Elige tu propio estigma…

Antes, en los albores de la democracia sentimental, el empleo del odio era dosificado y localizado. Había un único culpable para todo

Foto: Los expresidentes del Gobierno José María Aznar y Felipe González. (EFE)
Los expresidentes del Gobierno José María Aznar y Felipe González. (EFE)

… Y con el tuyo, elige también los de tus adversarios. Porque esto funciona así, en automático. Ahora que corren buenos tiempos para la simpleza. Ahora que la realidad es más compleja y caliente que nunca… Elige tu propio estigma, tu caricatura, tu llave de hielo. Tu ilusión para el discurso político, para la vida.

Esto ya no va de lo que iba antes. Antes, desde Aznar contra Felipe, era la crispación. Aquello fue cuando quebraron las posibilidades de entendimiento, cuando el consenso quedó fracturado. Fue cuando quedó instalada la grosería verbal. La destrucción sistemática del adversario. Primero a por González, después a por Zapatero, pero siempre golpeando con todo. Violencia constante. Desagradable. Agobiante. Despreciable, aunque limitada.

Antes, en los albores de la democracia sentimental, el empleo del odio era dosificado y localizado. Había un único culpable para todo. Bastaba con azuzar la repulsión como método para movilizar a los propios en las jornadas electorales. Muerto el perro, acabaría la rabia.

Con el declive del bipartidismo, surgió una pregunta en las encuestas. “¿Le gustaría a usted que hubiese más partidos de volumen comparable en el Parlamento?”. La mayoría afirmaba. Quizá para expresar un deseo, la posibilidad de que el aumento de actores llevase a incrementar las posibilidades de negociación. Más acuerdos. El cambio llegó al sistema de partidos. Pero no amplió los cauces del diálogo. Hundió los cimientos del sectarismo en nuestra democracia: estigmas para todos.

En la Grecia clásica se tatuaba o marcaba a fuego la piel de los criminales o traidores para que pudiesen ser fácilmente identificados y repudiados. El paso del tiempo fue despersonalizando la etiqueta y extendiéndola a colectivos enteros. Un estigma social es eso, una herramienta de sometimiento político, un sambenito, una estrella de David en la manga. En definitiva, un estereotipo diseñado para diluir la identidad del individuo en la identidad de un grupo que malévolamente daña y parasita al conjunto.

Hoy, el paisaje político español parece atravesado por cuatro estigmas manufacturados en poco tiempo, pero sólidamente insertados en la conciencia social. Cuatro reducciones de la espesura humana que fulminan los matices que contiene cada uno de nosotros y nos empaquetan a todos en categorías rígidas e irreconciliables, primitivamente perfiladas.

Hoy, el paisaje político parece atravesado por cuatro estigmas manufacturados en poco tiempo, pero sólidamente insertados en la conciencia social

Tendremos la oportunidad de comprobarlo durante estos días. Previsiblemente, los contrarios no verán en la llegada de Rajoy al tribunal una ocasión para que se despeje y penalice la corrupción enquistada durante años en la estructura orgánica del PP. Seguramente, verán una oportunidad para extender la mancha sobre el conjunto de representantes, militantes y votantes del Partido Popular.

Esa es la lógica. Imprimir la marca de la tolerancia o la convivencia con el delito a cualquier partidario de esa organización y negar, por el camino, el derecho de los inocentes a estar enfadados o a esperar que se haga justicia. La humillación es lo primero que persiguen los procesos de estigmatización. Dañar la autoestima del adversario, deprimirlo, desactivarlo.

Del mismo modo, Venezuela es utilizada con frecuencia en el Parlamento para estigmatizar a Podemos. Sus partidarios no son tachados de delincuentes. Son calificados como incompatibles con la democracia. Es decir, son directamente inhabilitados para el ejercicio de la política. Los del partido de los círculos no son reconocidos como interlocutores válidos. Son discriminados.

La referencia a Maduro en casi cualquier mensaje emitido desde el PP hacia Podemos es bastante más que una coletilla, es parte de una labor de enmarcado del rival. Un trabajo que, por cierto, también sirve para liberar la ansiedad en las filas de las formaciones políticas tradicionales ante la súbita llegada de los bárbaros a las instituciones.

Sucede que Podemos también imparte estigmas, con no poca crueldad hacia el PSOE. Iglesias suele apuntar que hubo socialistas en su propia familia. Lo hace antes de acusar al socialismo de haber traicionado a todos los progresistas.

Ese paso discursivo no admite marcha atrás. Una vez identificado, el traidor debe ser perseguido por todos los medios, rápidamente juzgado y prontamente ejecutado por el pueblo. El pueblo como juez y el líder como intérprete de la masa. Cero intermediarios.

Por eso resulta tan patético ver a Sánchez buscando la aprobación de Iglesias. Para ser libre, no es su juicio positivo lo que debe buscar, es su papel de juez lo que no debe aceptar. En la medida en que acepta su autoridad para calificar al conjunto de socialistas, Sánchez somete a su partido a la dominación de verse moralmente juzgado por Podemos. Cero autonomía.

En la medida en que acepta su autoridad para calificar al conjunto de socialistas, Sánchez somete a su partido a verse juzgado por Podemos

El reparto de estigmas se completa con Ciudadanos. Sobre el partido naranja recae la sospecha de ser “la naranja mecánica”, una especie de sofisticado producto político ideado y bien alimentado por las élites conservadoras con la intención de perpetuar en el sistema todo lo que beneficia a los muy pocos que están arriba y perjudica gravemente a la inmensa mayoría.

No es extraño que las teorías de la conspiración vayan trenzadas con los procesos de estigmatización. Ambas dinámicas aprovechan la potencia que tiene lo creíble —lo verosímil—, mientras camuflan el valor que tiene la verdad. Ambas sirven para desacreditar o deslegitimar, según el día. Y siempre son útiles para que alguien asuma la misión de guardián, de vigilante en nombre de una mayoría que no existe.

... Elige tu propio estigma, porque al elegir el de cada uno, seleccionas el tuyo. Tu simulacro de superioridad moral y su reverso. Elige si ya hemos rebasado la democracia sentimental sin saber que estábamos en ella, si no basta con que la razón quede oscurecida bajo las emociones, si el eclipse ha de ser todavía mayor.

Elige si nos adentramos en la edad de las pasiones, en el 'pathos', en el terreno de lo patológico. Elige democracia dañada a base de estigmas que nos separan, retórica dañina porque el predominio de juicios morales tiene algo de liberador. Nos libera de elegir, de pensar que el otro puede tener un poco de razón, de pensar que hace falta consenso en esta época difícil para España, y dialogar...

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