Bobos

La reciente y efervescente subida del candidato Mélenchon que reflejan las encuestas no podría explicarse sin una viralización de su campaña que tiene su origen entre los 'bobos' de Le Marais

Foto: El candidato de la extrema izquierda, Jean-Luc Mélenchon. (EFE)
El candidato de la extrema izquierda, Jean-Luc Mélenchon. (EFE)

Mi generación está terminando de cerrar, en modo huidizo y tiempo tardío, el tránsito de la juventud a la madurez. La imposibilidad de prolongar nuestra interminable adolescencia no sirvió para apagar el deseo de Peter Pan. La intensidad del anhelo nos llevó a buscar nuestro propio sucedáneo.

Poco a poco, mientras iban quedándose despobladas nuestras viejas tribus urbanas, fue perfilándose un simulacro de forma de vida. Un uniforme. Una impostura. Un aroma con aire cosmopolita y tolerante, casual y 'techie', medioambientalista y modernete. Una construcción artificial que nos mantiene atados a la caprichosa dictadura de la moda, sometidos a un pánico absurdo: dejar de molar, quedar fuera de lo 'cool'. Ser los próximos desconectados.

Bajo ese disfraz viajamos por estos años, con un pie en cada vagón del tren. A un lado, el esfuerzo para llevar a casa la estabilidad que hace falta (el espíritu burgués). Al otro, el empeño de maquillar los años con una estética presuntamente juvenil y teñida de una falsa libertad (al estilo de los bohemios).

Como vivimos en el capitalismo, la fórmula tiene sus ventajas. Hay solución para todos los bolsillos. Si ganas poco, te dejas barba (ahora bigote) y entras en el Zara para camuflarte de 'hipster'. Si tienes más, toca gastarse la pasta en gafas de sol, bicicletas y tecnología de diseño. Importante: contar a todo el mundo que hay que comer quinoa aunque sea cara y no sepa a nada. El rollo va, en cualquier caso, de negarse a pisar la planta de caballeros y de colgar todo en Instagram. Todos las mismas fotos.

El fenómeno no tendría más trascendencia si no fuese porque está teniendo consecuencias reales en todas las sociedades occidentales

¿Dé dónde viene esto? De donde vienen los niños, de París, concretamente del barrio de Le Marais. Allí es donde viven los burgueses chic, los de toque bohemio. 'bourgeois' y 'bohémien'. El nombre lo pusieron ellos, 'Bo-bos'. A mucha honra. Rápidamente en el Highgate de Londres y en el Brooklyn de NYC. Y así hasta Chamberí.

El fenómeno sociológico no tendría más trascendencia que la de las cárceles culturales, si no fuese porque está teniendo consecuencias reales en todas las sociedades occidentales, efectos que pueden medirse en el agitado sismógrafo que ya son los procesos electorales.

En Francia, sin ir más lejos, la reciente y efervescente subida del candidato Mélenchon que reflejan las encuestas no podría explicarse sin una viralización de su campaña que tiene precisamente su origen entre los 'bobos' de Le Marais.

Allí viven, en clave 'dospuntocerista', los máximos influyentes. Esos grandes emisores y aceleradores de contenidos efímeros son más que creadores de opinión. Son generadores de tendencias, tipos que pueden impulsar la carrera de un cantante desconocido, o hundir la campaña de un líder político.

Son la última versión de la izquierda reaccionaria. Esa que prefiere la nostalgia a la esperanza porque la esperanza puede defraudarte y la nostalgia no

Vistos en términos políticos, resultan menos atractivos y desde luego nada novedosos. Son la manifestación generacional de una especie zoológica universal bien conocida. Los 'progres de pacotilla', que decía mi padre. Los encantados con las revoluciones “siempre que se celebren a 5.000 kilómetros de casa”, que señaló Vargas Llosa. “Los ingeniosos imbéciles” que vendieron las virtudes de la revolución proletaria, tal y como nos contó Koestler.

Son, en definitiva, la última y más sofisticada versión de la izquierda reaccionaria. Esa izquierda que prefiere la nostalgia a la esperanza porque la esperanza puede defraudarte y la nostalgia no.

Carmena. Sanders. Corbyn. Mélenchon. Adoptar un político 'vintage' se ha convertido en algo 'cool' para mi generación, porque nos libera de tener las neuronas funcionando para crear algo nuevo. Ofrece la cómoda inmersión en un paraíso político idealizado y perdido. Nos adentra en un relato político virtual en el que todo tiene una explicación que no pide ni ser masticada. Es agradable. Quedas bien diciendo que recibirá tu voto, igual de bien que el 'Kind of blue' de Miles Davis para cenar con los amigos que tienen muebles iguales a los tuyos. La silla Eames, aunque sea falsa. Imprescindible en todos sitios.

El tema está en que el discurso político está muy lejos de ser un hilo musical en nuestra vida personal y colectiva. 'Revival'. La melodía puede sonar parecida a la que sonaba en casa de papá y mamá cuando eras crío. Pero la canción viene con letra y siempre conviene leer lo que está escrito.

Ayer llegaron a nuestro buzón los folletos de los candidatos a la primera vuelta de las presidenciales francesas que se celebra este fin de semana. Comparto un párrafo:

“Presidiré una Francia insumisa en Europa y en el mundo. Francia liberará al pueblo francés y a los pueblos europeos de los tratados europeos y de los acuerdos de libre comercio que les obligan a desgarrarse”.

Luis Rivas. ParísLuis Rivas. París

¿Le Pen? No, es de Mélenchon. La posibilidad de que los dos candidatos del populismo acaben pasando a la segunda vuelta está sobre la mesa. Si eso ocurre, adiós Europa.

Las encuestas señalan distancias tan estrechas entre los primeros cuatro competidores que nadie se atreve a aventurar lo que puede ocurrir. Lo único que todo el mundo descarta es la entrada de Hamon en el tramo final de la carrera. El candidato del Partido Socialista francés ganó sus primarias con una campaña vertebrada en torno al eje populista (los de arriba / los de abajo). Después de enfrentar a sus compañeros, romperá previsiblemente el suelo electoral de su partido. Las encuestas le sitúan en el 7,5%, 12 puntos por debajo de Mélenchon. Da la sensación de que los votantes franceses hubiesen preferido un socialista menos molón pero más auténtico.

Conclusiones:

Uno. Francia no es París, y París no acaba donde termina el barrio de los 'bobos' que primero apoyaron a la fotocopia (Hamon) y después han preferido al original (Mélenchon).

Dos. Hay vida fuera de Twitter. De hecho, fuera de Twitter hay más personas de izquierdas que progres de pacotilla. El problema es que ya no tienen a quién votar.

Tres. En democracia, juguetear con las malas pasiones es jugar a la ruleta rusa. El populismo es lo que tiene.

Crónicas desde el frente viral

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