Moción de censura: Iglesias y Rajoy fueron felices

Rajoy necesita a Iglesias tanto como Pablo necesita a Mariano

Foto: Moción de censura. (Ilustración: Raúl Arias)
Moción de censura. (Ilustración: Raúl Arias)

Buen enfrentamiento entre PP y Podemos durante la moción de censura.

Hasta se citaron bastantes libros, poesía incluida. La tesis de uno de ellos —'Geopolítica de las emociones'— fue mencionada por Iglesias para calificar la primera e inesperada intervención de Rajoy, pero sirve para perfilar rápidamente lo ocurrido durante el primer tramo de la moción.

En esa obra se señala que hay tres grandes emociones vinculadas a la política: la humillación, el miedo y la esperanza.

El discurso de Irene Montero giró básicamente en torno al sentimiento de humillación. Primero, la generada por la crisis. Segundo, la provocada por la corrupción sistémica del PP. Suyas fueron las palabras que llevaron esa doble humillación hacia la voluntad de indignación y censura.

En mi opinión, su texto estuvo mejor construido que ejecutado. Es posible que sobreactuase porque estaba llevando a cabo algo más que su primera gran intervención parlamentaria. Estaba asumiendo el papel de 'poli malo' que nunca tuvo Podemos y que tanto ha dañado la imagen pública de Iglesias.

Quizás eso explique la agresividad de la número dos de Podemos. En cualquier caso, puede que merezca la pena subrayar que Podemos quiere que la próxima batalla por la hegemonía de la izquierda se dirima en el campo de la competición por el liderazgo de la oposición, y que Irene Montero parece decidida a convertir el feminismo en un frente central de esa lucha. Un flanco que, por cierto, el PSOE puede descuidar durante la próxima etapa.

Tras ella salió Rajoy, quebrando de nuevo el estereotipo de la indolencia y la dejadez, con la intención de fijar el campo de juego y ganas de jugar a la ofensiva, como en los viejos tiempos.

Lo hizo rápidamente: afeó las formas de la diputada, desacreditó la moción (“de fogueo”), descodificó la actitud podemita (“hostigamiento, estigmatización y destrucción del adversario”) e impugnó el modelo de sociedad que defiende el populismo señalando que supone un riesgo para la democracia y para la recuperación económica. Primera dosis de miedo. Eficaz. Montero volteada, salió desactivada.

Había pasado ya el mediodía cuando Iglesias subió al estrado. Reforzó pronto el concepto que había expresado su compañera (la situación de “excepcionalidad democrática”) como preámbulo para clavar su primer titular: “Usted va a pasar a la historia como el presidente de la corrupción”. Así, al hígado.

Fue su golpe más duro, una especie de pequeña despedida de sí mismo, el último gustito que quiso darse antes de iniciar su intento de reencarnación en otro ser político.

A partir de aquel momento, el activista provocador trató de mostrar su naturaleza más intelectual convirtiendo el Parlamento en un aula. Una clase de historia sobre las élites extractivas españolas que comenzó en el siglo XIX y llevó hasta la puerta de Génova 13.

Puede que se gustase en exceso, la vanidad es así. Al final habló más de Cánovas del Castillo que de educación o de sanidad. Pero lo que importa es que se lo pasó bien llevando las cucharadas del relato hacia los suyos. Entró sin grumos, con tiempo, como una buena papilla. Tal y como quería.

Pero quedaba lo más difícil. La tercera emoción: la esperanza. La exposición del programa de gobierno. Fue allí donde a lo mejor saltó un problema, habrá tiempo para comprobarlo.

El texto de Iglesias iba bien armado, las propuestas no estaban precisamente alejadas de las emitidas por la izquierda 'respetable' europea y la melodía emocional parecía adecuada. Pero mi impresión es que el tema no fluía. Creo que la esperanza no brotó. Pero habrá que verlo.

Uno tiene la sensación de que la imagen del líder de Podemos está demasiado marcada por tanta exposición a los medios, y que por eso el público escucha algo distinto a lo que está escrito en el texto. No sé. Había un cortocircuito. Algo así.

Terminó, bajó entre los vítores de los suyos, pero no se sentó en su sillón. Se mantuvo en pie aplaudiendo a los suyos. Largo el rato. No es una técnica suya. Eso lo inventó Raphael en sus conciertos. Todo el mundo sabe que nadie puede dejar de dar palmas mientras la estrella aplauda al público. Siempre funciona. Y siempre te deja las manos rotas. No hay salida.

Turno para Rajoy. Antes fue a por Podemos. Después a por Iglesias, a pecho descubierto, para conjugar y declinar del derecho y del revés la idea central: usted no es apto para gobernar porque no es un demócrata. Su concepción espectacular de la política, su obsesión por dividir a la sociedad entre buenos y malos, su política económica y su idea de España le inhabilitan.

Todo eso mientras inyectó la segunda dosis de miedo, la mayor: “Un Gobierno suyo, o con usted, sería letal para España”. Puede que no fuese el Rajoy más bronco que hemos visto, pero hubo minutos en los que fue el Mariano más duro de esta década.

Iglesias lo vio claro. La señal de riesgo era evidente. Y supo reaccionar. Mantuvo la línea argumental pero rebajó el tono, rehuyó el cuerpo a cuerpo durante las réplicas. Acertó porque fue capaz de mantener la coherencia sin perder la vida.

Sabía que podía darse por satisfecho. La iniciativa de la moción de censura y el desarrollo del debate ya le habían instalado como líder de la oposición para buena parte del electorado. De eso se trataba. Tiempo habrá para nuevas batallas.

El presidente parecía pensar algo parecido. Ya estaba reforzado. No necesitaba hacer más sangre. A fin de cuentas, Rajoy necesita a Iglesias tanto como Pablo necesita a Mariano.

Iglesias es un chollo para Rajoy. Cada vez que se enfrente a él, podrá asumir el rol de defensor de la democracia frente al autoritarismo del populismo

El de Podemos es un chollo para el presidente. Cada vez que se confronte con él, podrá emplear la misma táctica: asumir el rol de defensor de la democracia frente al autoritarismo latente del populismo.

Un poco de eso, un poco de recuperación económica, un poco de nacionalismo, y a casa. Lo tiene fácil. Y en el Parlamento, no hay otro rival. Así que calma, ante todo mucha calma.

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