'Millennials' del mundo, uníos

Pertenezco a la generación que se crio en el entorno más prometedor que ha conocido nuestro país

Foto: Lena Dunham se ha convertido en el epítome de los 'millennials' gracias a su serie 'Girls'.
Lena Dunham se ha convertido en el epítome de los 'millennials' gracias a su serie 'Girls'.

Pertenezco a la generación que se crio en el entorno más prometedor que ha conocido nuestro país. Nacimos estrenando la Constitución. Crecimos sintiendo que la democracia se hacía fuerte, irreversible, que la convivencia territorial quedaba solventada y que permaneceríamos intactos a cualquier tipo de conflicto.

Después viajamos, aunque no como nuestros abuelos. Muchos de ellos fueron emigrantes, nosotros estudiantes. Erasmus. Accedimos fácilmente a la revolución tecnológica. La vida nos hacía europeístas, cosmopolitas.

Pensábamos entonces que las fronteras acabarían evaporadas, mientras la historia reflejaba la globalización como un proceso inevitable y hasta deseable.

Todo aquello, visto ahora, forma parte de una especie de paraíso perdido.

Hoy cuesta sostener que la mundialización económica sea imparable, el nacionalismo político ha echado el freno de mano. La lógica del proteccionismo recupera terreno. El aislacionismo encuentra respaldo en las urnas porque la crisis ha devastado a las familias. El futuro está dejando de ser lo que era: la globalización está en crisis. Autarquía. El horizonte apunta al enfrentamiento entre estados con intereses contrarios. Podrían acercarse tiempos menos pacíficos.

Hoy cuesta negar el declive del sueño europeo. La señal de decadencia resulta todavía más clara cuando se analiza el intento actual de dar un nuevo impulso al proyecto continental. Repetir el error que trajo la decadencia, olvidar las personas. Unificar la economía y nada más. La Unión tendría que ser mucho más que eso.

Hoy cuesta discutir que la arquitectura territorial del 78 ha quedado desfasada. Cuesta tanto como rebatir que ha funcionado. Lo preocupante es que el reto de repensarla se confunde —en muchas ocasiones de forma interesada— con la situación en Cataluña. Y lo que descorazona es la sensación de orfandad política que sentimos, allí como aquí, quienes no deseamos ni el inmovilismo ni la ruptura.

Y así se nos van pasando los días. Cada vez más con la impresión de que el destino se nos escapa de las manos. Cada vez con planes de vuelo más corto. Desposeídos del derecho a imaginar nuestros proyectos vitales, nos vamos replegando. Presos de la incertidumbre.

Nuestros padres vivieron con incertidumbres a 10 años, nosotros a 10 semanas. Por eso miramos lo que está fuera de nuestro radio de acción inmediato como tierra ajena. Nuestro mundo, nuestro continente, nuestro país, nos parecen territorios inalcanzables para la voluntad individual. Geografías demasiado grandes para nuestras posibilidades.

Poco a poco se nos viene diluyendo el compromiso. La sensación de que formamos parte de una comunidad se desdibuja. La certeza de que involucrarse importa se nos marchita. Nos estamos movilizando por menos cosas, durante menos tiempo y por causas de menor escala.

Nuestro mundo, nuestro continente, nuestro país, nos parecen territorios inalcanzables para la voluntad individual

De forma paralela, aumenta nuestro umbral de tolerancia a lo no civilizado. Permitimos que se nos embote la sensibilidad política. Cada jornada vemos nuevas cosas inaceptables, graves faltas a la razón, la verdad y al respeto, en todos los ámbitos de la vida. Pero las aceptamos. En muchas ocasiones desde la indiferencia personal, sin que resuene en nuestro interior una voz íntima contestataria. Nos tragamos lo insoportable sin que se encienda en las entrañas la luz de la conciencia.

El miedo y la comodidad están sumiendo a nuestra generación en la impotencia política. Creo que es una irresponsabilidad. Tendríamos que estar tomando el relevo político ahora, pero los líderes que cuentan nuestros años no dan la talla. Menos mal que éramos los más y mejor preparados, menos mal.

Tampoco puede decirse que los demás estemos a la altura.

Estamos afrontando el primer tramo de la paternidad sin enfrentarnos al cambio climático, sin pensar en lo que será de nuestros hijos.

Estamos entrando en el tramo central de nuestras carreras profesionales, mientras compramos el discurso de una recuperación que instala la precariedad en el mercado laboral y ahonda en el modelo productivo que instauró el tardofranquismo. Construcción y turismo. Albañiles para las hipotecas, camareros para los veraneantes europeos. Pero la economía va como un tiro.

Estamos atravesando el periodo de mayor debilidad que han conocido las democracias occidentales, pensando que la democracia está garantizada. Olvidamos la fragilidad. Nos despreocupamos del auge de los extremismos, de la eclosión populista y nacionalista. Nos hace gracia su retórica plagada de excesos. Nos fascinan su gestualidad, su espectacularidad, su método de jugar con nuestras emociones. Aplaudimos deslumbrados.

Reconforta pensar que vivimos en una realidad de antagonismos claros, definidos a machete, siempre un 'nosotros y ellos' para lo que sea, sin matices. Dibujar la sociedad así nos ahorra el trabajo de tener que convivir con nuestras propias contradicciones.

Recelamos de la mundialización económica, pero queremos televisores grandes y baratos aunque estén hechos en Corea.

Nos desencantamos de Europa pero nos encanta la Champions League. Queremos para el deporte profesional lo que no deseamos para nuestras vidas.

Y mientras España sufre una seria crisis territorial nos declaramos saturados y hartos de todos los demás. Como si la cosa no fuese con nosotros.

No puede haber coherencia en cada uno de nosotros y nosotras si no aceptamos antes nuestras propias contradicciones, si no tratamos de conciliar la multitud que tenemos dentro.

No puede haber coherencia en cada uno de nosotros y nosotras si no aceptamos antes nuestras propias contradicciones

Creo que la única manera de alcanzar la conciliación (personal y colectiva) está en dialogar asumiendo que la vida es un asunto muy serio. La democracia es el único camino que tenemos los seres humanos para avanzar hacia el bien común. Y debemos protegerlo.

Es verdad que la envergadura de las transformaciones de esta época explica que tantas cosas nos resulten inasibles. Pero tener una explicación no es lo mismo que tener una justificación. Y lo cierto es que falta justicia.

Quizá mi generación ya esté perdida y tenga que hacerlo la siguiente. Pero alguien tendrá que ampliar el significado del compromiso político, porque la solución solo puede estar en que haya más democracia y no menos.

Alguien tendrá que reivindicar una cierta forma de intolerancia. Rechazar a quienes ven en el pluralismo un obstáculo para sus objetivos políticos, a quienes enmarcan al adversario en la categoría de enemigo irreconciliable, a quienes piensan que para tener razón basta con hablar más alto que los demás.

'Millennials' del mundo, uníos. Levantad el lenguaje que respeta. Enarbolad el derecho a la duda, la bandera del civismo. Lo vais a tener más difícil que nosotros, pero ya sois el principio de una esperanza entera. Os acompañaremos.

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