¿Qué decimos a nuestros hijos sobre los atentados?

Nuestras hijas y nuestros hijos llevan días enteros expuestos al espanto y carecen todavía de las herramientas que hacen falta para interiorizar adecuadamente lo que está pasando

Foto: Niños condenan los atentados de Barcelona y Cambrils en una reunión en Fuengirola. (Reuters)
Niños condenan los atentados de Barcelona y Cambrils en una reunión en Fuengirola. (Reuters)

Nosotros, los adultos, decimos que no tenemos miedo aunque lo tengamos. Es normal. Forma parte del duelo social, como muchas otras cosas. Como los altares laicos improvisados en las Ramblas, como la exigencia de unidad. Maneras de decirnos que nos acompañamos en el sentimiento.

Lo mismo puede decirse de esta necesidad que sentimos. Esto de reunir toda la información. Reconstruir la secuencia entera. A ver si así, con los hechos ordenados, llegamos a comprender el sentido de lo ocurrido. Un imposible. El terrorismo no lo tiene, es el absurdo. Y madurar es en buena medida eso, aprender a convivir con lo que no tiene sentido.

Nuestra sociedad ha ido generando rituales para cuando la muerte golpea en la familia o en la comunidad. Anestesias de baja intensidad para no quebrarnos, superar el trance y disminuir la huella del trauma. De eso se trata. Y funciona para la mayoría, aunque no para todos.

Nuestras hijas y nuestros hijos están viviendo los atentados de una manera distinta a la nuestra. Llevan días enteros expuestos al espanto y carecen todavía de las herramientas que hacen falta para interiorizar adecuadamente lo que está pasando.

Lo que han visto en televisión, lo que han escuchado por la radio o nos han oído comentar mientras seguíamos las noticias pegados al teléfono móvil, no se ha volatizado. Les está impresionando, dejando huella. Ellos, que lógicamente son egocéntricos, que se creen el centro del mundo, piensan que pueden ser los próximos. No se sienten seguros. Tienen miedo.

Lo que más necesitan de nosotros es tiempo, y más ahora. Por eso comparto aquí lo que he buscado y trabajado estos días, un pequeño esquema con seis claves para hablar con nuestros hijos sobre lo ocurrido en Cataluña.

Primera clave, la lectura compartida

Los expertos de las naciones que se han visto recientemente golpeadas por el terror apuntan que nuestro primer deseo es el sellado, evitar que les llegue lo ocurrido. Y señalan que es un error a partir de los cuatro o cinco años.

A partir de esa edad, los críos pueden acabar reuniendo piezas sueltas o desembocando a través de otros en una visión distorsionada. Es cuestión de tiempo que lo comente algún amigo, que se hable de ello en el recreo, en la piscina, o en la plaza del pueblo. Por eso recomiendan que la primera lectura de los hechos se lleve a cabo junto a nosotros.

Segunda, conversar para averiguar

Conviene iniciar el diálogo en los términos más cotidianos posibles, por ejemplo, mientras se realiza alguna tarea en casa. Para hablar, no es necesario escenificar nada que sea interpretado como un interrogatorio. Normalidad, que note desde el principio que el objetivo está en su bienestar. Y que en ningún momento reciba señales de ansiedad por nuestra parte, paciencia.

Nuestro objetivo es averiguar lo que han percibido, conocer las conclusiones a las que han llegado, ayudarles a expresar su propio relato de los acontecimientos. Y no solo para este caso. También para equiparles ante las situaciones adversas que tendrán que afrontar en el futuro.

Tercera, el tono emocional

A continuación, sus sentimientos. Como queremos que asuman que sus emociones son naturales, lo aconsejable es no minusvalorar, ni descalificar, lo que nos digan. Sentir miedo, pena o preocupación no es una tontería, tampoco un error. Expresar nuestra propia tristeza puede servir para relativizar su miedo y su inquietud.

¿Qué decimos a nuestros hijos sobre los atentados?

Encontrar el tono emocional no es sencillo, claro. Cada niño es un mundo. En cualquier caso, parece razonable evitar el mensaje “no hay motivos para el temor”. Sencillamente porque los hay. La confianza se genera sobre el terreno de la honestidad. Y no es intelectualmente deshonesto afirmar que los atentados son excepcionales.

Cuarta, las respuestas

A partir de los seis o siete años, conocer los hechos sirve para aliviar la ansiedad. No evitemos sus preguntas. Y tengamos en cuenta que para despejar sus dudas —sobre el qué, el quién, el cómo o el porqué—, no hace falta dar más detalles que los que nos han pedido, ni centrarse en los aspectos más truculentos. Desde luego, nada de imágenes escabrosas.

Conocer los hechos sirve para aliviar la ansiedad. No evitemos sus preguntas. Para despejar dudas no hace falta más detalles que los que nos han pedido

Queremos desterrar sus pesadillas. Y para hacerlo no necesitamos explicaciones complejas ni terribles, quedémonos en los hechos básicos sin entrar en la religión o en la política. No recuerdo ahora dónde leí esta respuesta a la pregunta ¿por qué quieren hacernos daño?: “Hay personas malas que han hecho daño porque están muy enfadadas. Están enfadadas porque no tienen lo que quieren. Pero no está bien hacer daño a nadie cuando se está enfadado”.

Quinta, sensaciones de seguridad y comunidad

Seguridad sostenida sobre la realidad: quienes han hecho daño son muy pocos y no volverán a hacerlo, la policía ha hecho bien las cosas. España es uno de los países más seguros del mundo. Fíjate en la cantidad de personas que están investigando lo que ha pasado. Trabajan para que no vuelva a pasar. Son los mejores.

Y mira la cantidad de gente que está diciendo que esto no debe ocurrir nunca más. Todas esas personas que ayudan, que se juntan para que se note que sentimos lo mismo, el mismo amor para todas las familias que sufren. Todo nuestro país quiere acabar con el daño. Estamos unidos. Y lo acabaremos consiguiendo.

Conversar, con un hijo como con cualquiera, no es hablar una vez ni de vez en cuando. Hace falta tener presencia. Estar para testar sutilmente

Sexta, volver

Seguirá habiendo información durante los próximos días. Previsiblemente, nuestros hijos no dejarán de pensar en este asunto. Conversar, con un hijo como con cualquiera, no es hablar una vez ni de vez en cuando. Hace falta tener presencia. Estar para testar sutilmente, comprobar que las cosas van bien mientras retomamos la rutina cuanto antes y salimos a la calle.

A pesar de todo, la vida sigue. Aprovechemos el tiempo. Juguemos con ellos.

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