Cuenta atrás para la Puigverdad

Quien pierde la iniciativa corre el riesgo de ser presionado. Y quien sufre la presión puede cometer errores ya que tiene menos opciones disponibles y más dificultades para coordinarse

Foto: El presidente de la Generalitat, Carles Puigdemont, firma el documento sobre la Independencia después de comparecer ante el pleno del Parlament para trasladar los resultados de la jornada del 1-O. (EFE)
El presidente de la Generalitat, Carles Puigdemont, firma el documento sobre la Independencia después de comparecer ante el pleno del Parlament para trasladar los resultados de la jornada del 1-O. (EFE)

Vivimos durante años con la impresión de que el independentismo funcionaba con la precisión de un reloj atómico, esos que se desvían un segundo cada millón de años. Pero sorpresa. Saltó la sorpresa en el día y la hora clave, cuando todo estaba preparado al milímetro en la calle, después de un esfuerzo operativo importante, comparable al de un concierto de primer nivel. Eran grandes las pantallas y potente el equipo de sonido para amplificar el discurso del president. Eran miles los convocados, decenas de miles. Y eran millones los espectadores de todo el mundo que podrían asistir al alumbramiento en directo de una nación. Todo profesionalmente dispuesto. Impecable como en tantas otras ocasiones. Sin embargo, sucedió lo inesperado. Imagen global de decepción masiva. Chasco. Primer patinazo de comunicación, enorme.

Parece evidente que el guión se rompió en algún momento de las horas finales, quizá en la última. Hubo “desajuste en la escenificación”, como reconoció después el presidente de Òmnium Cultural. No parece un hecho menor. ¿Por qué? ¿Por qué tuvieron que improvisar si no lo habían hecho nunca antes? Seguramente no sepamos nunca cuál fue el factor desencadenante.

Lo único que sabemos es que los independentistas perdieron la iniciativa durante la semana pasada, tras el discurso del Rey. Después de aquello empezaron a cerrarse una tras otra las puertas internacionales para el soberanismo, comenzaron a marcharse una tras otra las principales empresas catalanas, y muchas de las personas que compartían silencio salieron a compartir la voz y la palabra por las calles de Barcelona, cada una junto a todas las demás.

Lo único que sabemos es lo que nos enseñan los juegos de equipo. Quien pierde la iniciativa corre el riesgo de ser presionado. Y quien sufre la presión puede cometer errores ya que tiene menos opciones disponibles y más dificultades para coordinarse. Visto así, la estrategia de achique de espacios aplicada por el Estado serviría para explicar por qué el independentismo actúo en su cita con la historia de una forma tan equívoca y descoordinada.

Manifestación a favor de la unidad de España en Barcelona. (EFE)
Manifestación a favor de la unidad de España en Barcelona. (EFE)

No hubo sincronización porque la CUP no supo nada del texto definitivo del president hasta el último momento. Como consecuencia, se ha abierto una grieta en la actual mayoría del Parlament que costará reparar, como siempre ocurre cuando se daña la confianza. Es verdad que la apertura de esa brecha era cuestión de tiempo, porque la estrategia de ERC pasa por gobernar con los de Colau. Pero también es cierto que ni Junqueras ni Puigdemont pueden permitirse el lujo de tener a disgusto, precisamente ahora, a los encargados de agitar la calle. Por eso hubo firma de la declaración, para que la sangre no llegase al río.

Y no hubo claridad respecto a la DUI porque una declaración explícita de Pugidemont implicaba -condenas aparte- apagar cualquier asomo de simpatía internacional, compactar al bloque constitucionalista y desencadenar el artículo 155 -como mínimo-. En definitiva, quedarse sin tiempo y sin margen de maniobra. La única opción pasaba por teñir el mensaje de postverdad. Puigverdad.

Ese movimiento, esos ocho segundos que transcurrieron entre la declaración de independencia y la suspensión de sus efectos, tuvo el mismo recorrido, la misma esperanza de vida, que tienen los chantajes emocionales: o echa raíces pronto o decae. No debilitó los apoyos exteriores al Gobierno. Y no dividió al constitucionalismo porque no sembró la duda en el PSOE. Sánchez comenzó el día con una reprobación a la vicepresidenta sobre la mesa -“No es no”-, y lo terminó apoyando la aplicación del artículo 155 de la Constitución -“Si es sí”-.

Le obliga a admitir el lunes que ha traicionado a la Constitución -cárcel-, o reconocer que ha traicionado a Cataluña -repudio-

A la jornada siguiente, los constitucionalistas redoblaron el achique de espacios. Movieron dos fichas: palo y zanahoria. Primero, el Gobierno. El requerimiento anunciado tras el Consejo de Ministros sitúa a Puigdemont ante dos opciones. Clarificar si declaró o no declaró la independencia. Admitir el lunes antes de las 10:00 horas que ha traicionado a la Constitución -cárcel-, o reconocer que ha traicionado a Cataluña -repudio-. Le obliga a expresar qué precio tiene su dignidad. El texto da opción de silencio o cualquier vacile del President. Todo lo que no sea un “no”, antes del jueves a las 10:00, activará el artículo 155. Presión en estado puro.

Después, Sánchez anunció un acuerdo con Rajoy para abrir un proceso de reforma de la Constitución. Habrá quien vea en la noticia el reguero de un trueque con el PP para blanquear el apoyo del PSOE, quien sostenga que hay mejores formas de hacer política cuando se está en el momento más delicado de una crisis tan grave para el Estado como lo actual. Puede que ahora sea lo de menos. Lo cierto es que ese acuerdo cierra cualquier acusación de inmovilismo a los constitucionalistas que puedan hacer los independentistas o los 'podemitas'. ¿Qué diálogo quiere Iglesias? ¿Uno que esté dentro o uno que esté fuera del campo de juego constitucional?

En estos momentos, cuando la activación operativa del artículo 155 está a la vuelta de la esquina, cuesta discutir que hay mayor coordinación y determinación en el sector constitucionalista que en el independentista. La CUP puede romper la mayoría independiente en el Parlament. Rajoy cuenta con amplísimas mayorías en el Congreso y en el Senado, tal y como ha dejado reflejado su comparecencia. Con ese volumen de apoyo y con este clima en la opinión pública española, el Gobierno tiene motivos para sentirse reforzado. Hoy parece probable que llegue a frenar la emergencia inmediata. Ahora bien, la crisis de convivencia territorial se queda y no va a desvanecerse en mucho tiempo.

Las imágenes de la violencia policial, los sentimientos que atraviesan buena parte de Cataluña (agravio, incomprensión, humillación), el previsible discurso victimista que emitirán los independentistas (lo hemos intentado todo, pero han machacado a nuestro pueblo), y el empleo de la fuerza que conlleva la aplicación del artículo 155, van a dejar impresa en la memoria catalana la huella de un trauma opresivo que no se borrará fácilmente durante las próximas generaciones. 'L' estaca' habla de eso y no va a dejar de sonar. De abuelos a padres, de padres a hijos. Actualizada por la sombra de la Puigverdad.

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