Unicornio de mar

Creo que el turismo no debe ser mimado infantilmente. La política adulta es la que hace crecer para la vida

Foto: Foto: Amazon.
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Al mismo tiempo, sobre el mar, un unicornio descomunal, un cocodrilo gigante y un enorme tiburón. Algo más cerca, donde rompen las olas, un pato amarillo de dos metros y dos niños que ríen mientras luchan por subir a un donut rosa para colosos. Dadaísmo popular. España bajo el sol.

Este año son mucho más grandes los hinchables en la playa. Quedan de otras temporadas, típicas colchonetas de toda la vida y cosas así. Pero la novedad es llamativa. Y extendida. Y divertida, porque a veces hay en el exceso una llamada al disfrute.

Se ve que hay cambio este verano, que las proporciones en todo son otras, como idas de las manos. Y hasta se habla de ello en los medios. Sobre todo desde las movilizaciones a la contra, tan efectistas y virales, tan actuables. Turismofobia, dicen. Mal empezamos cuando comenzamos con la palabra odio.

Claro que tampoco puede decirse que las cosas mejoren mucho, cuando el presidente dice que el turismo debe ser mimado. Mimado como un crío que no conoce límites y no sabe de responsabilidad. Dejado a su capricho. Malcriado.

Siento en los pies el calor de la arena y me pregunto si tendremos alguna vez aquí terreno para abordar un debate desde el principio de curiosidad, admitiendo la posibilidad de que no seamos los únicos ni los primeros en vivir lo que vivimos. También en esto. El turismo está planteando retos en muchos sitios. No solo aquí.

Caigo a plomo sobre la toalla. Busco para mi cabeza el eclipse de la sombrilla y pronto estoy medio dormido. Al rato, me despierto en el recuerdo de mi vieja bicicleta. Aquella California azul de ruedas amarillas. Retomo la línea de pensamiento. California. Silicon Valley. El epicentro del cambio global…

Las nuevas empresas tecnológicas están dando forma a un nuevo modo de producción. Quizás una nueva fase de capitalismo. Esto que llaman la economía uberizada. Mucho dato y cero intermediarios, mínima regulación y ningún respeto a las obligaciones fiscales.

Algunas de las primeras respuestas políticas vienen de allí. Airbnb nació en San Francisco para revolucionar el mercado de alquiler a corto plazo entre 'particulares'. Hasta hace poco, en aquella ciudad, el 80% de los huéspedes de la aplicación no tenía registrada su actividad en el ayuntamiento. Había un yacimiento de economía sumergida y hubo legislación. Se fijaron sanciones. El panorama está cambiando.

Vuelvo a cerrar los ojos. Pienso en Nueva York. La ciudad que nunca duerme era el primer destino mundial de quienes querían descansar sin pasar por un hotel. La expansión de Airbnb estaba reduciendo el parque de viviendas disponibles y elevando el precio de los alquileres. Se decidió estudiar a fondo lo que ocurría: el 6% de los huéspedes ofrecía tres o más inmuebles y generaba el 37% de los beneficios totales. Visto así, esos 168 millones de dólares se parecen más a un nuevo tipo de especulación que a la novísima 'economía colaborativa'. Así que se legisló. Desde el pasado mes de octubre, es ilegal anunciar y alquilar propiedades completas para menos de 30 días bajo multa de 7.500 dólares.

Lo más inmediato ocurre más cerca. Noto algo terroríficamente frío sobre el pecho. Abro los ojos desbocados y grito. Es un helado. Te celebro desde la indignación. Y juntos miramos hacia la otra orilla. Miramos el contorno de África y pienso que es agradable estar en el lado de la vieja Europa. Esta especie de museo abierto. Y sigo.

Sigo pensando en lo de tantas veces, en la convivencia cada vez más amenazada en el continente. El auge del nacionalismo y el populismo, lo más grave y lo más claro. Pero también la tranquilidad cotidiana quebrada. El vecindario, la calle, el edificio: el turismo de borrachera. En Ámsterdam ya no se puede alquilar mediante este servicio una residencia a grupos mayores de cuatro personas. En Islandia, donde la preocupación también alcanza a la conservación de la naturaleza, también se han establecido límites de este tipo. Pero hay más.

En Londres se ha fijado un máximo de 90 noches al año para que cada casa pueda ser puesta en este tipo de mercado.

En París —creo recordar— hay tasa turística como en los hoteles. Y quien sobrepasa el baremo de noches de alquiler pasa a ser considerado como profesional y a tributar por ello. A partir de 23.000 euros, el 38%.

En Roma se ha establecido una tasa del 21% sobre los ingresos de este tipo. Y son las compañías como Airbnb quienes están obligadas a recaudarla y a pagarla.

En Berlín la ley es tan dura o más que la de Nueva York.

Mientras esto ocurre, las cancillerías de Alemania y Francia preparan la propuesta conjunta que llevarán al Consejo de Ministros europeos de septiembre: una iniciativa para que Airbnb deje de hacer escapismo fiscal. Y junto a esa empresa, el resto de grandes compañías digitales implantadas fiscalmente en Irlanda —Google, Amazon, Facebook…—.

Cualquiera de estas medidas parece más constructiva que poner pegatinas en los coches de alquiler diciendo 'El turismo mata a Mallorca'. Cualquiera exige algo más de esfuerzo que un grafiti pero tiene bastante más recorrido. Y es también más productivo que no hacer nada.

En España no estamos haciendo precisamente mucho. Hay algunas excepciones contadas, como en Baleares o Barcelona, seguramente insuficientes. Creo que el turismo no debe ser mimado infantilmente. La política adulta es la que hace crecer para la vida. La que analiza, lleva a tomar decisiones y a asumir las consecuencias de lo que se hace.

Sale el unicornio del mar. Queda varado en tierra. Al minuto aparece una niña corriendo, salta y se precipita con todo su peso sobre él. Suena el silbido de la muerte, comienza a deshincharse el hinchable. La imagen bascula irremisiblemente entre lo trágico y lo cómico, depende de los años que tenga la mirada. Uno no sabe si reír, llorar, o las dos cosas al mismo tiempo. No somos nada.

Crónicas desde el frente viral

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