Sánchez se ha construido un búnker

La meta pasaba por aprovechar el congreso socialista para dejar a Sánchez atornillado en Ferraz, bunkerizado para cuando llegue la tercera derrota electoral

Foto: Pedro Sánchez, nuevo secretario general del PSOE. (EFE)
Pedro Sánchez, nuevo secretario general del PSOE. (EFE)

Lo más revelador del discurso de Sánchez estuvo en lo que faltó. En ningún momento puso en el primer plano de su discurso la victoria en las próximas elecciones generales. ¿Fue un olvido? Lo dudo.

Considero, más bien, que en ese silencio ha estado la llave lógica del congreso. El objetivo no consistía en levantar una organización dispuesta a pelearle la primera posición al PP. La meta pasaba por aprovechar el congreso socialista para dejar a Sánchez atornillado en Ferraz, bunkerizado para cuando llegue la tercera derrota electoral.

Puede discutirse si esa estrategia era acertada o equivocada, si refleja una valoración adecuada de lo que todavía sigue siendo el PSOE, o de lo que puede llegar a ser el reelegido secretario general en su siguiente reencarnación. Debatir todo eso y más está muy bien, pero el tema está en que la estrategia ya ha sido aplicada.

Es fácil tachar de norcoreano el método con el que Sánchez ha copado los órganos de dirección socialistas, contar que tanto la ejecutiva como el comité federal funcionarán como espejo para el narcisismo.

No hacen falta demasiadas neuronas para preguntarse si al configurar su equipo de 2014 le faltó inteligencia a Sánchez para construir su propia autonomía, mientras que ahora le ha faltado sensibilidad para cerrar las heridas abiertas por el cainismo.

Lo difícil es rebatir que después de este congreso han quedado cegadas las vías de debate, control y contestación al líder por vía orgánica.

Nadie puede decir que es sorprendente. Y nadie puede decirse engañado. Lo ocurrido es perfectamente coherente con lo dicho durante la campaña de primarias.

Ahora bien, tampoco puede haber nadie que diga que esto es normal. Lo normal para el PSOE no es vivir con la democracia representativa desactivada, con los órganos apagados.

Del mismo modo, es fácil explicar la guerra que Ferraz ha abierto con algunos dirigentes territoriales. Contar que no hay razón política que justifique la purga, que la pulsión es esencialmente vengativa y busca la aniquilación.

Habrá quien lo justifique, claro. Cuando el discurso juega con las emociones viscerales, el terreno de lo común queda afectado, la corteza cerebral colectiva sigue marcada por las trincheras y es inevitable que salten los resortes verbales entre los exaltados, y callen los calmados. Ya se sabe. Como el comité federal de octubre fue un golpe de Estado, lo suyo es que los golpistas sean ajusticiados en la plaza pública. Lo natural en cualquier estado de excepción.

Nadie puede decir que no esperaba que la persecución se desencadenase. Estaba claro desde hace mucho: Asturias, Aragón, Castilla-La Mancha y País Valenciano. La ofensiva fue anunciada y cebada entre la militancia socialista durante el proceso de primarias. Y se votó.

Por lo tanto, no es sorprendente. Pero tampoco es normal. Nadie puede dar como normal que se ponga en juego la supervivencia de cuatro gobiernos autonómicos (ya veremos qué pasa en Extremadura) por un deseo personal.

Lo de menos es si ese deseo canaliza la voluntad de ajuste de cuentas, o responde a la intención de anular cualquier posibilidad de que llegue a articularse una alternativa a Sánchez que le dispute el liderazgo en el futuro.

Lo que importa es que desestabilizar esos gobiernos autonómicos, empleando la fuerza del aparato de Ferraz, puede tener un impacto inmediato —por ejemplo— sobre la salud, la educación y la calidad de la democracia.

El cuadro del estado de excepción, de este momento en el que la normalidad democrática deja de ser habitual, se completa con el borrado de la memoria. El proceso de amnesia comenzó nublando a los grandes tótems —Felipe, Zapatero y Rubalcaba—. Pero no terminaba ahí, en el vagón quedaba sitio para quienes han estado al frente de la organización del partido y para los demás referentes.

Desestabilizar a esos gobiernos empleando la fuerza de Ferraz puede tener un impacto sobre la salud, la educación y la calidad de la democracia

Así es como se cierra la tríada estratégica prevista para el congreso. Primero: apagar la democracia representativa. Segundo: desactivar cualquier posibilidad de que se articule una alternativa. Tercero: desterrar las voces de la autoridad moral. Y todo porque Sánchez no contempla más escenario que el de una derrota en las próximas elecciones. En eso también ha sido claro: su camino hacia Moncloa no pasa por las urnas sino por una maniobra parlamentaria. No creo que sea lo más normal.

Lo que creo, aunque hacer previsiones en esta época tan agitada conlleve la posibilidad de equivocarse, es que nada de esto bastará para que Sánchez se sienta tranquilo.

La democracia tiene la costumbre de abrirse camino en las organizaciones que no saben vivir de otra manera.

El búnker sirve a día de hoy para protegerle de cualquier movimiento interno. Pero la amenaza del sorpaso —de Podemos o incluso de Ciudadanos— no ha desaparecido del horizonte.

Nadie puede vivir en permanente estado de exaltación. El tiempo siempre hace su trabajo, lo hará también sobre el ánimo de los militantes. La hinchazón siempre acaba bajando. Y las teorías de la conspiración no son infinitas.

El reinado del miedo mantiene a los súbditos inmóviles, pero hace que el reino se haga cada día un poco más pequeño.

La historia está llena de líderes que rechazaron la normalidad democrática, el debate, los mecanismos de control. Llena de quienes solo se sienten llenos ante el aplauso. Aplausos que tienen que sonar cada vez más alto y que cada vez llenan menos. El narcisismo siempre conlleva insatisfacción.

Disfrazarse de populista para combatir el populismo es renunciar a la iniciativa. Podemos está cambiando de piel. Iglesias no lo hizo nada mal. Y su partido tiene en este momento una maquinaria discursiva y comunicativa mucho más potente y menos anquilosada que la designada por Sánchez. Esto es política, el talento también importa.

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