La infantilización de la democracia

Hemos ido permitiendo que el debate público se convirtiese primero en producto de entretenimiento y después en un recital infantil

Foto: Una niña intenta meter el sobre en la urna electoral. (EFE)
Una niña intenta meter el sobre en la urna electoral. (EFE)

¿Cuándo debemos explicarle a un niño que no basta con querer algo para conseguirlo, que no es posible tenerlo todo y que algunos deseos nos hacen daño? ¿Y cuándo fue que lo olvidamos nosotros mismos?

Me he pasado el fin de semana dándole vueltas a esas preguntas, las mismas según miraba a mi hijo y a nuestro país, a nuestro mundo. Todo conectado por la necesidad de evitar que el capricho se instale en la vida.

Recordaba a quien me enseñó que el antojo es el combustible de la pereza individual y colectiva. Y al mirar hacia atrás, creí darme cuenta de que nos ha venido comiendo en el terreno cívico.

Poco a poco fuimos dejando de hablar sobre política con quienes no piensan como nosotros, era lo más cómodo. Fue sencillo ir quedándose en la orilla de las cosas, sin sumergirnos en los argumentos de los otros. Y así estamos como estamos, 'tanagustito'.

Casi sin darnos cuenta, hemos ido permitiendo que el debate público se convirtiese primero en producto de entretenimiento y después en un recital infantil. Ya preferimos escuchar lo que deseamos oír en lugar de lo que necesitamos saber. Solo esa parte, por favor.

No solo aquí. Lo mismo ocurre en las cunas de la civilización democrática moderna. Francia, Reino Unido, Estados Unidos. La emoción parece estar sometiendo a la palabra, a la materia prima de la política. Los estados anímicos primarios eclipsan la reflexión cívica.

El desdén a los matices, el desinterés por el encuentro y el aplauso a los irrespetuosos conforman una victoria silenciosa del extremismo. Cada día vemos a los nacionalistas y a los populistas celebrar el retroceso de la política adulta. Es su juego. Reivindicar la soberanía del pueblo y tratar al pueblo como se trata a un crío.

Son ellos quienes creen que al pueblo/niño no se le puede decir la verdad. Mejor contar solo la parte de la culpa y no hablar de la responsabilidad. Nadie vivió en España por encima de sus posibilidades. Fue sensato hipotecarse por 40 años y meterse en otro coche nuevo a pagar en cómodos plazos. Fue razonable zambullirse en el culto a las apariencias y la cultura del consumismo insostenible. No le venga con la verdad, hombre, que me llora encima.

Son ellos, populistas y nacionalistas, quienes sostienen que al pueblo/niño no se le deben enseñar las cosas complejas

Son ellos, populistas y nacionalistas, quienes sostienen que al pueblo/niño no se le deben enseñar las cosas complejas. Mejor el sonajero de la distracción rápida. Ocultar lo que no es sencillo, reducir el debate a la identidad cuando la economía entera está globalizada y lo que hace falta es más política y no menos.

Tape eso, por lo que más quiera, acérquele el cuento de 'la trama' que se digiere como papilla, da igual que Caperucita Roja sea un tratado de ciencia política al lado del nuevo discurso de Pablo Iglesias.

Y nada de esfuerzos, por dios, que la frustración es dolorosa. Lo provechoso es alimentar las satisfacciones inmediatas. Fugaces. Falsas. Pegar cuatro gritos en la casa de todos da más gustito que trabajar para reducir la desigualdad y el aumento de la pobreza.

No le pida que se ponga en pie, hombre, que está bien en el corralito. No comparta un discurso honesto, un motivo para el compromiso efectivo. Pruebe con la fantasía. Es pronto para que el nene aprenda que los hechos tienen consecuencias. Habrá tiempo para eso, que se sepa más tarde que el Brexit tenía un coste, que nadie diga que la puerta del 'procés' también es la salida de la Unión Europea. Deje al crío desahogarse, gritar a todo pulmón, tiene derecho.

Los extremistas desposeen al ciudadano de la mitad de su naturaleza política. Esa mitad que, en mi opinión, tenemos que reivindicar y reconquistar. Porque no solo tenemos derechos, también compartimos deberes. Convertir el voto en la expresión de un desahogo emocional entra en la primera categoría. Informarse sobre las repercusiones reales que tiene optar por una opción política, pertenece al otro campo, al ámbito del deber cívico que populistas y nacionalistas nos quieren arrebatar.

Exigen que el pueblo tome las decisiones sin que nadie le explique al pueblo lo que ocurrirá el día después

Los que se han hecho plebiscitarios mientras pierden respaldos en las urnas de la democracia representativa exigen que el pueblo tome las decisiones sin que nadie le explique al pueblo lo que ocurrirá el día después.

La prueba está en que cuando un representante político decide leer en público la letra pequeña de lo que quiere venderse como democrático, llegan raudos los extremistas a tachar la información como una presión intolerable al votante. Una apelación al miedo inaceptable, dicen. Resulta llamativo, y hasta triste, comprobar que decir la verdad escandalice tanto a quienes pretenden aplastar el entendimiento mutuo a base de emociones que solo valen para separarnos.

Ha tenido tanto éxito el discurso que infantiliza la democracia, que hasta sorprende que se nos trate como personas adultas. Fue lo que pasó el otro día. Llegó Emiliano García-Page y simplemente le puso voz a un hecho. Nadie puede discutir que el voto a Sánchez no es inocuo, afecta a la posición de los presidentes autonómicos socialistas. Expresó lo obvio, dijo la verdad sin más.

La reacción del entorno de Sánchez no se hizo esperar. Puede dudarse de que la respuesta de Óscar Puente sea un ejemplo de compañerismo, pero desde luego hay claridad. La factura está sobre la mesa.


Se sabía que el voto a Sánchez implica una nuevas elecciones generales en otoño y que el PSOE tendría que competir con el mismo candidato de las dos derrotas anteriores, sirviendo a Rajoy en bandeja de plata un Gobierno con mayoría absoluta. Se sabía que estando Cataluña como está, los independentistas desean su victoria. Ahora las dos partes han dejado demostrado que votar a Sánchez implica torpedear a los gobiernos autonómicos socialistas. Es bueno votar en verdadera libertad, sabiendo lo que se vota.

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