latitudes que vivieron algo parecido: años después de la crisis económica se desencadenó una crisis política, una depresión en el sentido de lo colectivo que generó las condiciones necesarias para el desprestigio de la democracia y el auge de los autoritarismos.

Quien viva en ese futuro dispondrá de una ventaja que hoy no tenemos. Su pasado será más amplio y conocerá por ejemplo los números de la noche electoral, el resultado que todavía no está escrito.

Por el momento, todo lo que podemos hacerse ahora es reunir la información disponible y tratar de anticipar la senda de la decisión de voto que millones de estadounidenses tomarán el 8 de noviembre.

Primer impacto. La candidata demócrata ha resultado vencedora en los tres encuentros televisados, en el último de forma contundente. Las cifras que traen las dos encuestas más respetables son rotundas.

© Pablo Pombo
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Si tenemos en cuenta los antecedentes inmediatos, podremos adelantar que la distancia entre Clinton y Trump seguirá abriéndose durante los próximos días. Antes del primer debate Hillary contaba con 1,5% de ventaja. Antes del segundo: 5,6%. Y antes del tercero 7,1%. Los ocho puntos no parecen demasiado lejanos, lo diez no resultan inalcanzables.

Y si echamos la vista atrás, hacia el pasado más lejano, nos encontraremos con que sencillamente no existen precedentes. Nadie, jamás, pudo revertir unas cifras como las actuales.

Por lo tanto, los números ofrecen una bifurcación insalvable: o la suerte está echada y Trump está derrotado al 90%, o la hecatombe de las casas de encuestas americanas será tan enorme que dejará en buen lugar a los estudios de opinión españoles.

Segundo impacto. El equipo de Clinton elaboró una estrategia diseñada para articular el mayor aparato electoral que nunca ha existido, y para que en lugar de debatir sobre la agenda política se discuta sobre Trump. Ese trabajo ha resultado un acierto rotundo.

Si los demócratas hubiesen orientado su estrategia al debate estrictamente político (a los temas del país), Trump habría ganado el debate de anoche y, probablemente, estaría ganando la campaña. Las encuestas de anoche invitan a pensarlo. 

© Pablo Pombo
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Pero toda la campaña viene girando en torno a la idoneidad de Trump como Presidente de los Estados Unidos, y el público, aún sintiéndose más o menos cerca de lo que dice el candidato republicano, prefiere tenerle tan lejos como sea posible. Rechazo, eso es lo que refleja la siguiente imagen (el porcentaje de oyentes que anoche valoraron negativamente la actuación de Donald y de Hillary en función de cuatro parámetros). 

© Pablo Pombo
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El éxito estratégico demócrata es doble. Lo es porque de aquí a la noche electoral el Partido republicano se encuentra con un margen de actuación muy estrecho. Clinton ha recabado más dinero, puede emitir muchos más mensajes en redes y televisión. Y el partido de Hillary tiene una infraestructura física (más voluntarios y más oficinas) y tecnológica (big data) que le hace directamente imbatible en la competición por captar las últimas oleadas de votos.

Tercer impacto. Trump puede parecerle un loco a mucha gente, pero no conozco a nadie que piense que es tonto. La lógica narrativa de Donald responde a un cálculo. Al decir que mantendrá el suspense sobre su aceptación del resultado electoral, lo que hace es inyectar tensión entre sus bases, para evitar la desmovilización y mantener el suelo –quizá ya el techo- entre el 35 y el 40% de los votantes totales.

Hace unos días, la Asociación de Psicólogos Norteamericanos publicó un estudio que me parece revelador. En el se apunta que para el 52% de los adultos de aquel país estas elecciones están suponiendo una fuente de estrés.

© Pablo Pombo
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Si desgajamos el dato por tramos de edad, por generaciones, podremos ver que los más estresados son los más jóvenes y los más mayores, precisamente los más expuestos a la televisión y las redes sociales.

© Pablo Pombo
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La imagen anterior, nos lleva a dos conclusiones que bien podrían extrapolarse a nuestro país:

  • El tipo de comunicación política que se está llevando a cabo en las redes sociales no beneficia ni al debate político, ni a la sociedad.

  • No es beneficioso porque los mensajes no se basan -fundamentalmente- en la deliberación racional, sino en las emociones y eso agranda el campo de acción para la manipulación de la opinión pública.

A su vez, estos indicadores sobre estrés, ese inédita capacidad de un proceso electoral para generar angustia en más de la mitad de una nación, nos lleva a predecir que el candidato republicano no aflojará, pisará el acelerador. Si se analiza su decisión en términos estrictamente individuales, casi puede decirse que apretar en la locura es lo más racional que Trump puede hacer.

Cuarto impacto, el Partido Republicano. Todo apunta a que el resultado será amargo para esa organización. Tendrán que abrir un proceso de reflexión. Tendrán que hacerlo si quieren sobrevivir. Porque el problema no está en el sabor de los números, sino en el veneno que ha calado en las entrañas de esa formación política.

Todos los partidos viven épocas mejores y peores, es normal. Tiempos en los que las circunstancias pueden llevarte hasta a desconectar las siglas de sus capas sociales, eso no es insalvable. Pero la cuestión profunda no es esa. Es el proceso de selección de los líderes, un asunto sobre el que también podría debatirse aquí.

El problema de fondo no es Trump, sino que alguien como él fuese elegido para ser candidato del Partido Republicano. Por eso creo que cabe preguntarse algo políticamente incorrecto pero democráticamente necesario. Cabe preguntarse si las primarias son o no son el método más democrático para elegir un candidato.

Las cosas han cambiado. El cambio tecnológico está alterando a todas las sociedades, a todas las actividades humanas, procesos políticos incluidos.

Las primarias ya no se ganan a partir de las cualidades del candidato o la altura del proyecto político ofrecido, se ganan a base de dinero.

Las bases de los partidos están formadas por personas que no viven la políticas en temperaturas racionales, las siglas pertenecen a sus vidas, dan sentido a su día a día. Por eso, aunque suene crudo, lo cierto es que convencer a los militantes de un partido es tan simple como acumular números y versos:

  • Números para llegar repetitivamente a cada votante con un mensaje personalizado (big data),

  • Y productos de comunicación destinados a jugar con las emociones de la militancia para generar infantiles adhesiones al líder de turno.

Las dos cosas se pueden comprar. Los expertos en bases de datos con una pata en la comunicación digital y los creativos publicitarios están en los mercados. Y la verdad es que ninguno de esos especialistas es demasiado caro.

Está al alcance de la mano de cualquier oportunista que logre la financiación necesaria a través de los intereses parciales, o de cualquier millonario que quiera comprarse la Presidencia de un país. Es lo que ha ocurrido en Estados Unidos. Podría pasar aquí. Quizá merezca la pena echarle una pensada.

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